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Pequeña historia de un gran órgano: el clítoris

Lo máximo de la ignorancia no es no saber de algo, sino no tener ningún interés por saber algo. Cuando esa falta absoluta de interés se produce sobre algo evidente,  que está a la mano y que nos afecta a todos, ya no es un asunto de conocimiento sino que deviene un asunto ideológico; la represión del conocimiento no deriva del desinterés o de la incapacidad sino del dictado ideológico de ocultar ese tema. Es entonces cuando la ignorancia se convierte en un arma de manipulación, control y dominio de las masas.

El caso del clítoris, la absoluta ignorancia que, durante siglos, le ha rodeado y el escandaloso atraso que todavía, hoy en día, seguimos teniendo sobre él con relación a otros aspectos de nuestra anatomía, es un ejemplo paradigmático de la ideológica voluntad de controlarnos a través de una ocultación.

¿La causas de eso? Básicamente dos; el clítoris, a diferencia por ejemplo del corazón, es un órgano exclusivo de las mujeres y el clítoris es el único órgano de la anatomía humana única y exclusivamente diseñado para el placer. Y placer y mujer han sido, de antiguo, los grandes tapados de la inmensa mayoría de culturas y formas de civilización (incluida, claro está, la nuestra).

Los antiguos griegos sabían tratar el clítoris mucho mejor que nosotros

El nombre “clítoris” deriva del griego “kleitorís”, lo cual ya indica que tenemos la seguridad de que los primeros que se preguntaron algo sobre él, fue la antigua cultura helena. Lo que no tenemos claro aún, por más vueltas que le hayan dado los lingüistas, es en si su origen etimológico procedería del término que designa una colina o montículo o si se referiría al que hace referencia a llave o cerradura. Pero en cuestiones lingüísticas, los griegos tenían algo más de lo que tenemos ahora: tenían un término específico para designar su estimulación con vistas a procurar placer; “kleitoriázein”.

Nosotros ahora, cuando nos referimos a esa acción, seguimos hablando en genérico de “masturbación” que es una designación dependiente del término latino “manu” (“mano”), algo que encaja mucho más con la estimulación masculina del pene que con la del clítoris. Y eso, por sí mismo, ya parece indicar que ellos, además de preocuparse, sabían “tratarlo” mucho mejor. Ese particular término lo conocemos por Rufo de Éfeso (un médico y anatomista griego del siglo I d. C), ferviente admirador de Hipócrates (siglo IV a.C.), auténtico “padre” de la medicina como más o menos la entendemos ahora. Hipócrates, que ya estudió el clítoris y que creyó ver una relación entre su estimulación y los procesos que desencadenan la fertilidad femenina (lo de concebirlo como un elemento sólo propiciatorio del placer era un hueso demasiado duro de roer hasta para alguien tan brillante como él).

La “desaparición” y “reaparición” del clítoris: la pequeña historia

Pues bien, desde el silenciado Rufus hasta el siglo XVI (1.500 años después), no vuelve la humanidad (al menos en nuestra cultura, pues el estudioso Avicena, en la tradición musulmana, todavía lo menta en alguna ocasión a finales de la Alta Edad Media) a mencionar ni una sola vez el clítoris. Ni a mirarlo ni siquiera de reojo, ni a usar su nombre siquiera en vano o entre risas.

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Su nombre, sus funciones, su anatomía fueron borrados de la faz de la tierra. Al clítoris, “ni tocarlo”. La ideología, la cristiana en este caso, lo extirpó conceptualmente de la condición humana imponiendo la santa “omertá” sobre él… y mil quinientos años de oscuridad y de retraso acumulado se abatieron sobre él.

En 1559, ya entrado el Renacimiento, un anatomista de Padua, Mateo Realdo Colombo, fijó su atención en tan particular órgano, más o menos a la vez que lo hiciera un discípulo suyo, Gabriel Falopio (el descubridor de las “trompas de Falopio” que conectan el útero con los ovarios). Y la primera disputa fue por otorgarse el descubrimiento. Y menos mal que en esa disputa interviniera con posterioridad el sueco Caspar Bartholin, apodado “el viejo”, para recordarles a ambos que aquello ya estaba descubierto, porque si no, hoy, al clítoris lo llamaríamos el “colombus” o el “punto de Falopio” o lo que es peor, el original nombre que le puso Mateo Realdo Colombo; “el placer de Venus” (y mucho “cachondeito” iba a formarse al pedirle a un amante, en el fragor de la batalla, que te acaricie eso…).

Pero ahí se queda el clítoris, varios cientos de años más, como una caprichosa y minúscula protuberancia en la intersección superior de los labios menores y con una forma sospechosamente parecida a un minúsculo pene… lo que da pie a ser considerado como una especie de “falito” poco o mal desarrollado y, por tanto, a considerar a la genitalidad femenina y, por extensión, a la mujer como una especie de “varón truncado”, un prototipo de hombre no acabado de resolver.

Un año clave para el clítoris: 1998

Y en esa hemos vivido gran parte de nuestra existencia la práctica totalidad de las mujeres (y hombres) que hoy poblamos el planeta, pues no fue hasta 1998 (déjenme que lo recalque; ¡1998!) que una investigadora, la doctora Helen E. O’Connell, decide meterle de verdad mano al asunto y descubrir su verdadera, única y particularísima anatomía que se extiende por toda la pared vaginal con una morfología piramidal de, puestos ya a comparar, tamaño similar o mayor al del pene, y del que sólo aflora una mínima parte visible.

Los resultados de su estudio se publicaron en 2005. Déjenme que lo recalque; ¡2005!, cuando ya habíamos clonado a la oveja Dolly (y ya llevaba ésta dos años muerta), cuando ya existía la Nintendo DS o Tesla ya lleva comercializando tres años su modelo eléctrico S o ya se comercializaba desde hacía años el Ipad y cuando ya llevamos trabajando cinco años sobre células madres, vamos y nos enteramos por primera vez de qué es eso del clítoris.

Y es que, todavía más fascinante que saber lo que son las cosas, resulta el preguntarse por qué hay algunas cosas que todavía no sabemos por qué no nos las han dejado saber. Si lo primero habla de conocimiento, lo segundo habla de algo todavía más importante, de la ideología que gobierna ese conocimiento. Marte, el planeta rojo, ha recibido más interés por parte de la humanidad que la anatomía sexual propia de una mujer. ¿Por qué? Esa es todavía una pregunta vigente… Porque de las mujeres y nuestra sexualidad, nos queda todavía un mundo por descubrir.


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