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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Puede estar, detrás de tu dificultad sexual, el despecho?

Lo malo que tiene rascar es que a veces encuentras cosas. Un traumatólogo, por ejemplo, atiende los efectos. Un joven jugaba al fútbol y se torció el pie, una chica cayó de un caballo y se fracturó el cúbito, a un esquiador se le cruzan los esquís y sufre una luxación en el hombro… Al traumatólogo, lo que fundamentalmente le interesa, son los efectos; torcedura, fractura y luxación.  

Quizá, en algún momento, pueda tener algo de interés por la causa primera, que si jugando al fútbol o montando a caballo o esquiando pero, en cualquier caso, si siente un ligero interés, sólo será por esa causa directa y nada más. Si al llegar a un traumatólogo, empiezas a contarle que te retiraron el pecho pronto o que la relación con tu prima de Ayamonte no es muy buena, te mirará con cara de asombro.

Y eso es porque el traumatólogo quizá tenga que enyesar, radiografiar y hasta operar pero no tiene que rascar mucho. En sexología, nosotros nos dedicamos mucho más a las causas que a los efectos, que solo suelen ser meros síntomas, pues la fractura no está allí donde duele sino en algún sitio mucho más recóndito y enrevesado al que no se llega con una radiografía, escáner o palpación sino escuchando… y sabiendo escuchar. A nosotros sí nos interesan las cuestiones relacionales del que confía en nosotros, los rozamientos que se hayan producido en la dinámica de su sexualidad y, en fin, el hilo biográfico que permite detectar el ovillo que les atasca. Y eso es porque nosotros nos dedicamos a rascar.

En sexología, el problema casi nunca es el problema, sino una manifestación del problema

A la consulta de un sexólogo nos llegan múltiples “efectos”. Dificultades primarias como la disfunción eréctil, el deseo “hipoactivo”, la anorgasmia o deficiencias en el control de la eyaculación, problemas de pareja o relacionales como distanciamientos, deseos asimétricos o infidelidades, trastornos en la aceptación de la sexualidad propia o de su erotismo y muchas veces, simples desconocimientos sobre temas muy diversos que afectan al ser sexuado.

Como digo, eso que, entre titubeos nos empieza a narrar la persona porque le agobia y le bloquea especialmente en lo referente a su sexo, casi nunca es el problema, sino una manifestación del problema. Y es cuando empezamos a rascar cuando casi siempre, e indefectiblemente, nos topamos en un primer estrato, especialmente cuando nuestro paciente es una pareja, con la misma piedra. Topamos con el despecho.

Un resentimiento no definiblemente localizado, un resquemor antiguo, un episodio que parecía cerrado pero sigue activo, un proceso que alguien saldó pero del que el otro no obtuvo debida satisfacción… algo agarrado como una garrapata en la biografía que, aunque no se vea, ni lo vea la propia persona, actúa… y lo hace de manera determinante y vengativa.

¿Cómo funciona el despecho?

Se suele creer que el despecho y su espíritu vengativo actúan de manera ostentosa, visible y fácilmente identificable y que, además, el despechado actúa así con plena conciencia. Pero la realidad es muy distinta. En multitud de ocasiones, el que se venga no es consciente de ello y además, su acción sólo sabotea al agente causante de manera indirecta; el agente principalmente saboteado es él mismo. También se suele creer que el despecho tiene una lógica muy simple, semejante a la vengativa justicia de la Ley del Talión; tú te has follado a la vecina, yo me follo al vecino.

Pero tampoco suele ser esa su lógica. Opera, en multitud de ocasiones, con una siniestra lógica victimista y en multitud de ocasiones “inocente” del tipo “tú me has hecho daño, yo me voy a hacer mucho más”. En esa lógica, se encierra el narcisismo de todo melancólico que apelará a lo más profundo del otro para que el otro se culpabilice de su malestar. Ese otro culpabilizado es el único que puede volver atrás e intentar recoser una herida que, como decimos, muy posiblemente ni uno ni el otro recuerdan o reconocen ya como herida. Los efectos de este tipo de actuación despechada pueden ser, créanme, devastadores, pues se cronifican sin solucionar el motivo del despecho y, además, devienen el problema en sí.

Naturalmente, en personas expresivas y que sepan comunicar en el momento oportuno lo que les incomoda, es más difícil que esas “calcificaciones” se produzcan, pues, o bien arreglan la fractura cuando se produce o bien abandonan a quien consideran que les ha producido el daño… siempre que puedan hacerlo así, porque hay ocasiones en las que el agente dañino no puede ser abandonado; el agente contra el que actúan con despecho son ellos mismos.

Esta complejidad, profundidad y variabilidad de manifestaciones del despecho (cualquier manifestación sintomática en el hecho sexual humano puede tener esa base aunque no todas la tengan) hacen que las recetas facilonas y que suelen venderse a millones sean una tomadura de pelo.  Recetarios de bobos a bobos del tipo: “Las diez claves para retomar la pasión en la pareja”, “Tres trucos para curar tu eyaculación precoz” o “Cómo vencer la anorgasmia en cinco pasos”, pueden ser entretenidos para leer en el baño, pero muy difícilmente van a servir para nada más que para secarse los bajos.

Mi consejo es que, cuando salga del baño y ya con las manos limpitas, se haga estas dos preguntas: ¿tiene Vd. una dificultad sexual? Y después; ¿cree Vd. que podría actuar por despecho? Si la respuesta a la segunda pregunta es dubitativa, consulte a un profesional. Y procure que éste sepa rascar pero que también sepa (asunto primordial en el arte del rascar) cuándo dejar de rascar… no vaya a ser que al final no rasque bola.


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