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mujerHoy

Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

Lady Macbeth

No bailan

Como lectora, ha sido una gran noticia para mí, pero como gata me siento tan decepcionada que los bufidos aleatorios y los bofetones inesperados a mis hermanas no son sino la punta de un helado iceberg de amargura y de envidia. ¿Qué hemos hecho mal? ¿En qué hemos fallado? ¿Por qué el protagonista del último libro de Arturo Pérez Reverte es un perro y no una gata, por ejemplo, no sé, se me ocurre, yo?
Yo tampoco bailo. Soy durísima. Puro pedernal. Y, como su protagonista, el ‘Negro’, mi fe en el ser humano ha pasado por mejores momentos. ¿Por qué un perro? ¿Por qué? Si está buscando un rebelde asocial que no se ajuste a normas, que rechace las convenciones del perro policía, o del de compañía, o toda la parafernalia de la domesticación ¿por qué no ha escogido un gato? A mí, en concreto…
Sé, porque en casa tolero a una, que cada escritor contiene un mundo en su cabeza, un intrincado tejido de tramas, e intenciones, y pocas cosas soportan peor que la sugerencia de introducir cambios en ese universo invisible. Son como nosotras: observan en el aire cosas que no existen, y cazan chispas de luz. Pero no se me va de la cabeza que la fama, la gloria de protagonizar una novela, o el enorme éxito de una segunda edición en el mismo día de la publicación encajarían mucho mejor conmigo que con un perro cruce de mastín español y de fila brasileña.
Perros, perros. Todo el mundo adora a los perros. ¿Y nosotros, los gatos, qué? Si los veterinarios nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no nos frotamos hasta que decidimos que ya basta? Y si nos agravian, ¿no debemos vengarnos.
Me temo que hasta que el disgusto afloje me consolaré con otros autores que sí hablan de nosotros. Hemingway, también reportero de guerra, por cierto, nos veneraba. Sus gatos eran unos mutantes polidáctilos, con multitud de deditos y de uñitas, cuyos descendientes viven entre mimos en su casa museo de Key West, Florida. Edgard Allan Poe nos dedicó El gato negro, quizás inspirado por su gata Catarina. La francesa Colette nos entendía tan bien que pocos han definido como ella nuestro espíritu de niebla y prisa. Hay otra historia de un tal Schrödinger, que habla de un gato en una caja que especula con si yo hubiera estado allí, o si yo no hubiera estado allí, y las dos cosas al mismo tiempo; la verdad es que no la he leído todavía.
Aún así, me temo que eso no me consuela: cuando se aspira a dominio universal duele más una resistencia que todas las conquistas. No es que exija una casa museo para mí y mis hermanas. No todavía, al menos. Pero al menos que quede claro: las gatas duras tampoco bailamos.


Además…

No

Palabras prohibidas

Lazos

 

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