mujerHoy

Caperucita en Manhattan

El blog de Laura Ruiz de Galarreta

El burkini, ¿moda libre?

Viva la moda libre

Todo lo relacionado con la moda es sutil, impredecible, innovador, creativo. En el mundo de la moda todo es posible. Y libre. Precisamente una de sus principales cualidades es ese carácter ‘aspiracional’ que las grandes marcas, pero también las más humildes, nos trasladan desde las páginas de las revistas, los anuncios televisivos, Instagram e incluso en los mismos escaparates. “Quizá no seas como ella, pero tú también puedes sentirte así”, parecen querer decirnos.

Porque luego estamos las consumidoras, las mujeres, las chicas, cada una con nuestras particularidades, nuestro físico, nuestro estilo, nuestra forma de ser. En definitiva, nuestra identidad porque el estilo -sí, sí, todas lo tenemos- es en realidad una expresión individual, el reflejo de la propia identidad, de una forma de ser, una actitud. ¿Acaso no decimos a menudo eso de “sí, me encanta, pero no pega conmigo”? ¿O nunca te has comprado alguna prenda que aún permanece intacta en el armario (etiqueta incluida) porque después de adquirirla no encuentras la ocasión de ponértela o te hace sentir rara, “como alguien que no soy yo”?

En las últimas semanas han saltado en Francia todas las alarmas. No es nuevo, el tema ya llevaba un tiempo comentándose en los corrillos del mundo fashion y también en los mentideros políticos y empresariales. El rumor fue haciéndose atronador, hasta saltar esta semana a las portadas de los principales diarios galos y por ende, a los titulares internacionales: “La invasión de la moda islámica preocupa a los franceses”.

Y es que una cosa es la necesaria globalización para que la moda pueda seguir creciendo como una de las industrias más rentables hoy (un negocio que mueve 3.000 trillones de dólares anuales a nivel mundial). De ahí por ejemplo, el mayor colorido actual de los catálogos y campañas publicitarias que, con las diferentes tallas, razas y colores de piel… Muestran claramente la estrategia de expansión de las diferentes marcas.

Otra cosa es (aparentemente, pero solo aparentemente, en sentido contrario) la cada vez mayor personalización del ‘target’ al que se dirigen las marcas. Adaptar los productos al país, al segmento, al género… y en última instancia, a la persona y sus gustos, es una tendencia también al alza que hacen hoy posible los millones de miles de datos que maneja la industria sobre nosotros, los pobres mortales. Nos damos cuenta de que queremos algo semanas más tarde de que la propias marcas lo detecten y lo hayan incluso colocado en las estanterías de los grandes almacenes. Faldas más largas, pantalones más estrechos, mayor profusión del negro o del color, perfumes con más almizcle, tonalidades de maquillaje más claros o más oscuro… Todo se adapta a los gustos y las singularidades de los consumidores de los diferentes mercados.

Y algo bien diferente es renunciar a los valores. Por eso, por todo lo que implica, la proliferación de esa presunta moda musulmana en varias cadenas de venta de ropa femenina en Francia ha abierto un importante debate, culturalmente extremadamente delicado y políticamente con potencial de terremoto. Una moda que incluye velos islámicos (hiyabs y abayas, es decir velos que cubren la cabeza y largas túnicas que abarcan desde los tobillos hasta el cuello), lencería para bailar la ‘danza del vientre’ o diferentes modelos de ‘burkinis’ (una combinación de legging, túnica y velo hidjab).

Políticamente, la ministra de Familia gala, Laurence Rossignol, ya se ha posicionado con contundencia: “Claro que muchas mujeres eligen libremente ese tipo de ropa. Pero, desde mi punto de vista, las marcas y distribuidores de esa nueva moda están promoviendo el encierro del cuerpo de la mujer en una suerte de cárcel del islam político”.

En el mundo de la industria hay quien ve en este debate un filón, un mercado con el que no se contaba, con muchos miles de ceros como aliciente. Por eso, ahora mismo, mientras leéis estas líneas, en la capital de la moda, la ciudad en la que Coco Chanel nos animó a ser libres y nos rescató de los corsés, del “las mujeres llevan faldas y los cabellos largos”, hay grandes firmas que están ya produciendo sus hiyabs para esta primavera.

Otras casas se mantienen firmes en sus convicciones y rechazan cifras de millones de euros para que evitar que el ‘burkini’ sea este año tendencia. Apoyan su decisión en el argumento de que, lejos de embellecer, como denuncia Pierre Bergé, empresario de Yves Saint-Laurent, “esta moda pretende hacer negocio con arcaísmos, con hábitos y costumbres que son incompatibles con los valores occidentales. Un creador está para dar libertad, no para hacerse cómplice de una dictadura que obliga a las mujeres a ocultarse y a vivir a escondidas”.

Estoy de acuerdo. No hay nada que merezca más la pena que la libertad y la defensa de los derechos humanos, que constituyen líneas rojas que nunca, jamás, deben traspasarse. Todo lo relacionado con la moda es sutil, impredecible, innovador, creativo. Pero ¿y libre?

Comentarios