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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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La distancia hasta el amor

Los hijos son mi vida. Vivo para ellos. Todo lo que hago lo hago por ellos, pensando en ellos, de forma directa o indirecta. Si construyo una casa en el árbol, lo hago porque disfruto con las herramientas, porque siempre quise tener una, pero es por ellos. Es para que vean que el feminismo no es una lucha teórica, sino una realidad que se compone de madre, escalera, taladro y árbol. Un ejemplo de soledad y eficacia. Si me piden una canción concreta mientras vamos de camino al colegio, aprovecho para explicarles qué es el folk americano o el pop inglés. Si escribo un libro procuro guardar en él anécdotas de su infancia, deseos no cumplidos, palabras que describen todo eso que no se dice en el día a día pero que algún día, querrán saber.

Los hijos ocupan mi mente hasta cuando no la ocupan y no es casual que me busque trabajos, como este blog, en el que mi papel de madre es el protagonista de lo que escribo. No tengo escapatoria. Soy obsesiva y vivo la maternidad como un rol placentero y emocionante. Por eso creo, que incluso los momentos del día que estoy sin ellos, inmersa en otras cosas, tienen de alguna forma extraña, que ver con la distancia que hay hasta su amor.

El primero de esos momentos es el desayuno, cuando vuelvo a casa después de dejarlos en el colegio. Tengo todas las horas sin ellos por delante. Esto me hace sentir bien, porque aún no los echo de menos. Acabo de besarles, de abrazarles, de verles correr por la acera con sus mochilas, atravesando la cancela del colegio. Estoy en casa feliz, aún llena de ellos y abro las persianas, entra el sol, miro el cielo y el jardín, hago café reciente, caliento la leche. Si estoy un poco baja de pilas me recompenso de forma suicida comiendo un bollo o unas magdalenas.

Me explayo con ese primer café, que no es café, que es la esencia hirviendo de un instante. Al removerlo, el líquido gira sobre sí mismo y pienso “esto es como darle cuerda al día”.  Ya puedo enfrentarme a la jornada laboral. Paso las siguientes seis horas con el ordenador sobre las piernas, la página en blanco, los artículos por escribir, la página llega, los artículos entregados y los folios de mi nueva novela por revisar.

Toca comer, que me aburre bastante, porque a mí me gusta comer con ellos y que me cuenten cosas. Es el momento que menos me gusta, porque me recuerda mi soledad y me saca de las palabras y después… Ah, la anticipación comienza de nuevo. Llega la dulzura de salir de casa, coger el coche, conducir entre los campos de centeno, hasta llegar a la capital.

Viene el siguiente momento magnífico, que como el anterior, tiene que ver con los niños, igual que la luna tiene que ver con las mareas. Tiene que ver con ellos pero es sólo mío. Sucede en el aparcamiento del colegio. Siempre voy con veinte minutos de margen, para poder aparcar en mi hueco de siempre.

Echo el asiento para atrás y cojo el libro que reposa en el asiento del copiloto. Un libro que no pertenece a ningún otro lugar y que solo será leído en trozos delicados de veinte minutos, cada día, mientras espero a que abran las puertas para recoger a los niños. Durante veinte minutos desconecto la mente, disfruto de mi soledad sin wifi, sin ordenador, pero no es la lectura lo que más placer me da, a pesar de que suele ser deliciosa. No es la lectura, ni que el momento sea mío, ni que sea bello el silencio. Es la idea de que quedan minutos y tan solo unos metros, para volverlos a abrazar.


Además…

La etapa de la doble fila
Tarde de padres
Hasta el moño… de ballet

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