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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Democracia escolar

Los grupos de WhatsApp, las redes, la conectividad con otras mujeres en tu misma situación tiene nimias ventajas y serios inconvenientes, como el de convertir a los padres en una especie de horda anónima, grupo de presión sin seso, marabunta escolar. Aún recuerdo cuando las madres de varias clases se aliaron por WhatsApp, cargadas de indignación, para pedir que se arreglara el patio del colegio, que estaba descolorido y con desconchones.

A través del WhatsApp se organizaron para pedir firmas exigiendo la inmediata reparación de la cancha, porque, decían, sus hijos corrían peligro de tropezar. A mí se me cruzaron un poco los cables, porque tenía información privilegiada y sabía que picar y asfaltar con superficie antideslizante los mil y pico metros cuadrados del patio costaba cerca de 700.000 euros. Les dije que no contaran conmigo para su revuelta anónima, que si había que gastarse casi un millón de euros, que se lo gastaran en talleres molones de astrofísica, en profesores geniales de matemáticas, en excursiones de realidad virtual a la Mezquita de Córdoba y no en rellenar un puñado de grietas del patio, para que los niños no tropiecen al correr.

¿Acaso no corren por el campo? ¿Acaso pretendemos asfaltarles cada dificultad de la vida? Yo quería mis grietas, amo la imperfección y busco más allá de lo que aparenta, porque lo que aparenta, raramente sirve para algo más que para enmascarar la realidad. Además, “oigan”, les dije, “es mentira que el hombre tropiece dos veces en el mismo desconchón. Los niños se acostumbran a los obstáculos y a sortear los acostumbrados agujeros y lo veo hasta educativo. Si yo cambié a mis hijos a ese colegio tan caro, les dije, ¡fue precisamente por las grietas, porque así, los padres que solo se fijan en la apariencia no traerán a sus hijos a este lugar!”.

No me escucharon, claro. Eran mayoría y la mayoría es democracia. Los grupos de WhatsApp, que son las nuevas Ampas virtuales de los colegios donde no hay Ampa, como el de mis hijos, siempre se salen con la suya, proponiendo y votando con corazones, igual que esos vecinos de la comunidad de propietarios que acaban poniendo mármol de carrara en el portal, democráticamente, a costa del bolsillo de todos los que no pueden ir a la reunión.

Y miren, el WhatsApp no es el Ampa, las firmas no pueden sustituir a quien verdaderamente debería tener voz en los colegios: un grupo de padres implicados, a pie de cancha, a pie de aula, interesados en todo el ecosistema escolar de sus hijos, la vida académica, la vida social, la realidad. El WhatsApp solo vale para estas cosas absurdas, como pedir firmas para vivir la ficción de una imagen sin desconchones que no repara en el fondo real.

Ese verano el colegio se gastó un dinerín -no mucho- en rellenar los agujeros con cemento. Para que la estética borrase las quejas, le dieron a todo el patio una imprimación con pintura de cancha de tenis. Qué bonitas quedaron las calles de atletismo, qué apariencia tan magnífica. Las demócratas madres aplaudieron la iniciativa enfervorecidas y se abrazaron por WhatsApp en su emocionada victoria y debo decir que hasta yo dudé de mi fe en las grietas, deslumbrada por las apariencias.

Ayer, el tiempo vino a consolar mis inseguridades, pues me fijé en los moretones de las rodillas de mi hijo mayor. Verdes, azules, hinchados, brutales hematomas. Todos los niños tienen cardenales, pero los suyos son permanentes y graves. Le dije:

-Cielo, ¿cómo te caes tan a menudo? Menudos cardenales. ¡Hay que tener más cuidado!

-Mamá, es que el patio resbala.

-¿Resbala?

-Desde que pintaron el patio, siempre que llueve, resbala, y es imposible jugar sin caerse.

-¿Desde que lo arreglaron os caéis más?

-Claro. Antes se caían los torpes. Ahora, en cuanto está un pelín mojado, nos caemos todos.


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