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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Mis hijos son mis iguales

Los hijos dependen de mí, pero son mis iguales.  Lo son. ¿Cómo es esto posible? Porque no veo la familia como una jerarquía, sino como un sistema. Yo mando porque estoy preparada para hacerlo, pero las sugerencias y peticiones del resto, de los hijos, por pequeños que sean, son asumidas, entendidas, escuchadas y consideradas desde una estructura inclusiva.

No tengo fórmulas. No sigo teorías. No leo libros sobre educación. No creo que educar a un hijo sea algo que se aprende de fuera. Es una programación interior. Un tira y afloja. Sentido común.

Como tantos padres, educo de oído. Aplico lo que me gustó de mi infancia y evito, en la medida de lo posible, lo que me hizo sufrir. Es tan simple como eso, porque eso es lo que me pide el cuerpo. Tengo ya muy aprendido que ir contra el cuerpo es caer en la incoherencia.

Educo, muchas veces, en base al sufrimiento que tuve de niña. Tengo buena memoria y recuerdo bien lo que era tratar de comer un filete, ese filete que se te hace bola, o tragar un puré de patata sin muchas ganas o salir al cine cuando lo que yo quería más que nada en el mundo, era jugar con mis muñecas. Por eso, cuando mi hijo “malcomedor” me dice que no tiene ganas de comer, le convenzo de que lo pruebe y si aún así no lo quiere, si mi delicia culinaria no le abre el estómago, bueno, pues me aguanto. Le dejo que no se lo coma, que creo que no es lo mismo que dejarle que se salga con la suya.

Mi primer mandamiento en la educación, en mi ecléctica e instintiva forma de educar, es no causar ni sufrimiento ni conflicto, pero, sobre todo, no causar culpa. Los hijos van madurando y nada cae en saco roto, aunque nos lo parezca cuando son más pequeños.

No causar sufrimiento a los hijos es una buena forma de que no hagan sufrir a otros al crecer. Eliminar la negatividad y el miedo son grandes maneras de que practiquen la naturalidad, incluso la valentía. La felicidad es ser feliz en las cosas pequeñas y si no quieren comer, no se me ocurre castigarlos delante del plato, si no quieren salir, no se me ocurre obligarlos a que “tomen el aire“, si no quieren reír, que hagan lo que les de la real gana, que yo no mando sobre ellos, mando con mi ejemplo de hoy un mensaje que leerán los adultos que serán.


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