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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La tiranía del “orgasmo simultáneo”

En las películas convencionales, la cuestión erótica se suele resolver más o menos así; un beso apasionado, tres a cinco segundos de agitación coital y un orgasmo simultáneo en el que los dos amantes parecen coger el carro de Helios para subir, de la manita, a lo más alto del firmamento. Son cosas de películas, pero aun así, no son pocas las parejas que luchan desesperadamente por conseguir ese sincronismo orgásmico, posiblemente creyendo que así el orgasmo, como la suma o las deudas, se hace acumulativo.

Pero la realidad es que no; el orgasmo simultáneo de dos o tres o hasta cinco personas (si la noche se ha dado bien) no incrementa la intensidad del orgasmo de uno mismo, del mismo modo que si tu pareja se pega un martillazo en el pie justo cuando tú te lo das, tampoco disminuye tu dolor.

Posiblemente una crea experimentar una cierta compañía psicológica en el arrebato de ese gozoso trance o no sé qué manifestación de especial unión, pero el precio es demasiado alto y su pago reside precisamente en tener que estar pendiente de tu “partner” sexual. Lo único que se consigue al desviar la atención sobre el goce propio hacia el del otro es que la llegada se dificulte y la intensidad indefectiblemente mengüe.  

 

La interacción sexual es una fraternidad de egoístas

Una interacción sexual, y así lo he definido en alguna ocasión, es una “fraternidad de egoístas”. Es decir, hay que estar pendiente del otro con la misma astucia con la que hay que saber dejar de estarlo. La obsesiva vigilancia sobre la respuesta sexual de nuestro amante durante todas las fases de su respuesta sólo consigue una cosa; el descuido introspectivo sobre la nuestra propia. Así, cuando se me pregunta si es posible el orgasmo simultáneo, suelo responder que sí, que es tan posible como innecesario.

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Para llegar al orgasmo, se exige una completa desatención sobre una misma y su entorno

Y es que el orgasmo, entre otras particularísimas características, exige una completa atención sobre una misma, o dicho de mejor manera; exige una completa desatención sobre una misma y sobre su entorno. Cualquier cosa, desde el zumbido de una mosca a una obligación pendiente, puede interferir o fracturar el relato deseante que nos posibilita la obtención del clímax.

Un relato que exige, por más que la mayoría estemos acostumbrados a conseguirlo, un proceso de introspección y ensimismamiento de carácter meditativo de una enorme fragilidad, especialmente en nosotras las mujeres. Y si en muchas ocasiones es difícil y hasta un poco absurdo el establecer la función finalista del orgasmo como objetivo prioritario de una interacción sexual, el nivel de exigencia (y el de tontería) se incrementa considerablemente si lo que pretendemos es no sólo alcanzar el orgasmo sino además poner el reloj a punto con nuestra pareja.

Y es que el tiempo, hasta para los amantes más bregados, tampoco es un buen amigo del estado que posibilita la emergencia del orgasmo.

Si aun así hay parejas que quieren forzar el que se dé esa situación, la cuestión no es excesivamente compleja. Requiere de control, especialmente por parte del varón, de no obsesionarse por más que se le haya impuesto al orgasmo ese requerimiento y de algo que no suele darse en este tipo de propósitos; de honestidad… la mayoría de las veces, se miente o se simula con tal de otorgarle a la pareja ese preciado “don”.

Con estas premisas, es suficiente, por ejemplo en una pareja heterosexual y durante el coito, con que la mujer siga el curso normal de su respuesta y el varón sepa mantenerse y sujetar el estado de meseta hasta que note las contracciones vaginales orgásmicas para “montarse” en la sobre estimulación que en el glande le producen y dejarse llevar. Aun así, conviene recordar que el orgasmo masculino es de menor duración que el femenino, con lo que, si se consigue un inicio más o menos simultáneo, la duración difícilmente será la misma.

Y si no se consigue, que nadie se alarme; la próxima vez, podéis intentar estornudar juntos y a la vez. Todo sea por la mística unión de los miembros.


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