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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué suele estropear una interacción sexual?

No soy muy de armas de fuego (soy más bien de armarla), pero pudiera ser que al gatillo se le llame “gatillo” porque activa y suelta el “perrillo”, es decir, el percutor que impacta sobre el proyectil. A partir de ahí, entenderíamos por “gatillazo” (que es a lo que vamos), al exceso de presión sobre el gatillo que hace que el tiro sea erróneo, mal dirigido… fallido, en definitiva. En el español que manejamos por estas tierras, un “gatillazo” es, simbólicamente y por relación a lo que explicamos, una interrupción brusca que corta o finiquita de manera no pretendida una interacción sexual cuando esta está en los llamados preliminares o los ha sobrepasado. Tradicionalmente y durante esa circunstancia carnal, el “gatillazo” se ha asociado a un fallo “mecánico” en los hombres, concretamente en su erección, pero hoy en día, en estos tiempos de equiparación de género y de penitencia, también se refiere a la temida interrupción súbita e involuntaria de la relación sexual por parte de la mujer.

Obviedades y tópicos que se suelen decir para poner remedio al “fracaso” sexual

Si esto fuera un consultorio al uso, inmediatamente aparecerían los trucos, las recetas y los consejos infalibles por parte de una “experta” (normalmente, alguien que corta y pega de alguien que con anterioridad ya cortó y pegó) tendentes a evitar esa temible circunstancia del inoportuno “se me ha cortado el rollo” y algunos de esos inteligentes, originales y sofisticados consejos serían del tipo; no te metas en faena si llevas los calcetines puestos, vigila que los pies no te huelan a pies (salvo si lo haces con un “restifista”, es decir, un fetichista de los pies) o desconecta el móvil, no vaya a ser que en medio de la refriega te llame el jefe (o tu marido)…

En fin, cosas que a ninguna de nosotras se nos hubieran ocurrido por nosotras mismas y que confirma el por qué necesitamos, a todas horas, de un bregado “experto”. Pero, como decir obviedades no es mi trabajo (o procuro que lo sea lo menos posible) y suelo tratar a mis interlocutores de personas adultas e inteligentes, intentaré darle una vueltecilla de tuerca al tema del “gatillazo”.

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Lo que de verdad estropea la relación sexual: la caída del relato deseante, de la película que nos hemos montado

Quisiera señalar, en primer lugar, que cuando esta circunstancia se produce, lo que la produce no es ni más ni menos que la caída del deseo, más concretamente, la caída del relato deseante que nuestra libido nos ofrece. Para entender esto, me remitiré a una expresión de Jorge, mi compañero (de juegos, sudores y cama): “No follamos sobre un colchón, follamos sobre una fantasía”. Con ello se quiere decir que lo que de verdad sustenta un encuentro erótico en una interacción sexual es el “relato fantástico”, su continuidad y su potencia.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre ponerle el culo en pompa a un proctólogo o a un amante? Pues, salvo que el proctólogo sea tu amante, el relato; lo que nuestro deseo nos va contando para permitirnos mantener la entrega carnal y de intimidad que supone follar. Pues, mientras en el proctólogo, lo que tememos es que nos encuentre hemorroides, con el amante, lo que deseamos es que nos lleve al orgasmo. Sin ese “cuento” no hay relación sexual, solo culos, orificios, líquidos y olores de discutible presencia. Ridículo, ¿verdad? Es más, esa es la función del relato deseante; el que no veamos lo que de verdad hay sino su interpretación, el sentido que para nosotros tiene. Y eso hace que follar no nos haga más animales, sino infinitamente más humanos, pues solo nosotros somos capaces y tenemos la necesidad de sustentarnos en correspondencias simbólicas entre lo que hay y a lo que me remite lo que no hay.

Alimentemos nuestro imaginario erótico y no dejemos que nada interfiera

Así, si queremos evitar la inoportuna fractura de la fantasía deseante en una relación consentida y deseada, conviene evitar cualquier circunstancia que pueda hacer que otro relato la interfiera (si estamos agobiados por pintar la habitación, mejor pintarla antes de encamarnos que divagar sobre cómo la pintaremos una vez enfrascados en la cama), es decir, tener la suficiente relajación previa como para enfocarnos enteramente en “la película” que nos vamos a montar mientras cohabitamos sexualmente con alguien.

Y otra cosa más, igualmente importante; no dejar en ningún momento y en cualquier circunstancia de alimentar nuestro imaginario erótico (especialmente las fantasías sexuales, en ocasiones sórdidas) para que este imaginario erótico sea potente y sofisticado, de modo que, cuando el deseo lo llame, pueda proporcionarle un suelo fértil en el que desarrollar su escritura. Hay que cultivarlo en cualquier ocasión cotidiana y no necesariamente sicalíptica de modo que se active con facilidad y le sirva de sustrato rico y fértil al deseo para facilitar su crecimiento y oportuno florecimiento.

Y hablando de armas de fuego; no olvidéis que la más potente y la más erotizante es nuestra sesera y su riqueza intelectual… esa sí que sabe apretar bien el gatillo para evitar que el tiro salga torcido o, lo que a veces es peor, por la culata (y otro día nos ocupamos de dónde viene eso de “culata”… que os veo venir…).

Valérie Tasso

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