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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

afrodisiaco

¿Existen los afrodisiacos?

Casi con la misma intensidad con la que los humanos hemos soñado con transmutar el plomo en oro, hemos perseguido, fantaseado y elucubrado sobre la fórmula que, indefectiblemente, nos permita transmutar el frío libidinal en fuego. Poseer el control sobre el deseo libidinal y activar a voluntad el botón que estimule sexualmente a alguien para vencer su voluntad y resistencia a base de encenderlo, como una tea, es algo que, a todos (y todas), se nos ha pasado alguna vez por la cabeza. Para intentar conseguir eso, hemos querido inventar, desde la herboristería hasta la más reciente y sofisticada farmacología,  filtros, pócimas y ungüentos diversos y los hemos catalogado en la botica con el nombre de “afrodisiacos”.

Todos con el mismo resultado. Fracaso. Y es que dominar el deseo propio (o del otro) a antojo o incrementarlo a conveniencia no es tarea sencilla. No lo es porque controlar el deseo de un ser humano es dominar por completo su estructura psíquica de subjetivación. Ello supondría saber leer y estimular todos los resortes simbólicos que operan en un relato deseante, desvelar los mecanismos ocultos o reprimidos de un inconsciente o anticipar las secuencias causales que nos hacen tomar una decisión y no otra, lo que sigue siendo el misterio más profundo del universo… Algo que, ni Casanova ni todo el actual ejército de publicistas al servicio del dios consumo, han conseguido todavía hacer.

Ni siquiera, como decíamos, nuestra virtuosa tecnología farmacológica que es capaz de operarnos a corazón abierto sin que nos enteremos, que puede anular nuestra voluntad y hacernos perder el criterio, subirnos los niveles hormonales a destajo o procurar, prácticamente a voluntad, una erección del pene en el momento requerido, ha conseguido todavía ese fruto de Afrodita que, indefectiblemente y nada más probarlo, nos ponga a desear el árbol del fruto.

La búsqueda del “filtro de amor” data de antiguo

Pero, además de la farmacología, hemos buscado desde antiguo los medios más curiosos y absurdos para lograrlo. Desde el principio de magia simpática que actúa por analogía; si esto se parece a aquello, debe servir para controlar aquello. Así, hemos creído ver en el cuerno de rinoceronte por su similitud a un falo humano o en los bivalvos (de las almejas a las ostras) por su parecido a la vulva, el descubrimiento del misterio. O las trufas a los testículos o las granadas a las vaginas.

Pero nada. Hemos intentado utilizar y extraer las sustancias naturales que a los otros bichos vivientes les encienden, desde las feromonas al almizcle pasando por secreciones vaginales del hámster dorado para ver si, por la nariz, nos entraba la diosa. Pero nada. Utilizamos también el pensamiento deductivo; si al llegar a un sitio ves que los indígenas follan más que cantan, ¿será por lo que comen? Y hemos probado exóticos sabores; la vainilla, el azafrán, la canela, el cacao… Pero nada. Lo que pone a los indígenas debe ser  otra cosa más allá de lo que puedan comer.

Descubrimos también los vasos dilatadores (ahí nos llevamos algún susto) y pensamos que si la calentura la da la sangre pues a por ello, a facilitar el riego sanguíneo de los genitales. Pero nada más allá de calorcillos, escozores o peligrosas hemorragias.

afrodisiacos

Los afrodisíacos: la historia de un fracaso

Los afrodisíacos son la historia de un fracaso. Pero una historia fascinante que nos ha acompañado desde nuestros orígenes y que se ha personalizado en célebres biografías; desde el infundio sobre la muerte del poeta latino del siglo I a.C., Lucrecio (tan “materialista” y poco piadoso él) de quien se dijo que su muerte se debió a la sobredosis de un filtro de amor, a la acusación que pesó sobre el Marqués de Sade por haber intentado envenenar a un buen número de jovencitas en edad de merecer con los “caramelos de Richelieu” o la “cantárida” (una toxina resultante de triturar este insecto, conocido también como “mosca española” y del que se decía que, cuando no mataba, procuraba el priapismo).

En cualquier caso, el mantener que no existe algo que, ingerido, olido o untado, despierte indefectiblemente e indiscriminadamente los ardores libidinosos, no significa en absoluto que esos ardores no se produzcan e incluso que no se puedan propiciar. En cierta medida, todos tenemos algún que otro remedio, recurso o recetario cuando queremos apelar para nosotros mismos o para con nosotros y los otros a los favores de la diosa del amor… y que no sea una pastilla, pócima, ungüento o perfume hace que tenga que ser otra cosa; un arte. Y es que los humanos, cuando no damos con la tecla, componemos una sinfonía.


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