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Adelgazar sabiendo

El blog de Marisol Guisasola

Una mujer bebiendo agua

¿Estás bebiendo plásticos?

Vivimos en la ‘Era Plastocénica’ o ‘Edad del Plástico’. Tanto lo utilizamos y desechamos, que se han formado descomunales ‘islas’ de plástico en el Pacífico (¡la última, descubierta la semana pasada, tenía el tamaño de México!). Además de invadir cada vez más el entorno, los plásticos están ya presentes en la cadena alimenticia. Hace pocos días, un estudio encargado por Orbmedia (fundación sin ánimo de lucro que promueve un periodismo basado en datos objetivos) concluía que ‘más del 80 por ciento del agua que llega a los hogares del mundo está contaminada con fibras de plástico microscópicas’. Lo de microscópicas es importante, porque puede traducirse por ‘capaces de penetrar en las células de los seres vivos’.
Aunque hubo diferencias entre los 12 países donde se midieron los porcentajes de contaminación, ninguno bajó del 70 por ciento. Irónicamente, los más altos –del 94 por ciento– fueron los de EE.UU., ¡incluida el agua de la central de la Agencia de Protección Medioambiental y la de la propia Trump Tower! Por inquietante que suene, el dato no me ha sorprendido mucho. El mundo produce 300 millones de toneladas de plástico al año, gran parte de los cuales acaban en el entorno y, finalmente, en mares y ríos. Imperceptibles fragmentos de plástico de prendas sintéticas, polvo de neumáticos, material industrial, envases y bolsas, juguetes y utensilios… se cuelan en los sistemas de depuración y acaban en el agua de nuestros grifos y, en último término, en nuestro cuerpo.
No existen estudios a gran escala sobre los efectos de los microplásticos en la salud humana, pero me temo que puedan ser parecidos o peores que los que ya sabemos sobre el BPA (bisfenol A, empleado para fabricar policarbonatos o recubrir el interior de latas) y los ftalatos (para hacer más flexibles los plásticos). Cuando esas sustancias penetran en nuestro organismo, actúan como disruptores endocrinos, lo que quiere decir que alteran la acción de hormonas que nuestro cuerpo produce de forma natural. Feminización de órganos sexuales masculinos, infertilidad, pubertad precoz, obesidad, trastornos en el desarrollo fetal, neurotoxicidad, tumores… son algunos de los efectos que les han atribuido diferentes investigaciones. ¿Conclusión final? Que si bien los plásticos nos han simplificado la vida -por ejemplo, no teniendo que llevar cestas de la compra al supermercado ni cargar con botellas de cristal para devolverlas, como hacían nuestras abuelas-, se han convertido en una clara amenaza. ¡Por nuestro propio bien, urge buscar un consenso entre comodidad y salud!

 

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