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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

transexualidad

Mi hijo/a dice que es transexual

Si alguien nos dice, por ejemplo, que el sol se apaga, lo primero sería saber si es posible que el sol se apague y lo segundo la veracidad que tiene esa afirmación en quien la pronuncia. Así que, empezando por el principio, a la pregunta; ¿puede mi hijo/a ser transexual?, la respuesta es que sí. Mientras que a la de si mi hijo/a es transexual porque así se manifiesta, habría que responder con un lacónico “posiblemente”.

Evidentemente que sí puede darse en un individuo que no exista una concordancia entre el sexo que se puede establecer a partir de criterios biológicos y la identidad de género del individuo. Es decir que puede ser, por ejemplo, que “parezca” (los otros le/la “ven como”) un/a chico/a, que tenga los órganos genitales propios de un/a chico/a pero “sea” (sienta y se “identifique a sí mismo/a como”) un/a chico/a. Puede darse, por más que a algunos siga sin caberles en la cabeza, que “blanco y en botella” no signifique indefectiblemente “leche”.

La transexualidad, entiéndase bien esto, no es algo que guarde relación con ciertas eróticas como el travestismo ni con orientaciones del deseo o preferencias eróticas (ser heterosexual u homosexual) No.No tiene nada que ver con eso, tiene que ver, en sexología, con la “sexuación” y el cómo se ha conformado este proceso partiendo de conceptos como el “continuo de los sexos” y la “intersexualidad” y tiene que ver, a partir de esa “sexuación” con aquello identitario tan desgarrador del “yo no soy quien Vd. cree que soy”.

Es decir, para un sexólogo, la transexualidad irrumpe, se descubre, como el resultante de un proceso particular de sexuación; ni bueno ni malo ni patológico ni hereditario ni perverso ni condenable ni modificable sino tan sólo particular… por más que en el sujeto pueda producir efectos de una enorme complejidad y sufrimiento que, en la comprensión del fenómeno transexual, tenga el propio sexólogo que tenerlos muy en cuenta.

Y resulta, para el sujeto, algo delicadísimo y trágico pues, en esta situación, se suelen dar las dos batallas más encarnizadas y sangrientas que pueda afrontar un ser humano; la confrontación identitaria con su propio cuerpo y la espantosa lucha del yo contra el mundo. El “transgénero” (empleamos este término hoy más en boga y que incluiría la transexualidad) no sólo no encaja de manera radical en su cuerpo sino que no es visto ni percibido por los demás como él mismo se percibe y ha tomado conciencia de él mismo.

Y eso es tremendo, ni lo olvidemos ni lo pongamos en duda. Porque no se trata de pensar que a uno le gustaría ser más alto pero es bajito o que cree que es muy inteligente pero los demás le toman por un bobo, no, es que todo él, todo su ser sexuado, tiene esa doble discrepancia innegociable. Y sí, todo eso  le puede pasar a su hijo/a, o mejor dicho, es posible que sea lo que le está pasando cuando le dice que es transexual…aunque también puede ser que lo que le pase sea otra cosa a la que él/ella identifica como tal.

Un tema polémico

En ese matiz es donde entra en cuestión la polémica, los más enconados debates y las posiciones más fanatizadas en uno y otro bando. Desde aquello que niegan que la transexualidad pueda darse (y que hasta alquilan autobuses públicos para visibilizar su enconamiento) hasta los que asumen la transexualidad con una naturalidad que ronda el proselitismo y empiezan a tratar quirúrgica u hormonalmente a sus hijos infantes o adolescentes para permitirles, cuanto antes, que empiecen el “tránsito” (el “tran” de su transexualidad).

Personalmente, ambas posturas me parecen peligrosas e infundadas y lo que es mucho peor, dañinas para los/aschiquillos/as. A los “negacionistas” poco se les puede decir; para ellos los procesos de sexuación solo pueden derivar en hombres y mujeres (“como Dios manda”) y la transexualidad es un mero fruto “cultural” de influyentes grupos de presión, salidos de los departamentos de “estudios de género” de las universidades.

Planteamientos que, en cualquier caso, problematizan la diversidad sólo por el hecho de ser diversidad… Con los del “al pan, pan y al vino, vino”, normalmente ni se puede tomar pan ni se puede beber vino. Con los del otro extremo, también resulta muy difícil entrar en debate, pues en cuanto pones en cuestión que posiblemente lo que manifiesta el/la niño/a no es siempre lo mismo que lo que tiene el/la niño/a y les planteas que, tras ese decir “mamá, soy transexual”, se pueden esconder infinidad de cuestiones que resolver en el/la chaval/a pero no precisamente esa, pues ya te meten en el autobús con los de antes.

Afortunadamente, y como suele suceder casi siempre, la inmensa mayoría de personas que se preocupan por atender e intentar comprender esta situación se emplazan en medio del espectro… Lo que pasa es que suelen vociferar mucho menos y escuchar mucho más.

El asunto de abordar la transexualidad o no de nuestros hijos comporta una fascinación particular y otra general. Por un lado, la particular se centra en encontrar la forma en un caso concreto de minimizar el enorme sufrimiento que esta situación produce en la criatura, intentando amortiguar esa doble fractura consigo misma y con los demás y hacerlo, además, de forma que no lo condicionemos de por vida por habernos radicalizado de partida.

Por otro lado, el transgénero en sus múltiples derivaciones, incluida la transexualidad, plantea cuestiones fascinantes; ¿hasta qué punto somos fruto de nuestra biología o de nuestra cultura?, ¿dónde quedo yo entre lo que me dicen que soy y lo que siento que soy? o ¿sigue siendo verdad lo evidente? Cuestiones que a más de uno irritan, a muchos padres intranquilizan y a algunos niños les asaltan.


Además…

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