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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Adictos al sexo?

La secuencia es la siguiente; de un famoso trasciende que está haciendo un uso cuestionable de su sexualidad, el escándalo público salta y el famoso se declara adicto al sexo, pasando un rato de penitencia en un centro especializado para tratarlo de su “enfermedad”. El asunto queda, según ese uso, más o menos resuelto en un breve plazo de tiempo a poco que la opinión pública reconvierta su veredicto de “picha brava” a “enfermo”. El hecho que inicia la secuencia y que tildábamos de “cuestionable”, puede ser variado y no tener nada en común entre uno y otro: desde una serie de sonoras infidelidades a uno o varios delitos (acosos, chantajes, violaciones, etcétera).

Algunos casos sonoros de “adictos al sexo”

En los primeros casos, por ejemplo, de Hugh Grant a Michael Douglas, pasando por Tigers Woods o David Duchovny (amén de alguna que otra “celebrity” de género femenino), la declaración auto inculpatoria de ser un “adicto al sexo” pretende mayoritariamente intentar lavar públicamente su imagen.

EE.UU. es la cuna de esta nueva pandemia de adictos al sexo y de sus consecuentes e ingentes números de profesionales y centros especializados para la “curación” que, en muchos casos, no pasan de ser una especie de “spa” de altísimo standing muy “chic” y con tratamientos variados de lo más “cool”.

Es allí, en EE.UU. donde, no hay que olvidarlo, el libre albedrío y la responsabilidad propia sobre las conductas son un asunto muy serio. Nada exime a alguien de tener que responsabilizarse por lo que hace (quizá por eso haya posibilidad de poseer armas y condenas de muerte), nada salvo quizá la enfermedad.

Ese es posiblemente el único eximente (ese y el poder pagarse abogados privados que ganen casos). Así, el paso de la “hipersexualidad” a la adicción al sexo está puesto en bandeja. Pero si la “hipersexualidad” (término, por cierto, más que discutible en sentido estricto) la podemos entender desde la sexología como una conducta que refleja ciertos rasgos de personalidad y que, en todo caso, debería conllevar cierta habilidad ética para ponerse en acto, la adicción es algo que inhabilita a quien la padece.

Una adicción coarta cualquier libertad individual, el sujeto está fijado en su adicción y cualquier otra conducta que se salga de ella queda supeditada a la adictiva. El adicto siempre priorizara sus actos de adicción a cuestiones capitales que, para él, serán subsidiarias; familia, obligaciones profesionales, compromisos sociales… ¿Alguien cree que, por ejemplo, si Michael Douglas, en lugar de “hipersexual” fuera adicto al sexo, hubiera podido realizar cerca de un centenar de películas?

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Detrás de esos casos, hay un narcisista adicto a él mismo

En el otro caso que exponíamos, el de la comisión de delitos especialmente por parte de alguien con mucho poder (en forma de dinero, influencia profesional o responsabilidades políticas), conviene recalcar algo: lo que hay detrás de actitudes como éstas no es nunca el sexo, es el poder y en ningún caso erotismo sino narcisismo. Un narcicismo rayano, cuando no con los dos pies dentro, con la psicopatía.

Detrás de eso célebres casos siempre hay un sociópata que no es adicto al sexo sino a él mismo, a demostrarse a él mismo continuamente y sin descanso que es el “fucking master” del universo, que su poder no se coarta con la burdas sanciones legales o restricciones éticas y morales con las que nos someten a los mortales, sino que a él, sobre el que orbita el mundo entero, solo lo puede dirigir su propio capricho…. y eso no solo tiene que creérselo sino que tiene que demostrarlo. Todos y cada uno de los días de su miserable existencia.

Personas con baja autoestima que se desbordan por cualquier euforia que ofrezca el primer cuerpo que pase

En consulta me encuentro con algunas personas, anónimas en su mayoría, que se me presentan directamente como “adictas al sexo”. En realidad, nunca, ni una sola vez, me he encontrado con un verdadero adicto al sexo. Lo que sí me he encontrado son los citados narcisistas y personas que llevan fatal su sexualidad y la gestión de sus reclamos libidinosos.

Personas, éstas, que afectivamente se encuentran desnortadas, con baja autoestima y que, sin quererlo, boicotean, por roces anónimos, la consolidación de cualquier relación amorosa que les procure lo que tanto anhelan. Personas emocionalmente infantiles o infantilizadas que se sienten solas y vacías y que se desbordan por cualquier euforia inmediata que les ofrezca el primer cuerpo que pase. Y también me he encontrado con personas con una sexualidad que les exige mucho pero lo llevan de maravilla… algún que otro cretino que tiene más jeta que espalda, también me he encontrado, la verdad.

El vacío y la euforia se retroalimentan

Culpabilizar al sexo de lo que sea es algo muy viejo en nuestra cultura. Lo cierto es que, lo que de adictivo pudiera tener el sexo lo encontramos también en coleccionar cromos (o coches de alta gama), en comprar ropa (o cosméticos o relojes) o en ver los “likes” en Facebook; y es que son actividades que procuran euforia. Una euforia que, mal asumida, entendida y gestionada, en lugar de colmar el vacío existencial que todos, en mayor o menor medida sentimos, lo amplía.

Subidones en los que la caída perjudica más que lo que gratifica la subida y que están basados en la necesidad, muy de nuestro tiempo, de procurarse continuamente y a discreción, una buena dosis de euforias al día para determinar lo que uno vale. Y ambos conceptos, vacío y euforia, se retroalimentan, y ambos conceptos son, y lo digo con la boca abierta, los pilares en los que se apoya el modelo de éxito de nuestra actual sociedad.

¿Que un poderoso productor de Hollywood acosa y abusa de todas las actrices que se encuentra porque es un adicto al sexo? ¿Qué un miembro del FMI fuerza a una camarera en un hotel porque es un adicto al sexo? ¿Que un conocido actor le pone los cuernos a su esposa como para alicatar el baño porque es adicto al sexo…? Venga… démosle una vuelta a eso; que una cosa es tener inclinación a la cleptomanía y otra ser ladrón de bancos y que las ruedas de molino están bien para moler el trigo pero son incomodísimas para comulgar.

Valérie Tasso

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