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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Tarde de padres

El colegio de mis hijos dedica una tarde al trimestre para darle tutoría a los padres. Esa tarde, los niños se quedan jugando en el recreo después de las clases y los padres nos ponemos en cola, como quien va a un sitio mucho peor que el dentista, para que los profesores pasen diez minutos con cada uno, en una suerte de citas exprés que se realizan en el aula de los niños o en el gimnasio. La situación resulta un poco como ir a Hacienda.

La peor de todas las colas, para mí, es la de los profes de lengua. Cuando llaman tu número, te acercas a una de las mesas que han puesto en el salón de actos, te sientas frente a la profesora en cuestión y ella te cuenta en qué flaquean los hijos. Te dicen cosas del tipo: tiene muy mala ortografía. No termina el análisis sintáctico. No se sabe los determinantes demostrativos ni los cardinales, no ha leído ningún libro este trimestre, ha dejado de hacer las tareas extra para subir nota y cosas de ese estilo. La charla concluye con el indefectible: necesita ayuda en casa.

Yo temo la tarde de padres, pero no por lo que me puedan decir de mis hijos sino por lo que yo puedo decirles a los profesores. Me siento más como si fueran a examinarme a mí, que como si fueran a hablarme de los niños. Tengo tan claro lo que me van a decir sobre mis hijos, lo que ya llevo años escuchando, sin que nunca me hayan ofrecido una sola herramienta que sirva para ayudarlos, que hoy me pregunto si no será mejor que haga mis peyas y me quede en casa y pase de ser la madre abnegada que no se pierde una tutoría a ser la madre desastre que no tiene tiempo para estas cosas… porque lo garantizo, al final, el resultado es el mismo.

Lo es, sí. Lo tengo comprobado. Ayer se lo decía a mi madre. Le decía: “mira, mamá, he estado reflexionando mucho sobre esto de que los niños necesiten ayuda en casa para aprobar lengua y después de pasar cada curso trabajando todas las tardes con ellos, haciéndoles dictados, obligándoles a leer a la menor ocasión cosas que les chiflan, leyendo con ellos, dibujándoles barajas con los pronombres y los determinantes para aprender jugando, llenándoles la vida de ejercicios divertidos y deberes, repasando para los exámenes…

He llegado a la conclusión de que no hay profesor particular en el mundo mejor que yo. No lo hay. Si no hay ni academia ni profesor particular mejor que yo en el universo y aun así, mis hijos suspenden siempre o pasan con un cinco raspado, es que el sistema está mal. Es que la ayuda en casa no es la solución. La solución a todo niño que fracasa con una asignatura solo puede estar en el aula y es absurdo que me quite horas de vida, que les quite tiempo de felicidad, para llegar al mismo sitio: que el colegio me pase a mí su fracaso.

“No es mi fracaso, mamá. Si un niño suspende es su fracaso. El del colegio”. Mi madre me dijo que tengo razón y claro, ahora se me plantea qué hacer. Como soy una persona coherente, que quiere lo mejor para sus hijos, me gustaría poder decírselo a su profesora. Me gustaría poder hacerle entender que la pasión y la inteligencia suelen ser directamente proporcionales al fracaso en las tareas repetitivas o poco enriquecedoras, me gustaría poder decirle que mi hijo de 10 años lleva tres años haciendo exactamente los mismos ejercicios de palabras llanas y esdrújulas, que son para cortarse las venas, me gustaría poder decirle que ni con el mejor profesor particular del mundo existe en casa una solución.

Pero ya lo he dicho muchas veces, así que lo más seguro es que esta vez cambie de estrategia. Lo más seguro es que sonría, asienta, le diga a la profesora que trabajaremos duro, como siempre, para llegar al suficiente pelado y olvidarlo todo de nuevo hasta el año que viene.


Además…

Hasta el moño… de ballet
Queremos conciliar
Cumpleaños comercial

 

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