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Adictas al amor

El blog de Personal Lover

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Hiperconectadas a los ex

Darse de baja de una compañía telefónica o sacar de tu vida a Netflix después de haberlo disfrutado un mes por la cara es complicado. Pero perder de vista a un ex en la era digital es todavía más difícil. Prácticamente imposible. Asumámoslo.

¿Quién no ha recibido este año una felicitación navideña de una ex pareja de esas a las que nos referimos con un “me lo podía haber ahorrado”? ¿O ha tenido que aguantar un rapapolvo vía twitter como el que se ha llevado el bocazas de Matt Damon de su ex Minnie Driver? “Los hombres no pueden entender lo que es el acoso a diario”, le ha recriminado a cuenta del caso Weinstein, que es como llamarle tonto ante medio mundo.

Yo pertenezco desde hace varios años al grupo de Whatsapp de amigos íntimos de un ex que tuvo la categoría de novio serio pero del que casi no recuerdo ni su cara. Supongo que el que lo creó debió de hacerlo a toda prisa y se coló mi nombre. Desde entonces estoy al tanto de su vida y milagros –cero interesantes por cierto– y compruebo que su tirón por los chistes machistas sigue intacto, pero no me doy de baja porque tal vez nadie haya reparado en mi presencia. Vamos, que quietecita estoy mejor.

Tengo otro ex con el que cada día que salimos juntos librábamos la batalla de las Termópilas pero él no duda en felicitarme puntualmente todas los cumpleaños, santos y lo que se tercie. Y otro que lleva años tratando de que volvamos a ser íntimos a través de Facebook y Linkedin. Me plantó con la mítica frase “quiero que seamos amigos” y no ha salido del bucle.

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Pero lo de algunas amigas mías roza lo patológico. Me consta que están felizmente emparejadas de nuevo, pero se han enganchado a espiar a sus ex como si fueran James Stewart en ‘La ventana indiscreta’. Isabel conserva las claves para entrar en la cuenta bancaria que compartió con su expareja en el siglo pasado y se entretiene cotilleando en qué gasta el dinero. “Mucho Mercadona y Cabify, nada interesante”, reconoce sin rastro de culpabilidad. Hasta que un día ella dio por error ese número de cuenta para que le hicieran una transferencia y no tuvo más remedio que llamarle pidiendo sopitas y apelando a una milonga surrealista. Icíar ha ido más lejos y espía el mail de su ex –es lo que tiene no cambiar la contraseña– con la esperanza de comprobar que la vida le trata tan mal como se merece. Me pregunto si habrá alguno que haga lo mismo conmigo…


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