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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué es el “pegging”?

Una de las cuestiones interesantes que tiene esto de interactuar sexualmente entre nosotros es que se pueden transgredir elementos que, fuera de estos concretos encuentros eróticos, resultaría impensables ni siquiera el ponerlos en cuestión. Especialmente en lo que se refiere a la personalidad que cada uno de nosotros mostramos o asumimos en sociedad (nuestra imagen, la máscara, el “traje” que nos ponemos en lo público), así como el consecuente rol y las funciones que desempeñamos o asumimos en lo colectivo; que si ejecutiva o secretaria, que si maestra o alumna, que si santa o puta.

Estos roles y estas identidades condicionadas por la exposición a lo público, en la intimidad del sexo pueden perder sentido. No es condición a priori del sexo el que se pierdan pero facilita nuestra entrega erótica esa transgresión de las convenciones. Un poco como pasa en carnaval, donde el orden social se trastoca, queda en suspensión y se cuestiona pero no se anula (no sería un carnaval sino una revolución), sólo se interrumpe momentáneamente. En ese estado consentido extático, como pasa en el sexo, el pobre deviene un rico, el bandido un agente del orden, el hombre una mujer y el piadoso un sátiro. La diferencia es que, si en carnaval impostamos una identidad y un rol, en el sexo, a veces, los impostamos pero en otras ocasiones, simplemente mostramos los más cercanos a lo que verdaderamente somos…. Y eso hace que mantener relaciones sexuales con alguien pueda resultar apasionante.

El “pegging”: una práctica erótica que produce cierto recelo por razones fundamentalmente culturales

El “pegging” es una de esas traslaciones habituales de roles. En concreto, de uno de los roles que, en una pareja heterosexual, se asume como convenido e incuestionable; él penetra y ella recibe. Con el “pegging”, el mundo se trastoca; ella da y el encaja. Como práctica erótica, se trata de una variante de la sodomía, en la que la mujer se ayuda de un arnés (consistente en un dildo sujetable con correas) para poder penetrar analmente a su pareja masculina. Algo que parece no encerrar muchos misterios pero que, precisamente por tenerlos, comporta el plus de satisfacción que da el pasarse las convenciones por allí por donde entre el dildo. Y es que a un varón heterosexual, lo de asumir una posición “pasiva” en eso de las penetraciones, y hacerlo además por el sacrosanto culete, no es algo que vaya practicando todos los días.

Es un recelo fundamentalmente cultural, pues desde la antigua Roma, lo de la virilidad y “el dar” vienen indefectiblemente asociados, porque, si al reparto de placeres nos referimos, podríamos decir que si el coito vaginal es fundamentalmente una práctica que favorece y da preponderancia al placer masculino, pues en el “pegging”, pasa exactamente lo mismo. La presencia de la próstata en el camino del dildo hace que su estimulación pueda provocarle sensaciones de gozo al varón e inducirle al orgasmo, mientras que a la mujer, y salvo las debidas excepciones, lo de atarse algo en las caderas y empujar un poquito no suele en sí mismo elevarnos al séptimo cielo (me refiero al placer estrictamente físico, no al psicológico que, a más de una, le pone muchísimo).

Ya existen muchos arneses con varias funciones para practicar “pegging”

Bien es verdad que se pueden emplear arneses de doble dildo, en el que uno va para el varón y su trasera, y el otro se introduce en la vagina de la mujer para que vaya haciendo de las suyas, pero lo aparatoso del utillaje y la falta de precisión no suelen producir los efectos deseados. Y es que el “pegging”, frente a lo que proclaman los exegetas de cada práctica erótica que suele publicitarse como nueva (de nueva, debe tener lo mismo que el andar de pie…) y como el súmmum del placer, no facilita especialmente en su operativa lo de alcanzar el orgasmo (para ello, hay eróticas e instrumentales muchísimo más eficaces), sino más bien el de producir el placer que aludíamos al principio de verse en un momento trasladado al rol del otro.

Estimular una próstata no es del todo sencillo y exige pillarle el truco, y si a eso se le añade el tener que hacerlo con una prótesis insensible que suele moverse bastante por libre, la cosa se complica mucho más. No digo esto para minusvalorar el “pegging” o para no recomendar el probarlo si a los “contendientes” les viene en gana, sino simplemente para contrarrestar un poco el optimismo de los que puedan creer que hay un antes y un después del “pegging” en la historia de las relaciones eróticas entre dos individuos. De todas formas, es importante decir que muchos fabricantes de arneses han mejorado sus productos. Y siempre conviene usar arneses de cuero de calidad para impedir que se mueva el dildo. 

Sobre todo, sentido común

Si se quiere probar, siempre conviene, como casi en todas las ocasiones de la vida, el emplear el sentido común. Por ejemplo, no olvidando que, anatómicamente, el ano, sea del sexo que sea, no está preparado para que le entren con muchas historias, por lo que hay que conseguir un estado de aceptación y de intensidad lo suficientemente conveniente como para meterse en estas honduras. También es más que recomendable el uso de un buen lubricante, así como saber echarle bien el ojo a la medida del “falo” del arnés, pues no se trata de asustar a nadie ni tampoco le hace falta mucha envergadura al sintético miembro para alcanzar la próstata que se encuentra localizable, en el recto, a apenas unos centímetros del ano. Y a la hora de moverse (y por más que a una le dan ganas de cobrarse todos los empujones que ha recibido en su vida), prudencia, suavidad, ternura y cariño (si no, no va a haber machote que vuelva a ponerse a cuatro patas delante nuestro… al menos, no ése que te muestra ahora sus nalgas).


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