mujerHoy

Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

pareja-discute-malos-tratos

Las relaciones de maltrato: algunas reflexiones para entender lo que está pasando

En consulta, hay una situación especialmente inquietante que le pone a una todos sus sentidos en alerta y los vellos de punta. Es cuando una pareja viene a verte porque dice no estar del todo bien y, súbitamente, hay algo, un gesto, un bajar de ojos, una palabra dicha o no dicha que te proporciona un cabo del que intuyes, sobrecogida, que cuando empieces a tirar, te vas a encontrar frente a una situación de maltrato. Y el corazón te da un vuelco y la cabeza empieza a repetirte que no puede ser, que otra vez no, a la vez que te obliga a no cejar un segundo de seguir la línea hasta el límite, bien para confirmarla, bien para negarla.

Son casos que una se lleva a casa, a la ducha y al sueño. Y no sólo por el sufrimiento que sabe que está produciendo sino porque también sabe que la cosa sólo puede ir a peor y que el ir a ver a un profesional para “arreglar” las cosas es sólo la enésima esperanza vacía en uno de los miembros y una excusa para incrementar la ira en el otro.

Toda esa conmoción que produce el toparse con una situación de este tipo se fundamenta en que una sabe que, en este tipo de relaciones de maltrato aflora lo peor, lo más hijo de perra y lo más injusto de un ser humano, y que sólo hay una “terapia” que valga; el poner fin a ese infierno y, además, hacerlo a las claras, sin paliativos y con todos los recursos, legales incluidos, de los que una dispone.

 

En parejas construidas sobre el maltrato, no hay nada que reconstruir o reeducar, sólo ponerles fin

 

A veces, estos casos se presentan como venimos relatando; la pareja oculta la realidad y es el terapeuta el que tiene que desvelarla, pero también me he encontrado con casos en los que la pareja ya la reconoce de partida (cuando esto se produce, suele ser porque ambos se maltratan) y también hay otros en los que asiste sólo uno de los miembros pidiendo ayuda para liberarse de su opresor, porque aun sabiendo perfectamente que la existencia propia se desmenuza en esa relación envenenada y destructiva, no puede ponerle fin. En todos estos casos, no hay nada que reconstruir o reeducar en la pareja, sólo hay un objetivo; ponerle fin. Y es que la relación que se establece de aniquilación y que tiene su expresión en la violencia y sus múltiples formulaciones nunca va a ir a menos sino que siempre lo hace en escalada y progresiva… y el límite no existe. No hay espacio en este “post” para entrar en demasiadas clarificaciones y matices que son tan crueles como fascinantes, pero hay algunas cosas que me gustaría dejar apuntadas. Por ejemplo, el hecho de que, si bien el objetivo, digamos terapéutico, de la inmediata disolución de esta envenenada relación está claro, las razones que llevan a una persona a propiciar o mantenerse en esa vinculación son muy complejas, con lo que pecaríamos de ingenuos (y hasta de bobos) si simplificáramos las arquitecturas psíquicas del maltratador y del maltratado. Despreciar los mecanismos de la histeria, del narcicismo o de la psicopatía que llevan a alguien a hacerle la vida imposible a otro, y despreciar la infernal eficacia con la que lo descuartizan no es haberlos entendido bien. Del mismo modo que es humanamente compleja e inhumanamente resistente la capacidad que todos tenemos para ser sometidos y para mantenernos en esa situación que nos “des-potencializa” hasta límites insospechados… Lo “tóxico” no es algo que simplemente esté y haya que evitar cogerlo como una mala seta, sino que es algo que, en nuestros propios deseos y sintomatologías, está el probarlo, pues eso es también “existir” como animal que se abre al mundo. O dicho más clarito, hay ocasiones en que deseamos, buscamos y repetimos las “toxicidades”, y en muchos casos, no porque seamos tontos o nos falte juicio o criterio (aunque a veces sí), sino porque somos humanos. Con lo que acercarse o instalarse en el precipicio no es siempre un capricho o un trastorno o una “enfermedad”, sino algo en ocasiones infinitamente más complejo (cercano a una extraña adicción) que hay que tratar con respeto y que no se arregla con un “niña, eso no se toca”. Otro aspecto que me gustaría resaltar es que, al menos en mi experiencia clínica y sin por ello querer elevarlo a regla demoscópica, los maltratadores son cuantitativamente tanto hombres como mujeres, y si bien el número es parejo, sus mecanismos de sometimiento varían cualitativamente; las estrategias y las justificaciones con las que hacen daño al otro difieren, pero tienen una cosa en común; son cada una y a su manera enormemente eficaces, des-estructurantes e insufribles.

 

Muchas veces, nos perdemos los matices de estos dramas

 

En mi vida personal, la de una mujer que, como muchas, se ha enfrentado a lo extraño de la existencia y con las inclinaciones que ésta tiene, me he vinculado afectivamente con algún hijo de perra con los que la vida se te iba (literalmente) a cada minuto más que te vinculabas con él, eso quizá me hace especialmente sensible a estos temas y especialmente intolerante con las sandeces que, sobre este asunto se comentan y las absurdas acciones que se proponen, pues perdernos los matices de este drama colectivo es no entender ni un pijo del propio drama ni su verdadera e inquietante hondura.


Además…

Abuso en la pareja: cómo detectarlo en tu relación
Roberto Arce: “Todos somos responsables del maltrato”
Palabra de Mujer

|

Comentarios