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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Depilarse o no depilarse: esa es la cuestión

El vello y lo femenino, al menos por estos lares, nunca es algo que haya casado del todo bien. Lo de ser velluda parece que lo entendemos más como cosa de hombres (por lo menos hasta la irrupción de eso llamado el “metrosexual”) con lo que, como componente de los caracteres secundarios de género, no parece que sea, por lo general, y salvo eróticas y orientaciones, muy apreciado.

En el fondo de esto subyace, mucho más allá de si depilarse a la cera o con el hilo o hacerse las ingles a la brasileña o a lo Martini, la construcción variable, caprichosa y machaconamente exigente de lo que debe “parecer” la mujer. Imperativos patrones estéticos e incontrolables modas gilipollas de la “forma” que exige el modelo de la feminidad y que las mujeres debemos acatar bajo la pena y, para muchas, el horror de sentirnos excluidas de esa categoría.

Y, por consecuente, las acatamos y nos adaptamos a lo que nos dicte el patrón y, lo que es peor, las asumimos como si emanaran de nuestra libertad individual, independencia y autonomía y como si estos elementos dependieran de aquellos caprichos: el “yo me pongo unas tetas de 130 porque me encuentro mejor conmigo misma”, como si cargarse encima dos fardos de tres kilos de por vida pudiera, de verdad, mejorar y facilitar eso de estar viva, o como si el caminar sobre stilettos del quince le sentara bien a nuestros pies o como si desforestar nuestro cuerpo antes de cada cita fuera una actividad gratificante de la que dependiera el “quién soy yo” o el “porque yo lo valgo”.

La moda de la depilación ha ido cambiando con los años

Hasta no hace mucho, la depilación femenina se ceñía a determinadas partes del cuerpo. Normalmente las más visibles; que si las piernas, que si las axilas, que si algunos toques en el rostro… pero se solía preservar la sacralidad de mantener el vello en el pubis, pues se entendía que su función, más allá de las posibles biológicas de poca importancia, estribaba en ser uno de los más importantes fundamentos simbólicos de atracción al otro.

El triángulo de vello en el pubis era el gran reclamo sexual; bastaba verlo para que el otro o la otra resoplaran como la máquina de un tren antiguo. Luego, llegó el patrón que podríamos llamar de “la niña hipersexualizada”; la mujer que tenía que manifestar una extrema inocencia genital, sin vello e incluso con los labios vaginales “recortaditos” (empezaron a hacer furor en la clínicas estéticas, especialmente las norteamericanas, intervenciones como la “labioplastia”) y hasta con el debido y pueril estrechamiento en la cavidad vaginal (también se forraron con ello las citadas clínicas) cuando no el mantener una “perpetua” virginidad (la reconstrucción del himen a voluntad y simplemente por motivos estéticos también causó furor).

Pero, frente a una vulva y una vagina de niña, y por no mentar al diablo, también se nos exigió el tener caracteres de sexualidad muy marcados. Y allí hicieron furor las tetas grandes y allí que fuimos. Hoy en día, y bendito sea, ese modelo ha caído un poco en desuso, pero el que el modelo pierda vigencia no significa que se anule la necesidad del modelo. Y empieza a volverse a ver vello en el pubis. No de aquella manera “natural” y estruendosa de los años setenta del siglo pasado, en el que parecía que había que entrar a machetazos, sino con la “coqueta” pretensión de tenerlo “arregladito”; marcar apenas el celestial triángulo y mantener depilada la vulva (no vaya a ser que alguno se pierda el árbol en el bosque).

La depilación ya existía en el antiguo Egipto

Sean como sean y evolucionen cómo evolucionen esos requerimientos estéticos y nuestra adaptabilidad a ellos, lo cierto es que el hecho de depilarse no es nada nuevo. En el antiguo Egipto ya parece que se solía practicar en las clases pudientes, sin distinción de género y en base a cremas depilatorias formadas de las más variadas sustancias naturales (de resina de sicomoro a sangre de tortuga o grasa de hipopótamo hasta vaya Vd. a saber qué).

Si repasamos la estatuaria de nuestra cultura mediterránea (de Grecia a Roma), tampoco encontraremos un solo vello sobre el mármol (y muchísimo menos si la escultura representa a una mujer), con lo que es de suponer que tampoco estaban mucho por las pilosidades. En estas culturas mediterráneas parece que el éxito del depilado residía en abrasivos como la piedra pómez, ceras, resinas minerales y hasta un ungüento, especialmente utilizado por las hetairas griegas (prostitutas sagradas), llamado “dropax”, compuesto de vinagres y tierra de Chipre(en la avanzada modernidad,tuvimos que esperar hasta los años veinte del pasado siglo para tener algo similar; la crema depilatoria).

axlas

En la antigua Roma, parece que las adolescentes se depilaban nada más emergía el vello y para ello, utilizaban, como sus hermanas mayores, unas pinzas llamadas “volsella”y el “philotrum” (una especie de brea) Tanto en los baños públicos como en los burdeles existían estancias especiales para estos menesteres de la depilación y hasta esclavos especializados, los “aliparius”, debidamente formados para la tarea.

Las francesas tenemos fama de depilarnos poco… y si nos comparamos con las norteamericanas, es verdad. Así que, si alguien ha notado un poco de maldad en esta mínima reflexión sobre el requerimiento de darle a la cuchilla o a la pócima para arreglarse sálvese la parte, a lo mejor ahí está la explicación. Y es que la cabra siempre tira al monte (al de Venus, por supuesto).


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