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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Es que a mí no me gustan los niños

“Es que a mí no me gustan los niños”, me dijo aquel señor. Esta es una frase que espero que algún día nos dé urticaria. Hoy nadie dice “a mí no me gustan las mujeres” o “a mí no me gustan los negros” en público, sin que las personas que hay alrededor sientan un escalofrío aterrador o corran a denunciarlo en las redes, pero de momento, lo del “a mí no me gustan los niños”, como si los niños fueran otra cosa diferente a las personas, se dice con la conciencia más ancha que larga.

Tengo bastante comprobado que lo sueltan las personas que no tienen niños en su entorno y que, claro, no saben que, igual que cualquiera, hay niños majísimos y los hay intolerables. Pero este desprecio a lo desconocido no va dirigido exclusivamente a los niños. Ocurre con muchas otras cosas en esta vida.

Por ejemplo, cuando digo que juego al golf, siempre hay alguien que dice: “vaya un deporte estúpido, de ricos pijos, ¿qué es eso de ir por el campo dando a una bola con un palito, vestido de traje de Emidio Tucci?” Cuando digo que vivo en el campo, hay quien me dice: “qué horror, tan lejos de todo, a mí no me gusta el campo, lleno de bichos y de soledad, ¡¿Cómo lo soportas!?”. Cuando a los de pueblo les digo que soy de Madrid: “Puf, ¿cómo aguantas el ruido, la contaminación, los atascos? Yo odio ir a Madrid”. Cuando a los de Madrid les digo que voy al pueblo: “¿Y eso no está lleno de paletos?”.

Da igual el lugar, la actividad, lo que sea. Con los años, he comprobado que rechazamos con mayor vehemencia aquello que no tenemos y que en el fondo anhelamos, o aquello que pensamos que tiene prestigio, que es bueno, que es interesante, que tiene ventajas… a las que no podemos acceder. Es un instinto: odiar lo que tienen los demás, odiar lo que no se conoce, incluso, como forma de afianzar nuestras decisiones y defendernos del entorno.

Bueno, pues no es necesario odiar nada para no ejercerlo. Ni la paternidad, ni la maternidad, las ciudades con rascacielos, ni el golf. Yo veo más que beneficioso superar ese instinto y dejar de odiar, por defecto, todo. Lo digo en general, pero mucho más en particular, para que los niños se quiten de encima, de una vez, ese desprecio social que empapa tantos comportamientos y que muy probablemente, les enseña a tener las mismas manías dañinas al llegar al futuro. Porque ellos son el futuro, el de todos.

Me encantaría que la gente que no tiene hijos, que ha tomado esa opción a la fuerza o porque le da la gana, no se sienta en la tan generalizada necesidad de odiar a los míos. Comprendo que es difícil ir en contra de lo que dicta la cultura, la sociedad y el entorno mayoritario sin reaccionar mal, pero más ilógico es odiar lo que más abunda en el mundo: a las personas.

Los niños enriquecen y enseñan, pero no sólo a los padres y no sólo por ser hijos, sino porque son gente verdaderamente interesante y sincera, tierna y receptiva, confiada y despiadada. Son personas antes de las manías, de los prejuicios, del dolor de la frustración. Los niños molan, con muchas menos excepciones que los adultos.

El golf es un deporte mental, que requiere técnica, forma física y estrategia, excepto si lo practica un merluzo. El campo está lleno de momentos extraordinarios con solo mirar al cielo, excepto si se te cruza un jabalí en la niebla, y Madrid es una ciudad acogedora, humana, cultural y sobre todo accesible para la gente con hijos, excepto si se te sienta al lado en la cafetería uno de estos tipos que te dicen “¿Le importa ponerse en aquella mesa?, es que a mí no me gustan los niños”.


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