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El blog de Marisol Guisasola

Piscifactorías donde se cría el panga o la tilapia

Lo que no te han contado del panga

¿Qué hay detrás de la retirada del panga de los lineales de cadenas de alimentación españolas? ¿Por qué de repente ese pescado que importamos sobre todo de Vietnam es tan ‘malo-malísimo’ que hasta lo sacan de los menús escolares? Si las autoridades sanitarias insisten en que es apto para el consumo, ¿por qué tanta alarma? ¿Será verdad que estamos ante una “guerra comercial” contra un pescado tan económico y fácil de consumir—¡nos llega ya fileteado y sin espinas!—que hace la competencia al resto de nuestros pescados? Será por el “adverso impacto ambiental” que tienen las granjas de panga, como decía el comunicado de Carrefour que abrió la caja de Pandora al anunciar que dejaba de vender ese pescado?

Sea cual sea la explicación, hay de qué preocuparse. Según la propia FAO, la gran mayoría de piscifactorias de Vietnam -y somos el mayor importador de panga de la UE- “están contaminando gravemente el subsuelo del valle del Mekong”. Es cierto que los piensos artificiales, fármacos, algicidas y otras sustancias empleadas en dichas piscifactorías terminan en ese río, pero eso no es todo. Las propias instalaciones se nutren del agua del Mekong, al que millones de hogares vietnamitas y cientos de empresas lanzan sus vertidos, y en el que acaban pesticidas, herbicidas y otras sustancias químicas empleadas en el cultivo del arroz. Hoy, el Mekong es uno de los ríos más contaminados del mundo, intoxicando todo el terreno circundante y lo que crece en él.

Según esos datos, ya no solo estamos ante un problema medioambiental, sino de salud humana. Porque, ¿qué es lo que las autoridades sanitarias no tienen en cuenta cuando te dicen que un alimento es apto para el consumo? He repasado estudios al respecto y mi conclusión es que no valoran como es debido los efectos a largo plazo de la utilización de sustancias químicas en la producción de alimentos. Cuando te dicen que un alimento es seguro, te están hablando de seguridad a corto plazo, o como mucho, medio plazo. Te pongo un ejemplo: los antibióticos que emplean las piscifactorias para evitar enfermedades en el pescado acaban produciendo resistencia a esos fármacos, lo que obliga a utilizar dosis cada vez mayores. Esas enormes cantidades de antibióticos acaban en los ríos, desde donde se redistribuyen al entorno y … a los que consumimos los productos del río y del terreno circundante. Aplica ahora ese razonamiento al resto de productos de síntesis empleados por la industria agroalimentaria y tendrás una película mucho más real que la que circula en medios “oficialistas”.

No, no sólo hay razones medioambientales para vigilar la producción de alimentos. Los humanos somos parte del entorno y las decisiones que se toman o no se toman al respecto afectan a nuestra salud. ¡Es hora de que la industria alimentaria y las autoridades sanitarias empiecen a hablar de efectos a largo plazo!

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