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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Los misterios del “dirty talking” o el “hablar sucio” en la cama

Al saber estar, colocarse de manera conveniente en cualquier circunstancia y participar con propiedad de lo público se presente éste como se presente, los antiguos latinos lo llamaban “decorum”. De ahí proviene nuestra palabra “decoro” que guarda relación con la acción de “decorar”. Así, el decoro es esa habilidad adquirida en la educación que permite el mantener respeto, el saber integrarse, el no chirriar cuando uno se encuentra con el otro, no importa la situación en la que lo haga. Tener decoro es saber dar un pésame, saber comer en un restaurante, ser capaz de dar un consejo o vestirse apropiadamente para asistir a una boda. El decoro es, por tanto, una evidente manifestación de cultura, o dicho de otra manera, entender, asumir e integrar cómo la cultura puede reprimir nuestros deseos más propios en nombre del bien común.

En el sexo, el término “decoro” tiene el mismo significado de actuar con consecuencia y propiedad en esa circunstancia… pero la aplicación del decoro puede tener una manifestación sorprendente. Así, durante la interacción sexual, el decoro puede exigir cuestiones como llevar ropa interior limpia, una higiene corporal conveniente, proferir palabras cariñosas… pero también puede exigir justo lo contrario. Y es que el ámbito de la interacción sexual, por el gran componente de sincera escenificación que tiene y por su inclinación al deseo transgresor, puede requerir “conveniencias” muy particulares y sin parangón con cualquier otro tipo de relación con los otros. Desde ahí se puede entender perfectamente la afinada reflexión de Woody Allen; “El sexo sólo es sucio cuando se hace bien”.

El “dirty talking” se usa de manera voluntaria y consensuada

Hablábamos de proferir “palabras cariñosas”. Eso puede parecer lo adecuado cuando dos amantes se ofrecen su desnudez. Y en ocasiones lo es… pero en otras no. Aquí es donde entra este neologismo anglosajón del “dirty talking” (parece que, hoy en día, tienes que saber inglés hasta para ponerte una lavativa), del “hablar sucio”; de utilizar, de manera consensuada y en ese marco teatral, un lenguaje soez y procaz, insultante o despectivo en ocasiones, lleno de tacos y de palabras “prohibidas” por el común decoro, obsceno y escatológico que pudiera parecer más propio de un arrebato etílico que de una declaración de amor. Es una variante, que no tiene el carácter patológico, de la “coprolalia” (literalmente “decir porquerías”), pues si bien la coprolalia suele venir asociada a trastornos graves de orden cognitivo, en el “dirty talking” se mantiene el control y se realiza de manera voluntaria y consensuada, aunque no lo parezca.

Su uso podría lateralmente enmarcarse en las eróticas de dominación y sumisión propias del BDSM, pues a través de este particular uso del lenguaje lo que se pretende es mostrar el deseo de manera imperativa y estableciendo mecanismos de control mental sobre nuestro/a amante. Y aunque Vd. no supiera como tienen a bien designarlo ahora, lo cierto es que lo ha practicado, como todas nosotras, en más de una ocasión.

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Los requisitos del “dirty talking”

La particularidad del “dirty talking” es que debe cumplir varios requerimientos; ser consensuado (si de buenas a primeras empiezas a echar pestes por la boca, lo más probable es que nuestro/a amante recoja su ropa interior y salga corriendo por la ventana), ser sincero/a (nada hay más ridículo una vez metidos en faena que impostar ese escatológico discurso como si estuvieras mal parodiando una película porno) pero, que siendo sincero, no sea verdadero (no pensar “de verdad” eso que se pudiera decir de la otra persona). Esta última doble característica que puede parecer contradictoria, que parezca de verdad pero que no sea de verdad, hace que la utilización eficaz del “hablar sucio” esté reservada para amantes con un especial talento en su manejo. Y es que, si suena a falso, amenaza con el gatillazo pero si suena demasiado verdadero amenaza con la fractura de la pareja (una cosa es que te llamen “mi perrita” y otra es que crean o te hagan creer que eres una perra).

De ahí la importancia de la madurez entre los amantes para el consenso y para entender aquello que dicen los futbolistas de que “lo que pasa en el campo se queda en el campo”. La función del “hablar sucio”, y como se puede suponer, es transgredir los interdictos que la sociedad nos impone en el uso del lenguaje y que no son otra cosa que la coartación de nuestros deseos, con lo que, bien empleado en el transcurso de la excitación,es un poderosísimo acicate a su despliegue. Especialmente para nosotras las mujeres que, para estas cosas del cuerpo a cuerpo, parecemos tener mucho mejor oído.

Los mismos latinos que mencionábamos al principio tenían otro término, especialmente aplicable a las mujeres casadas para reflejar su virtud y honradez marital; “pudicitia”, cuya falta ocasionaba el poder ser catalogada de “impúdica”, que es el término que hoy en día solemos utilizar como antónimo de “decoro”. Sucede que, en determinadas ocasiones, nada hay más decoroso que ser un poco impúdica. Milagros de la etimología… y del sexo.


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