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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Algunos personajes históricos y sus peculiaridades eróticas

Si de alguien recibiéramos una carta de amor que empezara con una especie de ripio cuyo primer verso dijera así: “¡Me pica muchísimo el culo!”, para continuarlo con una serie de obviedades escatológicas del pedo, culo, caca y pis, casi sin duda diríamos que nuestro remitente es un soberano cretino.

Si después de eso, nos enviara la partitura de una sinfonía compuesta por él y la escucháramos y, años después, un tal Köchel la catalogara como la sinfonía nº 40 del autor, deberíamos pensar que, quizá, el cretino no es él sino nosotras mismas. Y es que Wolfgang Amadeus Mozart, además de 42 sinfonías, más de 30 conciertos, 22 óperas y diversas sonatas, música de cámara y divertimentos hasta completar un total de 626 obras catalogadas, también tuvo tiempo en su corta vida para escribir correspondencia erótica a su enamorada primita en la que demostraba sus marcadas preferencias “coprolálicas” y a su erótica, en general, de indiscutible inclinación escatológica.

Asunto éste, de las eróticas del “guarreo” en el que también le seguirá un par de siglos después James Joyce, al que le gustaba más un ano femenino y todas sus emanaciones que a los propios amantes Verlaine y Rimbaud que hasta le dedicaron un celebérrimo  soneto (con el explícito título de “Soneto al agujero del culo”).

Y si de afición a la escatología y a su escritura nos referimos, hay algunas de personajes célebres que se han hecho públicas, no sin el debido sonrojo de los autores, en tiempos más recientes. Por ejemplo, aquel inflamado “quisiera ser tu tampón” de nada menos que Carlos, Príncipe de Gales (Charles Philip Arthur George Windsor, para los amigos) a su entonces amante Camila Parker Bowles.

 

Ya, en la Antigüedad, tenemos constancia de algunas peculiaridades eróticas con Aristóteles

De Aristóteles se decía, y así lo reflejan algunos grabados renacentistas, que era un aficionado al “poney boy”. Una erótica enmarcada dentro del BDSM (acrónimo para “Bondage-Disciplina-Dominación-Sumisión-Sado-Masoquismo”) y que, en la antigüedad, se conocía con el nombre de “equus eroticus”.

Un dejarse cabalgar como Dios lo trajo al mundo por su amada y recibir los consiguientes cachetitos y fustazos que requiere esto de la hípica. ¿Un tipo raro? Pues, tan raro y tan genial como para fundar él solo el pensamiento occidental, además de educar al mayor general que ha conocido nuestra historia; Alejandro Magno. A Sarah Bernard, la grandiosa actriz de mediados del XIX, le ponían los ataúdes y todo aquello que tuviera que ver con la muerte (vamos, que lo de “Eros y Tánatos” le venía como anillo al dedo), mientras que John Ruskin, el sociólogo, crítico de arte y escritor de principios del XIX, se negó a cohabitar con mujer alguna en toda su vida cuando, ya granadito, descubrió, horrorizado, que éstas, las mujeres, tenían a bien tener el pubis lleno de vello (hoy, quizá, lo hubiera tenido más fácil…).

Y si hablamos de la erótica, pues de erótica se trata, de abstenerse carnalmente y controlar los ardores libidinales, ¿qué decir de Arthur Schopenhauer, uno de los más brillantes filósofos del siglo XIX a quien le gustaba menos una mujer, en toda su acepción, que a un gato el agua? O del sublimador Chopin, a quien su amante, George Sand, le acusó de tocarla, durante todo el tiempo que convivieron, bastante menos que al piano. Y así, miles y miles de ejemplos, tantos como los individuos, mujeres y hombres, geniales o comunes, que han tenido que pensar construirse en su condición de seres eróticos.

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Esas peculiaridades no reflejan nuestra perversidad sino la riqueza y variedad de las eróticas humanas

Y es que todas estas peculiaridades eróticas que hemos mencionado brevemente (hemos olvidado, por ejemplo, poner casos de aquellos que les gusta practicar el misionero el sábado por la noche) no reflejan que las personas relevantes, geniales o notorias, ni tampoco nosotros, los gentiles, por el hecho de tenerlas, seamos unos perversos en acto o potencia, sino lo que de verdad reflejan es la infinita riqueza y variedad de las eróticas humanas.

Las mil y una formas que eso tan complejo que resulta el ser “humano” y de concretar, desde esa condición, las maneras de relacionarnos sicalípticamente con otros humanos. Y luego están, naturalmente, los delincuentes que son capaces de todo salvo de relacionarse, por más que usen de arma una erótica. Y para todos nosotros vienen, después, los moralistas, de la sotana o la bata, a decirnos qué está bien y qué está mal, qué podemos o no hacer, qué es conveniente o no que hagamos con esas “soluciones” soberanas que hemos encontrado para nuestro ser erótico…

Otro tema fascinante del que ya nos ocuparemos en otro momento. Moralistas, en cualquier caso, que antes que controladores ideológicos de nuestras preferencias son, sobre todo, individuos eróticos con sus propias y variadas particularidades… No lo olvidemos.


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