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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La disfunción eréctil

Reproduce Pascal Quignard un fragmento de la obra de Ovidio, “Amores”, en el que un romano tiene que enfrentarse al horror de que su miembro viril no responda en el momento en que más lo necesita. El relato está precedido de un epigrama de Marcial que enuncia algo que anticipaba lo que, para un romano, podía significar aquello; “Carior est ipsa mentula” (“Mi pene es más precioso que mi vida”) y que expone, a las claras, cómo la masculinidad reposaba en el pene y, por consecuencia, el modelo normativo de nuestra sexualidad se construía en relación a él.

Ovidio relata los tormentos de la inoportuna “languidez” (“languidus”: flaco y sin fuerzas), la sofocante angustia del permanecer “inerte” por más que él quería y la joven se esforzaba. El espanto de un miembro “como frotado con cicuta helada” que le convertía a su portador en algo “a medio camino entre un cuerpo de hombre y una sombra de los infiernos”. La llegada de la “impotentia” (la “impotencia”), que se designa también como lo que le vuelve “impatiens” (“impaciente”), desemboca en el más deshonroso final que pueda darse una interacción sexual, tanto para él como para ella. “Y para disimular que estaba intacta de mi semen, fingió lavarse los muslos”, concluye. Tremendo. ¡Ah! Si el protagonista de Ovidio hubiera tenido la pastillita azul, toda la pesadilla se habría disipado como un azucarillo… ¿o quizá no?

La disfunción eréctil: una cuestión de miedo

El término “impotencia” ha caído recientemente en desuso. Y es una suerte. Hoy en día, sabemos que, aunque el miembro no se yerga, eso no hace del varón algo que “no tiene la cualidad de poder”. El gozo mutuo, aunque el modelo sigue siendo “coitocéntrico” y, por lo tanto, dependiente de que la “mentula” (el pene) devenga “fascinus” (falo, pene en erección), no es exclusivamente subsidiario de que se produzcan penetraciones.

Un hombre puede hacer gozar a una mujer sin necesidad del estilete y él mismo puede gozar, eyacular y hasta engendrar sin necesidad de esa particular tumescencia. Hoy, a la “impotencia”, la llamamos “disfunción eréctil”, una dificultad sexual común que atiende a diversos factores. Por ejemplo, el horror que sentía el protagonista del relato de Ovidio, a que aquello pudiera darse, es decir el miedo anticipativo al fracaso.

Un miedo que se amortiguaría o se eliminaría si la exigencia de rendimiento coital no existiera. La “disfunción eréctil” es muchas veces nada más que el resultado del previo espanto ante la “disfunción eréctil”. También le afectan, lógicamente, cuestiones que tienen que ver con el deseo o la excitación, pero eso, contrariamente a lo que muchas personas, especialmente las mujeres, podamos creer, es la menor de las causas; la erección es un proceso fundamentalmente mecánico que se puede adquirir aun en el caso de falta de excitación por parte del varón y, por lo tanto, aunque ésta se diera, el simple hecho de que el varón enfoque su mente hacia algo excitante o incluso la simple aplicación de algo de calor sobre el miembro (por ejemplo con la felación), ya consigue el efecto deseado.

También puede ocasionarla causas orgánicas de más profunda inserción (como la diabetes, el uso de ciertos fármacos o problemas coronarios), pero estas causas siempre representan un mínimo porcentaje en los casos que se presentan. Así, el que el “estandarte” no desafíe a los cielos, suele ser siempre un asunto de miedo. Miedo a que suceda, miedo a no rendir como se espera, miedo a la concepción, miedo al estrés de la vida diaria… miedo, en cualquier caso.

Lo que ha conseguido la farmacología (y lo que no…)

La farmacología moderna, que no conoció a Ovidio, por más que las pócimas, ungüentos, remedios, invocaciones y sortilegios eran múltiples en la época, descubrió, como casi siempre de casualidad, que los inhibidores de la fosfodiesterasta tipo 5 conocidos como los IPDE5 y que se comercializan en base a los principios activos de sildenafilo (de nombre comercial “Viagra”), el tadalafilo (“Cialis”) y el vardenafilo (“Levitra”), permitían en la práctica totalidad de los casos provocar el efecto mecánico de la erección.

Y se mostraron especialmente útiles, salvo en que no quitaban el miedo (con lo que la “operatividad” deviene en el usuario siempre dependiente del uso del fármaco), ni tampoco permitían que emergiera el deseo (el sentido que pudiera justificar el interactuar sexualmente en ese momento) si éste no existía. La farmacología proporcionaba un “pico”, pero no eliminaba el miedo inherente a que no apareciera de manera natural el pico ni tampoco el “sentido” de utilizar en ese momento un pico. Y los humanos (varones y hembras) necesitamos ambas cosas; instrumentos útiles, pero también el sentido para emplear esas utilidades.

Perder el miedo y encontrar sentido

Militat omnis amans” (“Cada amante es un soldado”), proclamaba Ovidio en la misma obra… Y si bien es necesario el procurar que el arma no se encasquille, más trascendente es saber perderle el miedo a la lujuriosa batalla y el saber por qué se entrega uno a esa guerra (y por qué está dispuesto a alcanzar la muerte, la “pequeña muerte” del orgasmo, en ella). Rara vez, cuando lo segundo se consigue, la espada no se desenvaina.


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