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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Tu primer juguete sexual: ¿cómo elegirlo?

Las primeras estimulaciones eróticas que realiza una mujer sobre su propio cuerpo se producen a una edad que, para muchos que no acaban de entender eso del hecho sexual humano, podría resultar sorprendentemente temprana y tienen en gran medida la involuntariedad como detonante principal. En un principio, y parafraseando a Picasso, “no se busca, se encuentra”.

Esa situación de serendipia que supone que cuando uno pretende algo, consigue otra cosa muy distinta pero que le satisface enormemente más, es la que suele desencadenar el descubrimiento de nuestro propio estar sexual en el mundo y procura que lo que fue “involuntariedad” devenga “intencionalidad”. En los primeros momentos en los que se establece en nosotras la intencionalidad de conseguir algo concreto, sobre una zona más o menos difusa, y con fines todavía no del todo claros, solemos descubrir que el dedo corazón sirve para algo más que hacerle una peineta al orden moral que pretende coaccionarnos en esa trascendental búsqueda.

La autoexploración es, por tanto, el principio del principio, lo que nos permite averiguar que hay antes de siquiera pensar en entregar lo que ni siquiera sabemos que hay. Esa exploración de una misma es capital en la conformación de su sexualidad y es un proceso frágil y fascinante, especialmente en nosotras las mujeres que tenemos un organismo del placer enormemente sofisticado y complejo al que tampoco le ayuda la legendaria represión que sobre él se efectúa.

Cuando, en esas iniciales fases de, la intencionalidad ya pide más porque tiene más dibujado el mapa de deseos, lugares y objetivos, es cuando solemos abrirnos hacia el exterior, no necesariamente en busca de alguien, que también, sino de algo que nos complemente y maximice el resultado de nuestras intenciones. Es, entonces, cuando solemos adquirir nuestro primer estimulador genital.

Un momento que no depende necesariamente de la edad que tengamos, de si tenemos más o menos experiencia en el trato erótico con el “otro” o la “otra”, sino de esa primera voluntad firme en la autoexploración. Cuando el primer juguete erótico se introduce en nuestro deseo, ya solemos tener alguna cosa clara con referencia al lugar y a la actitud.

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El primer juguete sexual: un estimulador de clítoris discreto y bello

Las expectativas, por tanto, de nuestro primer estimulador, suelen apoyarse en que nos permita incrementar las sensaciones placenteras que hemos venido experimentando y que lo haga como lo venimos experimentando sin cambios bruscos de procedimientos (con lo que la vibración suele ser la opción predilecta), que lo haga sobre ese primer “lugar” que, no sin dificultad hemos descubierto en nuestra anatomía (el clítoris), y que se comporte con eficacia sobre él, sin que por ello nos resulte aparatoso o desmedido.

Un dispositivo demasiado aparatoso no suele congeniar con nuestra primera elección, del mismo modo que tampoco suelen serlo los dispositivos diseñados para estimular otras áreas de goce (como el punto G) o incluso los que tienen prioritariamente la penetración como finalidad (la familia de los “dildos” en general). Así, el resultado de nuestra primera elección suele ser un estimulador de clítoris asequible, eficaz pero discreto y estéticamente bello y elegante… Algo que saben de sobras los fabricantes y distribuidores de estos mecanismos complementarios de gozo y que hace que le dediquen a los estimuladores así catalogados una especial atención.

No hay mejor forma de fidelizar a una clienta que ofrecerle el mejor servicio la primera vez que solicita su atención. Así que de esos aparatitos, hay muchos y muy buenos en el mercado del sexo lúdico.

 

Una extraordinaria ayuda “terapéutica” pues permite hacer las paces con el propio cuerpo

En cualquier caso, esta circunstancia “tipo” y este modelo “tipo” que aquí se enuncian no deben, de ninguna manera, condicionar lo radical de lo que supone para una mujer profundizar en el conocimiento afectivo de una misma y en lo fundamental que esa propia experimentación le aporta de valor al permitirle el despliegue de su condición sexuada.

El carácter aséptico (no implica lo farragoso de tratar con alguien) y descomprometido (se “desconecta” sin mayores preocupaciones y no nos somete a mayores exigencias), hace de estas gozosas maquinitas un recomendable aliado en esas tareas. Tareas, estas de la exploración y juicio de nosotras mismas, que no debemos descuidar en ningún momento de nuestras existencias seamos ingenuas primerizas o curtidas veteranas de guerra.

En el plano terapéutico, los aparatos de estimulación genital, y en especial esa primera aproximación a ellos por parte de una paciente, son una extraordinaria ayuda para el terapeuta, pues nos permiten seguirla, orientarla y acompañarla en el necesario proceso de entablar conversación con su cuerpo y, en muchas de las ocasiones, hacer las paces con él. Y es que nada hay mejor que conversar con una misma y practicar el amor propio para poder, después, entrar en eso del erótico diálogo con los demás.


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