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Robert Pattinson at The H17 GO Hmpaign Gala in Los Angeles, CA.

La reinvención de Robert Pattinson

No es fácil ser un ídolo juvenil de masas y salir ileso de semejante experiencia. De hecho, Robert Pattinson sigue arrastrando el trauma de quien perdió el anonimato con 23 años, se convirtió en un producto de consumo masivo durante un lustro, fue protagonista (involuntario) de un escandaloso triángulo amoroso y vivió acosado por los paparazzi y encerrado a cal y canto en una habitación de hotel detrás de otra durante demasiado tiempo. Su estratosférica fama alcanzó tal dimensión que el ahora presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dedicaba a juzgar su vida privada en Twitter.  Pese a todo, sobrevivió a su propio éxito gracias, entre otras cosas, a la psicoterapia, como ha reconocido recientemente. Y lo que tiene aún más mérito: está consiguiendo reinventarse.

Y tiene su mérito. Aquel papel de vampiro torturado adicto al fijador de pelo es de los que marcan a fuego la carrera de un actor. Y no precisamente para bien. Pero finiquitada la franquicia que le estaba chupando la sangre, Pattinson decidió arriesgarse. En lugar de apostar por el cine de palomitas que Hollywood hubiera estado encantado de servirle en bandeja, prefirió explorar personajes extravagantes en películas más o menos bizarras como Cosmópolis y Map to the stars, de David Cronenberg, o The Rover.

Con el tiempo, Pattinson ha desarrollado su propio método para escoger papeles. Consciente de que muchos directores independientes le perciben todavía como un ídolo juvenil de masas algo pasado de moda, es él quien se encarga de romper el hielo y ponerse en contacto con los cineastas que le resultan interesantes. Así es como conoció a los hermanos Safdie y cómo se convirtió en el protagonista de su última película Good Time, en la que interpreta a un ladrón con problemas mentales en una rocambolesca historia en la que ni si quiera falta un atraco a mano a armada. Para meterse en el papel, Pattinson vivió en un minúsculo apartamento en Harlem durante el rodaje, se pasó varias semanas comiendo atún en lata y durmiendo o paseándose por Nueva York vistiendo la ropa de su personaje. El esfuerzo está teniendo su recompensa: el actor está recibiendo las mejores críticas de su carrera mientras le llueven las comparaciones con Al Pacino (ahí es nada) y Gary Oldman y su nombre asoma en las primeras quinielas de los Oscar.

 

Y mientras se dedicaba a reformar integralmente su filmografía, Pattinson también cambiaba radicalmente de vida. En parte, porque pasada la fiebre vampírica, los paparazzi han dejado de acosarle día y noche. Por eso, puede viajar más ligero de “equipaje”. Antes, iba a todas partes acompañado de un pequeño séquito, que incluía un asistente personal y un guardaespaldas. Ahora, prefiere viajar solo. Con un pie en Londres y otro en Los Ángeles, sigue llevando una vida nómada y sin demasiadas ataduras. De hecho, hace poco se confirmaba que el actor había roto su relación (y sus planes de boda) con la cantante británica FKA Twigs y volvía a ser uno de los solteros de oro de Hollywood. Pero convertirse en carne de portada y diana del cotilleo mediático es lo último que le interesa. Después de haber amasado una impresionante fortuna de más de 100 millones de dólares en sus años crepusculares, sus planes pasan ahora por seguir haciendo cine independiente y consolidarse como una estrella vocacionalmente transgresora, impredecible y algo outsider. De hecho, en su próxima película (High Live) se enfundará el traje de astronauta para dar vida a un criminal en el corredor de la muerte obligado a realizar una peligrosa misión espacial. Si eso no es reinventarse, que baje Edward Cullen y lo vea…

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