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El blog de Valérie Tasso

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La sororidad

Tener palabra es poder pensar. Mucho más allá de la capacidad más o menos eficiente de comunicarnos, lo que de verdad refleja el lenguaje es el tamaño de nuestro mundo así como la capacidad de construirlo, de ponerlo en cuestión y de entenderlo. Un lenguaje pobre refleja un mundo pobre y lo que es peor; la dificultad de transformarlo. Un significante, en este caso, una palabra, remite a un concepto, a “algo pensable”, por lo que la carencia de significantes es una carencia sobre cosas en las que poder pensar. Así de claro y así de crudo.

 

La palabra “sororidad” tiene más de cinco siglos

Sucede que, en ocasiones, y esto es muy propio de nuestro tiempo de neologismos, como se desconoce el concepto se inventa un significante creyendo tontamente haber descubierto con ello un nuevo concepto. En estos casos, lo que se demuestra es o bien una ignorancia supina sobre las cosas del mundo o bien las ganas de vendernos algo viejo como nuevo, simplemente porque se ha renombrado con un estrafalario término, normalmente en inglés.

La psicología, la autoayuda y el fenómeno “coaching” están llenos de estos términos tramposos que, bajo la pretensión de crear o poseer conocimientos sobre determinada materia, inventan (¡como si fuera sencillo inventar una palabra!) un número ingente de términos, clasificaciones y presuntos nuevos conceptos que sólo tienen la función de re empaquetar y maquillar lo que sabemos de siempre.

Otras veces, sucede que, si bien el concepto ya existe, su significante, la palabra que nos remite a él, ha caído en desuso o no se emplea con la frecuencia que las problemáticas de un momento determinado requieren. Este es el caso del término “sororidad”, que a algunas/os les puede parecer un neologismo (y lo es en nuestra lengua), pero en realidad es un término que tiene más de cinco siglos.

 

El concepto al que remite “sororidad” es el de la solidaridad entre mujeres

El concepto al que remite “sororidad” es el de la solidaridad entre mujeres. La hermandad, la amistad y la asociación entre mujeres ejercida para el propósito de un fin común. Para designar el concepto raíz de agrupación solidaria de personas vinculadas entre ellas, tenemos muchos términos.

Por ejemplo, “cofradía”, “fraternidad” o “confraternidad”, entre otros. El problema, y aquí es donde nace la importancia para el movimiento que pone el término “sororidad” en circulación, es que todos esos términos proceden del latín “frater”, que significa “hermano”, con lo que se supone (o se quiere suponer) que quedan excluidas de estas asociaciones las personas de género femenino, es decir, las “hermanas”.

Así, “sororidad”, que está aceptada en el diccionario de americanismos de la RAE pero no de momento en la propia RAE, al tener el prefijo latino “soror” (hermana), sería algo así como la “fraternidad de hermanas”.

El término se toma en lengua castellana (parece ser que es México el país donde acaba implantándose en nuestra lengua) del inglés “sorority” y, por lo que cuentan, la lengua francesa ya utilizaba este término desde el siglo XVI con el mismo significado, si bien no es hasta la década de los setenta del siglo pasado cuando se empieza a emplear en un marco de reivindicación feminista.

 

La sororidad: una reivindicación justa y necesaria

La voluntad de que exista un lenguaje inclusivo y no discriminatorio por cuestiones de género es una vieja reivindicación del movimiento feminista… aquel por el que muchas ya nos partíamos con gusto la cara mucho antes de que se fanatizasen en el puritanismo ciertos sectores de las nuevas “sores” (que, en realidad, de nuevas no tienen absolutamente nada).

Es una reivindicación justa y necesaria en cualquier colectivo que se pretenda democrático, pero es algo que tiene que hacerse con la infinita sabiduría, paciencia y hasta la ternura con la que se tiene que manejar algo tan radical, frágil y determinante como es el lenguaje con el que nos entendemos y entendemos el mundo. Una reivindicación que, al menos en los planteamientos que nosotras hacíamos en esa época, pretendía la radicalidad de no excluir a nadie.

Es decir, no se trataba de sustituir un lenguaje “masculinizado” por otro “feminizado” en el que todos y todas tuviéramos que decir en lugar de “porque me sale de los huevos” un “porque me sale del coño” y que, además, entendía la tradición que construye y sostiene al lenguaje, con lo que evitábamos las repeticiones innecesarias duplicando el género (no temíamos a los genéricos) o los forzamientos ridículos (por ejemplo, aquello que tan popular se hizo de “las miembras”) .

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Nuestro mundo será mejor cuando alcancemos eso tan grande que es la “humanidad”

Nuestro mundo será un lugar mejor cuando dejemos de confrontarnos hombres y mujeres porque hayamos alcanzado una igualdad que respete la diferencia (que no la igualación hacia donde parece tender la cosa). Posiblemente la “sororidad” sea un paso en ese objetivo, pero en cualquier caso, es sólo un paso, pues la verdadera revolución se alcanzará cuando en lugar de “fraternidad” o “sororidad” alcancemos eso tan grande de la “humanidad”, la pertenencia de todos en cuanto humanos a la misma tierra (“humanidad”; término que, por cierto, también es un femenino…).


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