mujerHoy

Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

volver-a-nacer

El baby-crush: la crisis tras la llegada de un bebé

Si algo caracteriza a esa sociedad afectiva que denominamos pareja es que se lleva bastante mal con el tercero. El refrán “donde caben dos caben tres” puede tener algo de razón en cuestiones volumétricas pero la pierde casi por completo en lo que al manejo y a la gestión de los afectos se refiere.

Si difícil es establecer esa lógica a dos que conlleva el amor, una pirueta mucho más compleja de lo que solemos creer representa el establecerla a tres. Y eso tanto se refiere a la irrupción de un adulto en forma de afecto carnal por uno de los miembros de la pareja como al advenimiento de algo tan normalmente consensuado y deseado como un bebé.

Las cifras de fracturas en parejas durante los primeros meses de vida del recién nacido, e incluso durante el propio embarazo, son sorprendentemente altas (algunos estiman que ronda una de cada cuatro o cinco) y cualquiera de los que nos dedicamos a esto de intentar ayudar a parejas sabemos que, sea el porcentaje que sea, lo cierto es que la crisis (en el sentido que los antiguos griegos entendían el término como proceso de transformación) está garantizada.

Todos los planos de interrelación de los individuos que conforma la pareja se van a ver sacudidos en mayor o menor medida. Se van a desajustar, se van a tener que reescribir y vana afectar desde los asuntos propiamente sentimentales (“ya no me escuchas”) hasta los propiamente funcionales (“ahora te toca a ti hacer esto”) El plano sexual, por supuesto, también se va a resentir porque se produce una inevitable redirección del deseo y un marco general orquestado para el desencuentro emocional.

Cuando llega el recién nacido, las miradas se focalizan obsesivamente en él

El motivo es lógico y fácilmente comprensible. Los humanos, como decía Shakespeare en boca de Ricardo III, nacemos antes de tiempo. Nuestra fragilidad, nuestra total incapacidad y la infinita dependencia que tenemos al nacer, así como lo prolongado de esa incapacitación, es una auténtica tortura, todo lo amorosa que se quiera pero tortura, para los progenitores, para los que tienen que suplir durante cada segundo de esa incipiente existencia su falta de recursos y de autonomía.

Así, las miradas se focalizan obsesivamente en el recién llegado que es algo que requiere, como le sucede a la histeria,  ser visto sin descanso. Eso, lo que exige ser constantemente visto y nos imposibilita mirar hacia ningún otro lado tiene, y así lo marca la etimología del término, un nombre; es un problema. Un problema que, insisto, suele ser abordado con el mayor de los cariños, sacrificios y resignaciones y encontrando satisfacción hasta allí donde sólo se acentúa el problema. Pero el que un problema sea abordado con cariño no le resta un ápice de profundidad a lo que es; un problema.

La sexualidad de la mujer varía, en ocasiones, radicalmente

Sea como sea, nos encontramos a dos personas que llevan un tiempo mirándose y cuidándose a las que, de repente (los nueve meses a veces se hacen muy largos pero otras son demasiado cortos), un tercer elemento les exige completa atención. A partir de ahí hay que tener en consideración varias cosas que afectan fundamentalmente a la madre.

Ya desde el embarazo, la mujer percibe, y lo percibe con razón, que lo que antes era “igualitario”, un reparto más o menos equitativo de responsabilidades, ahora se ha trastocado; todo el peso (literalmente) de la realidad del nuevo infante le ha caído encima.

La compleja bioquímica (y no sólo la bioquímica) que sostiene y permite el inmenso traumatismo de parirse corta tras el alumbramiento. Los efectos de esto es lo que se suele llamar “depresión post-parto”y que, quizá, tenga algo que ver con la “fatiga de combate”.

Tiene unos efectos muy variables en intensidad y duración según cada persona.  En la mujer, la función social y lo que es más serio aún, su sentido, varían para focalizarse en el de “madre”. Ya no es la función hedónica (la que pretende el gozo) la que normalmente guía las interacciones sexuales; ha descubierto que “eso” también produce otros efectos a los que hay que amamantar. Y ve, inevitablemente y al principio, el interactuar sexualmente con otros ojos.

Su cuerpo, la concepción y el sentido que de él tiene, también han variado; ya no es un cuerpo que le rinda y le gratifique a ella misma sino que es un cuerpo castigado y puesto a disposición de otro. Es un “descentramiento” general.

Todas estas cuestiones, así como el hecho de que lo que por casi todos es visto bajo el velo de lo “maravilloso”, para ella pueda ser visto “desvelado” como algo sobrecogedor, hacen que la sexualidad de la mujer varíe y en ocasiones varíe radicalmente, del mismo modo que varía la percepción que de ella pueda tener la pareja. Y si difícil es el proceso dinámico de conformar la propia sexualidad, el de conformarla en función del otro, en ocasiones, se hace insalvable.

nac

No existen recetas milagrosas para afrontar esa situación

No hay una receta milagrosa para afrontar esa situación y evitar sus más descorazonadores efectos, pero quizá convendría recordar algunas cosas. Primero: en estas nuevas circunstancias, todos (incluso el bebé) tienen que encontrar su función y su autonomía.

El querer hacerse cargo de todo, el atenderlo todo y el ocuparse de todo no suele tener más efectos que el discriminar a la pareja y el prolongar el tiempo de debilitación del bebé. Así que reparto de funciones y nada de sobreprotegerlo hasta la fagocitación (aspiración secreta ésta de reintegrarlo de alguna forma al útero de más de una madre) Dos: mantener en la pareja una lógica y una dialéctica de cooperación y no sustituirla por una relación de poder (de partida el ser madre o padre no da más conocimiento del tema a uno sobre el otro).

El indefectible “culpable” de la situación no es la pareja, es la situación. En una crisis, todos somos competentes de alguna manera. Ayuda,en primer lugar, el hablar, hablar y hablar, así como el preservar los espacios comunes de la pareja, por ejemplo el sacrosanto espacio de la cama de papá y mamá, y los propios de intimidad de cada uno que permiten la rehabilitación paulatina de la sexualidad individual (única manera de recuperar la común) sin temer a “aparentes” alejamientos.

Y tres y por último, un consejo previo a la batalla que quizá explica un tanto el índice de rupturas; el recién nacido es el resultante de la pareja y no al revés. Es decir, si la pareja no va del todo bien, un bebé no la recoserá, no le dará nuevo brillo a lo que ya no brilla.


Además…

Fantasías eróticas: ¿eres responsable de ellas?
¿Qué son las parafilias?
El sexo y sus estúpidas medidas

 

|

Comentarios