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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Puede un hombre fingir un orgasmo?

Cuando Andrés empezó a exponerme su caso, lo primero que pensé es que encajaría en un cuadro de eyaculación retardada, retrógrada o uno de aneyaculación. Pero al poco que prosiguió su relato, vi que no se trataba de nada de eso. Andrés no tenía ningún problema con su orgasmo, era sólo que, en ocasiones, fingía. Que, simplemente, se sentía obligado, digamos “moralmente”, a fingir tener un orgasmo durante el sexo.

Su respuesta sexual era perfectamente normal; deseaba, se excitaba y su pene adquiría una erección, incrementaba esa excitación en la fase de meseta, y con posterioridad, alcanzaba un orgasmo, pero en ocasiones se distraía, se dispersaba y perdía un poco de pie en esa fase de meseta sin que por ello sucediera de manera drástica (empezaba a pensar de qué color pintar el techo) y, normalmente, antes de que la erección descendiera irremediablemente, prefería simular que alcanzaba el orgasmo para que, así, se pudiera dar por concluida la interacción sexual y hacerlo de manera emocionalmente satisfactoria a ojos su pareja.

Y esto le pasaba puntualmente y actuaba así con parejas más o menos estables, pero también con otras esporádicas.  El motivo de su consulta era la consabida inquietud por la “normalidad” o no de su acto… Y sí, era perfectamente normal y mucho más usual de lo que, nosotras las mujeres, creemos.

 

¿Alguna de nuestras lectoras no ha sido una “piadosa fingidora”?

Retomemos la escena; dos personas se acuestan juntas porque se desean, se van poniendo calentitas y acaban alcanzando el orgasmo de manera progresiva. Pero, una de ellas miente, finge, simula haber tenido el orgasmo cuando en realidad no lo ha tenido. ¿Es esa una situación de verdad totalmente extraña para todas y cada una de las mujeres que están leyendo esto?

Seré un poco más mala; ¿hay alguna de nuestras lectoras que no haya sido, en alguna ocasión, a lo largo de toda su existencia, una piadosa “fingidora”? Puede que haya alguna, pero si repasa su sexualidad en pareja desde los tiernos inicios hasta el momento en que lee estas líneas, casi me aventuraría a decir, como apuntaba Coll, que se pueden contar con los dedos de una oreja. De la situación precedente, lo único que se antoja verdaderamente extraño no es que alguien caritativamente finja un orgasmo, es que quien simule el haberlo tenido sea él y no ella. ¿Por qué?

 

Valoraciones erróneas

Se me dirá lo usual; el hombre no puede simular porque, cuando tiene un orgasmo, eyacula y tiene signos evidentes de excitación (la erección), mientras que nosotras, no necesariamente ni lo uno ni lo otro. Alguna otra apuntará que los hombres siempre tienen o bien un orgasmo o bien un gatillazo.

Alguien más podrá apuntar que los hombres, cuando se “encienden”, van a por lo que van y que tardan más o menos, pero salvo dificultad erótica como las arriba enunciadas (eyaculación retardada, retrógrada o aneyaculación), acaban indefectiblemente eyaculando. Pues bien, en mayor o menor medida, todas esas valoraciones son erróneas y fruto de un afán por establecer una diferenciación entre los sexos que, en la realidad, no se presenta tan definida.

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¿Cómo finge un hombre?

Los hombres, al igual que nosotras, porque tienen la misma respuesta sexual tan solo diferenciable en la contundencia del periodo refractario (el que se produce tras el orgasmo), pueden perfectamente encontrarse en esa tesitura de estar follando, empezar a pensar de qué color van a pintar el techo y simular un orgasmo para concluir lo que, para ellos, ha empezado a ser más una jodienda que otra cosa. Perfecto, pero ¿cómo diantres puede fingir un hombre un orgasmo?

Pues, también como nosotras; con habilidad, buenas dosis teatreras y algún que otro truquito. Entre éstos, Andrés solía emplear los mismos que he oído contar a otros hombres; la base del truco de magia (el sombrero de donde sale la paloma) es el preservativo, y la maniobra de distracción (lo que capta momentáneamente la atención del público para que no vea la manipulación del mago) es la penetración vaginal o anal.

Así, cuando Andrés  había decidido que era el momento de apelar a los dioses del teatro, pasaba de lo que estuviera haciendo al coito. Ahí, y por la posición en la que tenemos nuestra vagina o el ano, no vemos lo que pasa con el preservativo (y esto es válido para buenazos como Andrés y para otros muchos más hijos de perra, tenedlo en cuenta). Después del alarido y de algunos simulados movimientos espasmódicos, el buen hombre retira inmediatamente el preservativo con la conveniente reserva y se deshace discretamente de él… vacío, naturalmente.

Pero, ¿y si nuestro amante no lleva “sombrero”?, entiéndase preservativo, porque, por ejemplo, es nuestra pareja estable. Andrés usaba un nuevo truco que tampoco era exclusivo de él y no requería de mucha parafernalia y además se podía emplear en cualquier circunstancia del encuentro (de la felación al coito pasando por la masturbación); manifestaba haber  aprendido técnicas (algo que puede ser perfectamente cierto y real) que le permitían obtener un extraordinario, por placentero, y prolongado orgasmo prostático (un “orgasmo seco”)… Y vete tú a medirle las ondas alfa cerebrales para negar la mayor.

Con estas líneas, no pretendo recalcar que se nos puede engañar (como lo podamos hacer nosotras con ellos), sino contribuir a equiparar sexualmente y afectivamente, desde la diferencia y la alteridad, a hombres y mujeres… Y es que en esto de mentir “piadosamente” para evitar momentáneamente un mal mayor también nos parecemos fáctica y moralmente, mujeres y hombres. Quede dicho, pues eso tan traído de la “igualdad” también pasa por estos lúbricos y engañosos lares.  


Además…

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