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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

A participant wears a mask during a  gay, lesbian, bisexual and transgender parade in Mumbai, India, Saturday, Jan. 28, 2012. Hundreds of people gathered for the march. (AP Photo/Rajanish Kakade)

La bisexualidad

“Bisexualidad” es un término que, en sexología, no tiene ya mucho sentido. Lo cual no significa que no se contemplen, desde este ámbito sexológico, las particularidades de lo que la mayoría de las personas entienden por eso de “bisexualidad” (ni, por supuesto, que se niegue o que se maximice). Y no tiene mucho sentido porque atendiendo a las semánticas de los componentes del término, la “bisexualidad” haría referencia a la circunstancia de dos sexos que se particularizan en ellos mismos y en que las personas “participamos” en los procesos propios de nuestra sexualidad de los dos sexos, circunstancias básicas que se encuentra mucho mejor reflejada epistemológicamente (es decir, para conocer el asunto) en otros términos.

Dimorfismo” es un primer término que designaba la falta de codependencia de los sexos en su particular formación pero también su autonomía y diferenciación; hasta el siglo XVII, se creía que ser mujer era ser algo dependiente de lo masculino, un “no llegar a ser masculino” o un simple derivado menor de él, con lo que la introducción ilustrada del término “dimorfismo” señala que las caracterizaciones masculino/femenino no son dependientes entre sí (aunque sí participadas, como veremos), lo cual supone un gran avance conceptual frente a esas antiguas y morales concepciones.

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Hacia finales del siglo XIX, se introduce para  puntualizar y matizar el de “dimorfismo”, el término “bisexualidad” que implicaba novedosamente que esa diferenciación dimórfica no representa dos construcciones opuestas sino que son codependientes, es decir, que en mayor o menor medida, cada sexo tiene algo del otro. Es ya a finales del siglo XX que “bisexualidad” cae en desuso en el ámbito sexológico, frente a  “intersexualidad”, que explica en esa línea que mujeres y hombres no somos “puros” en cuanto hombre o mujer sino que tenemos caracteres de ambos sexos que se interrelacionan entre sí en los procesos de sexualidad, sexuación, erótica y amatoria.

La “intersexualidad” incluye en sí misma un concepto más elaborado, más útil y más explícito de nuestro hecho sexual humano como es el de “continuo de los sexos”. Como vemos, no hemos hablado en ningún momento (salvo al final, cuando hablamos de erótica y de amatoria) de lo que la mayoría de las personas entienden por “bisexualidad”; el mantener de manera no preferencial interacciones sexuales con personas del mismo sexo o del contrario (y es que eso en sí mismo no significaría “bisexualidad”). Así, mientras que en sexología el término “bisexualidad” designó en algún momento el que una mujer tiene siempre en mayor o menor medida algo de hombre y viceversa y hoy, ese término ha caído en desuso, en “la calle” se entiende por “bisexualidad” la inclinación, preferencia u orientación que ciertas personas tiene por desear, fantasear o “acostarse“ indistintamente con personas del mismo sexo o del contrario.

Es decir, designar con “bisexualidad” a la característica de una persona que puede mostrarse como “homosexual” u “heterosexual”, según la circunstancia. Y eso sucede porque la mayoría de las personas sigue creyendo que el sexo se limita a la interacción sexual (que sería algo así como creer que existir como humano equivale a hacer “running” o natación de vez en cuanto).

Las confusiones que genera el término “bisexual”

Sea como fuera, la realidad es que se ha conformado socialmente un colectivo, una categoría, de sujetos bajo ese confuso y en su significación nada trascendente término de “bisexual”. Y lo que es peor; se ha creado con el único fin de problematizarlo, de hacer del sujeto así catalogado un elemento inquietante por lo ambiguo de su comportamiento y de sus deseos… un elemento, en definitiva, pésimamente comprendido.

A partir de esa confusa catalogación surgen, cómo no, ideas irreconciliables tendentes a decir que lo propio de nuestra humana condición sexuada es la “bisexualidad” y las que sostienen que las fronteras de las orientaciones sexuales son rígidas y nos vienen dadas y que, por tanto, ser “bisexual” sería poco más o menos que una manifestación de una libido incontrolable que “flaquea” en lo que “verdaderamente es” y quiere pescar en el mar y cazar en la tierra…

Y ambas concepciones se van alternando y condicionando a los sujetos de manera que, perpetuamente, parece que el ser “bisexual” sea una moda o capricho pasajero (una especie de “transgresión chic”) en nuestras inclinaciones eróticas, en función de la libertad sexual que concedan los tiempos. Y eso afecta, desconcierta, culpabiliza y problematiza a los sujetos que no discriminan el amor por las personas en sí en función de su sexo más reconocible (del tipo de genitales que tengan, por ejemplo). En una concepción y en un modelo sexual binario donde uno debe afiliarse a lo “hetero” o a lo “homo”, un “bisexual” es un traidor a todas las causas.

Las mujeres tendemos a no encasillarnos tanto

Lo estrictamente cierto es que, a lo largo de una existencia sexual “ordinaria”, es minoritario el número de personas que ha actuado siempre en sus interacciones, deseos o fantasías de forma puramente “heterosexual” u “homosexual”, aunque la mayoría de su existencia se haya identificado plenamente como “hetero” u “homo” (algo que ya intuyó el mismísimo Freud y demostró estadísticamente el sexólogo Kinsey o, más recientemente, Elisabeth Badinter).

También parece, estadísticamente, que las mujeres tendemos algo más a no encasillarnos en esas dos posiciones abriendo con más facilidad la puerta a eso llamado “bisexualidad” y que ello se deba, posiblemente, a una más compleja gestión de los sentimientos y a una menor presión cultural en la que se asocie lo femenino con la heterosexualidad que lo masculino. Con lo que la pregunta es el por qué un comportamiento humano estadísticamente frecuente y sin mayores trascendencias es problematizado y marginalizado. Y la respuesta es que posiblemente también (y especialmente) esté en el hecho sexual humano el establecer categorías antagónicas más que discutibles (porque sólo sabemos pensar en pares de contraposiciones), con lo que la ambigüedad y la indefinición (la no “afiliación” abnegada a una u otra categoría) se nos presentan como los mayores desafíos de nuestro entendimiento.

¿La solución? Un mayor entendimiento en base a la educación sexual del hecho sexual humano que resignifique esas categorías, exija afiliaciones menos inamovibles y que nos permita a todos entender que lo de “al pan, pan y al vino, vino” no significa que no podamos tomar pan con el vino sin inquietarnos como perros en un día de tormenta.


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