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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

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Cosas poco serias

Pero ¿por qué no logro que mi madre me tome en serio? ¿Alguna vez logrará verme como una adulta, y no como una niña a la que imponer normas? Al fin y al cabo, tengo casi trece años. Incluso para los subdesarrollados humanos, ya sería una adolescente. En edad felina, estoy entrando casi, casi, en la vejez. En esta vida, claro. ¡Quieta, pelusa! ¡Voy a por ti!

Sé que todas las madres gatunas son más o menos parecidas: nos ven como niñas eternas, y creen que saben lo que es mejor para nosotras. Por lo general, eso incluye cosas muy agradables, como chucherías, comida de texturas distintas, juguetes (que rechazamos para jugar con sus pintalabios, o sus bolis) camitas (que también rechazamos para instalarnos en sus cajas) y calefacción encendida hasta que el termómetro pasa de los treinta grados… Pero el problema… ¡Pelusa atrapada, pelusa muerta, pelusa liquidada!

El problema es que no me hace ni caso. Le pido algo sencillísimo, como que me abra el grifo para beber. No cuando ella está en el baño, eso no tendría mérito alguno, sino cuando a mí se me antoja. Por ejemplo, cuando acaba de sentarse frente al ordenador, o cuando habla por teléfono. O cuando se echa la siesta. Los humanos duermen a horas muy raras. Por la noche, generalmente. De acuerdo que siempre tengo agua fresca a mi disposición, pero es que yo quiero la del grifo. Ese grifo. Ahora. ¿Y qué hace mi madre?

¡A veces no me obedece! Pero… ¿Quién se cree que es? Me mira con displicencia, me hace señales con la mano… Yo redoblo mis maullidos. No me gusta presumir, pero cuando maúllo con la llamada del grifo puedo ser realmente insoportable. Hasta mis hermanas me piden que me calle. ¡Y ella sigue, a lo suyo, tecleando sin pausa, o hablando con no sé quién, con dificultad, eso sí, porque el interlocutor debe oírme más a mí que a ella!

Quizás el problema sea que no le traigo novios a casa…

¿Dónde podría conseguir un novio? Le preguntaré a Lady Macbeth. Ella es la experta en seducción humana. ¡Ja! ¡Pelusa muerta! Un momento, esta pelusa ya la había cazado. ¡Pelusa rematada!

Al final, eso sí, se levanta y me abre el grifo. Solo faltaba. Entonces bebo como si mi vida dependiera de ellos, porque yo no sé hacer las cosas de otra manera. A veces. Otras veces ya me he aburrido de maullar, y entonces soy yo la que mira con displicencia a mamá, muevo la cola y la dejo allí, con el grifo abierto. Para que aprenda para la próxima y comience, por fin, a tomarme en serio.


Además…

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Un respiro
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