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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Sexualidad y diversidad funcional

Si algo les cuesta a nuestras sociedades tan avanzadas, civilizadas, democráticas, tolerantes e igualitarias, es tratar con lo “distinto”. Los de aquí nos pasamos el día intentando diferenciarnos entre nosotros; que si me he comprado un pantalón “exclusivo”, que si voy a hacer un viaje “único” para pescar atunes en la ribera del Potomac, que si voy a asistir a una exposición de ese artista marginal, marginalísimo…

Pero, ¡ah, amigo!, cuando de verdad topamos con una diferencia, con una real “diversidad”, nos entra la risa o el pánico o las dos cosas a la vez, se nos encoge el brazo y preferimos que inventen otros. Y es que, por ejemplo, una cosa es lo guay que resulta bailar danzas africanas y comer cuscús en el día del orgullo africano, y otra muy distinta, cuando el africano (que no sólo baila y come), ejerce en nuestra cultura de africano y no de “asimilado”.

Cuando esa alteridad real, y no sólo de caracterización, no es de orden cultural sino funcional, nos sucede tres cuartos de lo mismo; nos dejamos las huellas dactilares poniendo “likes” a todo lo que huela a integración de la diversidad, pero cuando se da el caso, simplemente no sabemos ni qué hacer ni cómo hacerlo, porque nuestra sociedad, posiblemente como todos los colectivos, desprecia lo excepcional y aplaude lo cotidiano. Sin embargo, el fundamento y el rasgo diferenciador de nuestras sociedades son precisamente la gestión de lo “distinto”; alcanzar eso que venimos en llamar la igualdad de derecho y oportunidades desde la diferencia.

Por esa razón nos hemos llevado siglos luchando, por el hecho de que alguien que, por ser bajito o alto, riquito de cuna o pobre de solemnidad, católico o ateo, hombre o mujer o lo que sea, tenga acceso a los mismo derechos y a las mismas oportunidades desde su propia particularidad. Es decir, que no sea despreciado por no ser lo que la “normalidad” marca como “normalidad”. La base de sustentación de tan particular y digno propósito es, por tanto, la diferencia y el despliegue de las potencialidades propias desde esa diferencia y el que, ambas, la diferencia y el desarrollo del individuo diferenciado, puedan entrar en competencia y colaboración en las máximas condiciones de igualdad social posible.

 

La expresión “diversidad funcional”

La misma expresión “diversidad funcional” pretende eso; eliminar, de manera genérica, las connotaciones discriminatorias que otras categorizaciones puedan tener, para que, de partida, un individuo no sea despreciado por lo que, en principio, es sólo una manera distinta de ser humano. Pero se trata de no discriminar sin por ello negar la realidad de que una disfuncionalidad es, además de una “diversidad”, una cabronada.

No confundamos, en nombre de la corrección política, la semántica con la realidad, ni le quitemos un ápice de dramatismo a lo que supone vivir bajo esa circunstancia. A partir de ahí, la voluntad de que “lo dado” no condicione lo que “está por darse” en ninguno de nosotros, es una auténtica filigrana social merecedora del mayor de los aplausos y en la que nunca debemos desfallecer para que no sea sólo un propósito sino una efectiva realización colectiva. Pero aquí es donde empiezan los problemas.

 

Un ser humano, por muy distinto que sea, tiene como ámbito primordial de desarrollo su sexualidad

Un individuo de la especie humana por muy diverso, extraño o distinto que sea y opere, tiene como ámbito primordial de desarrollo su sexualidad. Así de claro. De poco sirve adaptar el transporte público a las exigencias equitativas de diversidades funcionales si no adaptamos nuestro modelo normativo sexual a esas mismas exigencias. Y eso no pasa por el paternalismo, por el trato infantilizado, por una compasión procedimental, por el desprecio de sus “ocurrentes” deseos, por el tutelaje moral o, en definitiva, por la más o menos ingeniosa negación de esta circunstancia.

Pasa por la educación sexual en la diferencia (que todos entendamos, de una vez, qué es “eso del sexo” que tanto nos alarma y sonroja) y pasa por que, desde allí, modifiquemos lo que entendemos e imponemos como “normal” en el sexo. A ver si de una vez comprendemos que, si en un ascensor no cabe una persona, lo que hay que modificar es el ascensor y no la persona. Y luchar. Luchar contra nuestra supina ignorancia sobre lo que es el sexo y sobre quienes la promueven, luchar contra nuestra mojigatería moral que teme más a un afecto que a un AK-47, y luchar contra el puritanismo, venga de derecha o de izquierda, que en nombre de lo inmaculado nos ducha a diario con lejía de garrafón.

La “diversidad funcional” en sus infinitas variaciones dadas o sobrevenidas no anula al sujeto sexuado ni el consecuente proceso dinámico de su sexualidad. Esto es importante, porque creer que los anula no es despreciar su condición sexual sino su condición de humano… y eso, no sólo echa por tierra al sujeto sino a todos nosotros. ¡Ah!, y si la próxima vez, en lugar de un “like”, podemos además, y por ejemplo, comprender, normalizar y potenciar de una vez la asistencia sexual, mejor que mejor.


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