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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Hasta el moño… de ballet

¡Venga, Laura, que hoy tienes ballet! Le oigo gritar a mi amiga Sonia, a la puerta del colegio. Me río, identificada, porque toda madre sabe lo que hay detrás de esa frase. Imagino el corre-corre, imagino la academia, imagino el vestuario, imagino la bolsa con las zapatillas y el tutú color de rosa. Sonia se vuelve hacia mí y me dice: “Hija, es que no veas cómo es la francesa, la profesora de ballet. ¿Tú te acuerdas de aquella gruñona de Fama? Pues igual. Es una profesora excelente, pero mira, como las niñas lleven el moño un poco mal, ¡te echa una bronca…! y ya… como se te ocurra ponerles el maillot con bragas, ni te cuento, y, chica, ¡a veces con las prisas te confundes y se quedan con las bragas o no te sale el moño ni a tiros!”.

Me reí con lo del moño, la verdad, y con la atención al detalle que nos demanda el universo de la locura maternal, aunque había dentro de mí un poso agridulce porque yo no llevo a mis hijos a nada. Ni a natación, ni a guitarra, ni a canto… nada. Lo intenté y no me dio la vida. No me alcanzaban las energías. No pude con los kilómetros y las esperas, con los cambios de uniforme y con el sentimiento de fracaso al ver que nada les gustaba. No pude con la sensación de no estar usando mi tiempo de la mejor manera posible y no puedo con muchos sacrificios que parecen ser oficiales. Esto me hace sentir mal, porque todo el mundo hace estos y demasiados sacrificios. Las madres somos profesionales de la culpa. También me hace reflexionar para poder quitármela y lo escribo, que oye, para eso somos escritoras las escritoras.

Así que escribiendo pienso que hay muchas clases de madres excelentes. La ama de casa que dedica todo su esfuerzo a llevar el peso del hogar, las tareas de los hijos, la intendencia, que deja y recoge a los hijos, que los lleva a su piano y a su conservatorio. La ejecutiva brillante que da con su ejemplo de esfuerzo y profesionalidad una carrera mental a sus hijos y que paga a alguien para que haga todo eso de la intendencia y de traer y llevar a los niños, pero que tiene que ser una superdotada del multitasking para supervisar todo el tinglado y no dejar de entregar su energía en forma de amor.

Luego está la combinación de ambas, que logran vencer unas veces a la negrura que se debate en su interior, cuando le sale algo estupendo en el trabajo, el jefe las aplaude como a un hombre, logra cobrar una factura de autónomo -si leeis esto, deudores, sigo esperando- o cuando el hijo saca un sobresaliente en vez de un suspenso. Luego, están las madres como yo, que sienten que no logran ser ni la mejor ama de casa, ni la mejor en su profesión y se retiran de la competición de forma consciente o  inconsciente, para no sentir que han fracasado.


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