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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

Ofelia

Dolce far…

Solo un gato sabe lo mucho que cuesta fingir que no hacemos nada, esa apariencia de dolce far niente que se ha convertido en uno de los múltiples deberes felinos: que alguien nos mire y sienta, inmediatamente, que su vida carece de sentido porque su gato se está desperezando al sol o le observa a las siete de la mañana, con la inmediata intención de arrebujarse en su cama dos o tres horas más.

En nuestro plan maestro de conquistar el mundo, hay gatos que se encuentran dispensados de esa agotadora tarea. Mi hermana Rusia, por ejemplo, está exenta, porque su misión de expandir el caos se considera mucho más relevante, y su carácter es irreductible, vamos a decirlo todo. Aún así, también ella, a veces, practica ese desmadeje intensivo, ese de aquí no me mueven que es marca de la casa.

Para mí esta perfecta apariencia de reposo, de completo abandono a la pereza, ha supuesto un entrenamiento de años. Es muy complicado atender al resto de mis tareas (la comunicación telepática, el cultivo de las artes felinas, la diplomacia entre especies, con sus pactos para obtener poder sobre los humanos) y combinarlo con, de pronto, cuando escucho el ascensor o que mi madre se ha levantado, correr hacia mi mantita, exhalar todo el aire y fingir estar dormida desde hace horas. Pruébenlo: no es tan sencillo. Si mamá se empeña en acariñarme y en rascarme la barbilla, cosa a la que tampoco me voy a negar, es complicado no pensar, mientras tanto, en todo el listado de tareas por hacer que me quedan en las próximas horas; porque no creerán que pactar con los canarios o con los periquitos es sencillo. Requiere muchas horas de negociación, y meterse en sus diminutos cerebros herederos de los dinosaurios, y claro, mientras mi madre me dice tonterías a mí se me va la cabeza al último punto de la negociación, que no tengo nada claro. Tenemos disensiones internas, además, a diferencia de los perros, que muestran una unidad mucho más compacta, nosotros creemos en eso de un gato, un voto. Incluso varios votos.

En fin: sé que lo estoy haciendo bien cuando, después de una mañana de ardua labor política interespecie y de haber dedicado tiempo al sofá (ese lateral no se va a arañar solo) mamá llega, yo me dejo caer de medio lado y ella afirma, con una feroz envidia:

Yo en la próxima reencarnación me pido ser gata en mi casa. Si yo hubiera estado aquí durante todo el día…

Infeliz, no sabe en lo que se mete.

Ofelia

 


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