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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El uso de los lubricantes íntimos

Parece ser que con la adopción del cristianismo como religión oficial (y más tarde, única) del Imperio Romano por parte de Constantino I con el soporte legitimador del Edicto de Milán, muchas cosas cambiaron. Algunas muy complejas y determinantes hasta nuestros días, otras más sencillas pero que igualmente perduran.

Entre estas últimas está el que el término “lubricus” pasó de designar exclusivamente a aquello inestable, deslizante y resbaladizo a significar también lo que le es propio a lo lascivo y lujurioso. Y es que, ya se sabe, todos los grandes cambios en la humanidad siempre implican un cambio en el lenguaje, en la semántica de las palabras que manejamos para comprender el mundo y para cambiarlo.

La asociación que convierte a “lubricus” en algo libidinal asociado a nuestra condición de seres sexuados, y por tanto, digno de ser considerado en aquel momento como problema social y sancionable moralmente vía pecado, es algo tan sencillo como que las serpientes tienden a deslizarse de manera untuosa, a meterse por cualquier agujero y una de ellas fue empleada por el mismísimo diablo para hacer pecar a los pobrecillos Adán y Eva. A veces, para condenar algo, tampoco nos complicamos mucho la vida en buscar motivos.

 

¿Lubricantes o lubrificantes?

Sea como fuera, hoy en día, hablar de algo lúbrico es mentar esas dos condiciones; la de resbaladizo o la de hacer algo resbaladizo pero también la propensión a los menesteres propios de nuestros lujuriosos deseos carnales (no me refiero a ponerse hasta arriba en un Mc Donald’s, no).

Por cierto, a la sustancia que procura estas cuestiones, se le llama en nuestro idioma “lubricantes” pero también “lubrificantes”, sin que servidora haya podido encontrar diferencia alguna en el uso más correcto entre un término u otro, pues ambos lubrican, si bien se ha establecido el uso común de lubricantes para las sustancias que vamos a tratar, y lubrificantes para la cosa de los motores.

 

Los lubricantes más recomendables

Los llamados “lubricantes íntimos” tienen una función evidente; el evitar la fricción y el rozamiento y, con ello, facilitar el deslizamiento en aquellas situaciones derivadas de una interacción sexual en las que, o bien no hay lubricación natural (por ejemplo, en casos de dificultad orgánica o en áreas como el recto donde no hay dicha lubricación) o bien cuando la hay pero se desea una lubricación complementaria.

Un lubricante universal es la saliva, muy operativo, por cierto, pero que se suele revelar como insuficiente en los primeros casos que mencionábamos, especialmente en la mujer, por problemas en su capacidad natural de lubricación bien se ocasionen por dificultades en la excitación, procesos hormonales alterados en el climaterio o por traumatismos derivados de tratamientos diversos (desde la quimio o radioterapia a diversos fármacos).

En estos casos y en todos los que apetezcan, se pueden usar lubricantes íntimos que actualmente se elaboran con dos bases primordiales; los derivados de hidrocarburos (aceites minerales como la vaselina) o los acuosos. Los primeros son cada día menos recomendables fundamentalmente porque deterioran el látex (principal componentes de los preservativos) además de tener otras contraindicaciones como que manchan y no se disuelven en las mucosas genitales.

Los segundos, los de base acuosa, son sin duda los que mayores ventajas tienen, porque no deterioran los preservativos, tienen un gran poder de lubricación, no manchan y se absorben por los tejidos orgánicos sin ninguna contraindicación. Dentro de estos últimos, hay unos que no se presentan de forma líquida sino en polvo, mucho menos extendidos comercialmente, pero que suelen emplearse en obstetricia para facilitar, por ejemplo el parto, pero también para cuestiones tan diversas como prácticas eróticas extremas o para la lucha libre. Dentro de los de base acuosa y presentación líquida (con diferencia, los más extendidos y usuales), hay infinidad de marcas comerciales y presentaciones que suelen ser todas, en mayor o menor medida, eficaces.

A mí, personalmente, y entre los que he probado, me gusta y me resulta convincente el que comercializa la marca Lelo, pero, como digo, todos suelen ser eficaces a poco que se adquieran con las convenientes garantías sanitarias. En la infinita “creatividad” de la industria, hoy en día también se comercializan lubricantes de base acuosa con sabores y otros que provocan sensaciones de calor y frío.

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Ninguna de estas dos variantes me resultan atractivas; cuando tratas con genitales, me interesa más el sabor de esos genitales que el del maracuyá y con los que alteran la sensación térmica de las zonas donde se colocan, me he llevado algún susto (algún amante masculino ha tenido que acabar en la ducha intentando, frenéticamente, refrescarse lo que le cuelga como si se hubiera untado por ahí un jalapeño).

Pero en cualquier caso, son preferencias propias que, en ningún caso, impiden el probar esos “inventos”. En lo que sí me mostraría firme, como vengo anotando, es elegir siempre un lubricante con base acuosa de una firma comercial de garantía y en usarlo siempre que apetezca, pues es un magnífico complemento lúdico o terapéutico.

Deslizarse con la facilidad de un avezado surfista o de una hambrienta pitón requiere de talento y de una sustentación líquida. Lo avezado y el hambre lo tienen que poner los agentes activos, pero para lo del fluido, podemos contar con la apreciada ayuda de los lubricantes íntimos. Y es que quien no desliza lúbricamente, hoy en día, es porque no le apetece aprender etimología…


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