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El falso flechazo de George Clooney

La semana pasada George Clooney confesó en un programa de televisión cómo se había enamorado de Amal Alam Uddin. Supongo que la mitad de las mujeres de este planeta hicieron lo mismo que yo: leer la noticia de cabo a rabo para cotillear cómo nació su historia de amor y, de paso, averiguar qué encantos desplegó la abogada para que uno de los solteros más recalcitrantes de Hollywood dejara de serlo.

Y, resumiendo, la cosa fue como sigue: Clooney se encontraba en su mansión del Lago Como cuando un colega le llamó para decirle que estaba con una amiga por la zona –¡cómo si pillara de camino a cualquier sitio!– y le preguntó si podían pasar una noche en su casa. El representante del actor, al enterarse de la visita, le puso sobre aviso: “¿Ya conoces a esa mujer? Porque cuando lo hagas te casarás con ella”. ¡Bingo! Saltaron chispas desde el minuto uno y la pareja pasó toda la noche “conversando”. El resto, incluida boda gitana en Venecia y los mellizos Ella y Alexander, ya es historia.

Lo de George y Amal es lo que toda la vida hemos considerado “un flechazo”. “Amor que repentinamente se siente o se inspira”, según reza el diccionario de la RAE. Pero ahora me entero que la prestigiosa antropóloga evolucionista Anna Machin mantiene que lo que entendemos por amor a primera vista solo es deseo y, la mayoría de las veces, aparece de forma inconsciente. Porque, según ella, el amor surge más tarde y es producto de una reflexión consciente.

Pues nada, que esos ¿cientos? de comedias románticas que llevamos tragándonos desde que éramos niñas son un cuento chino. Por ejemplo, que cuando el chico guapo pero tímido entra en una pastelería y no puede apartar la mirada de la dulce dependienta no es amor lo que está en el aire sino unas ganas locas de intercambiar fluidos, por decirlo finamente.

La verdad es que nunca es tarde para aprender algo nuevo pero si

hubiera conocido antes esta teoría tal vez me hubiera ahorrado unos cuantos millones de lágrimas. Vamos, que si llego a saber que ese camarero al que seguía de bar en bar o ese vecino por el que me tiraba escaleras abajo para coincidir en el ascensor solo eran producto de un descontrol hormonal y no de ese noble sentimiento llamado amor hubiera sido mucho más feliz. Casi tanto como George y Amal.  

 


Además…

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