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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El “bondage”: mucho más que liarse con el nudo de la corbata

Lo malo de que algo se popularice es que se populariza. Es decir, que lo que hasta el momento de su popularización mantenía un cierto aire de secretismo, exigía en su ejecución una maestría muy particular y era apreciado (por los pocos que lo apreciasen) en cuanto a sus verdaderos valores, de repente lo puedes comprar ya hecho hasta en Les Galeries Lafayette (pongo el nombre de estos grandes almacenes franceses para no tener problemas. ¡Glups!).

Por contrapartida, está aquello de que, al popularizarse, se “normaliza” (término que las más de las veces me pone los vellos de punta), permitiendo al gran público apreciar algo que hasta entonces le resultaba desconocido, y que por ello mismo, podía considerarlo como incorrecto, anormal o perverso. Desgraciadamente, lo que le llega al común de los mortales en esa “normalización” no es nunca lo original sino lo que se ha transformado del original en ese tránsito de la exclusividad a la popularidad… y en ese camino se suelen perder, desgraciadamente, muchas cosas, pues el producto original debe adaptarse a las exigencias (morales, estéticas, comerciales) del mercado global.

Con el “bondage” ha sucedido lo mismo; en apenas quince años, ha pasado de ser algo absolutamente desconocido incluso para personas bregadas en Occidente en el terreno de las eróticas más restringidas, a un término de uso más o menos común y que, a casi todos nos suena de algo. Hoy en día, casi todos hemos oído hablar de las prácticas mal llamadas “sadomasoquistas” y muchos saben que en el acrónimo que las suele categorizar, BDSM, la “B” pertenece al “Bondage”. En cuanto a qué tipo de acciones pueden esconderse detrás del “bondage”, también son muchos los que sabrían decir que es algo oriental relacionado con ataduras y con finalidad erótica.

 

El “bondage” es un arte en movimiento

La primera vez que asistí a una demostración de “bondage”, debía ser por el año 2002, y la sesión se produjo de manera enormemente restringida en una oscura mazmorra de una conocida “dómina” de Barcelona. La demostración la realizó otra “dómina” japonesa, de nombre “Amrita”, junto a un esclavo suyo que ella había traído para la ocasión desde Los Ángeles. Debo decir que desde que empezó la demostración de “bondage” hasta que concluyó, no fui capaz ni de tragar saliva.

Me resultó fascinante la manera en la que aquella menuda japonesa de apenas cincuenta kilos podía transformar y manejar el cuerpo de aquel mocetón que debía rondar los noventa kilos en canal. Hay personas que creen que lo bello de este conjunto de técnicas de inmovilización con cuerdas son los nudos, pero lo que verdaderamente sobrecoge, sin restar mérito a las simetrías, complejidades y plasticidades de los nudos en sí, es que son nudos aplicados sobre un cuerpo humano. Ambos, nudos y cuerpo deben adaptarse unos al otro, para conformar una unidad que los trasciende; la del cuerpo atado.

Y esta es la maravilla: los escorzos, torsiones y forzamientos a los que se somete. Se podría que decir que se “entrega”, el cuerpo, los niveles de confianza, seguridad y sumisión que adopta la mente y, naturalmente, las resultantes que, de esa uniones, surgen. Porque el “bondage”, pese a ser una técnica de inmovilización, es un arte en movimiento, dinámico, mucho más cercano a la danza que a una escultura.

Bastaba ver, por ejemplo, como esa japonesa chiquita podía levantar todo el peso del norteamericano a tres metros del suelo sin aparente esfuerzo y gracias a los amarres, cuerdas, poleas y al uso de técnicas de elevación y suspensión. Cuando la demostración concluyó, no pude más que cerrar la boca, tragar saliva, e intentar que me contara algo más de aquello.

 

¿De dónde viene el “bondage”?

Supe, por ejemplo y para empezar, que si a un japonés, le hablabas de “bondage” y salvo que se dedicara profesionalmente a ello, no sabría de qué le hablabas. “Bondage” es un término anglosajón que usamos en occidente, derivado del verbo “to bind” (atar o maniatar). En Japón, se emplea el término japonés “shibari” (o “nawa shibari”). Bajo ese término se engloba no solo la técnica sino el efecto, es decir, que nombra la serie de recursos para sujeción inmovilizadora total o parcial del cuerpo pero también el efecto estético y la belleza formal resultante del encordamiento del cuerpo inmovilizado.

Sin ese componente estético, no hay “shibari” sino simplemente “kimbaku” (algo así como hacer un “hatillo”; un paquete de cosas atadas). Su origen está en el “hojojutsu”; un conjunto de técnicas marciales de inmovilización que empleaban los clanes samuráis con el triple objetivo de impedir que el retenido huyera, de no lastimarlo de manera irreversible si intentaba zafarse y para diferenciar por los medios técnicos empleados el clan que había realizado esa inmovilización (las técnicas del “hojojutsu” de cada clan sólo eran conocidas por sus miembros).

También supe que el “shibari”, además de la finalidad más popularizada (la erótica), buscaba también la estimulación, el reequilibrio o la estabilización de determinados puntos energéticos según los principios del “shiatzu”. Y aprendí también que un maestro de “shibari” en Japón es poco menos que Dios padre y que es ingente el número de personas que sueñan con convertirse en su “dorei” (el individuo en el que probar su maestría) así como que se forman colas interminables para asistir a algunas de sus escasas demostraciones. También me dijo aquella joven que había hecho lo que había hecho, que ella era una simple aprendiz (de la humildad japonesa también tendríamos algo que aprender…).

Y me contó más cosas, muchas más sobre la historia y las técnicas que luego yo fui, modestamente, intentando conocer mejor y que quizá, otro día, nos dé para escribir un post con algunas recomendaciones sobre el cómo practicarlo. Ahora, sólo quería recuperar algunas cosas, muy poquitas, de esas que se han perdido u olvidado por el camino en esa dieta feroz de adelgazamiento que es “popularizar” algo.

Quizá sólo para que la próxima vez que atemos a nuestro amante con su corbata al cabezal de la cama, sepamos rendir honor y respeto por lo que hay detrás de ese gesto tan “chic” y tan de moda (ya otro día contaremos lo inapropiado y hasta peligroso que puede resultar una corbata para estos menesteres de la erótica de sujeción…).


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