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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Nosotras y el orgasmo fingido…

Entre las mayores preocupaciones de la humanidad, desde el inicio de los tiempos, no tengo claro que figure eso de la pregunta por el ser o la finitud.

Si nos atenemos al número de individuos totales que compondrían, a lo largo de todos los tiempos, lo que llamamos “humanidad”, y al hecho de que esos individuos que manifestaban preocupaciones y estrategias de resolución para las mismas, eran, en su casi totalidad, hombres (las mujeres, hasta hace muy poquito en ese largo intervalo, nos hemos guardado las preocupaciones para nosotras o para el gineceo), me da a mí que, cuantitativamente, antes que preguntarse a diario por el motivo de estar vivos o de tener que morirse, habría alguna otra preocupación. Por ejemplo; el de saber si mi mujer finge placer cuando está conmigo o lo siente de verdad.

Bien es verdad que, también a lo largo de toda la historia de la humanidad, el placer femenino ha importado poco menos que un pimiento, pero la presunta hombría que de hacer gozar a una mujer se podía desprender, esa que seguro ha importado mucho más.

Es por esa recurrente preocupación por lo que ya, de muy antiguo, se intentó descubrir un método infalible para saber detectar cuándo fingimos orgasmos y cuándo no. El resultado de esa investigación ha sido y sigue siendo siempre el mismo; el más estrepitoso fracaso y la consiguiente resignación y frustración por constatar que, si nosotras queremos, no se entera de eso ni el más pintado. Y da igual que el sujeto del engaño sea un amante bisoño o uno experimentado, si queremos que caiga en el engaño, cae…

Pero lo curioso es que tampoco nosotras tenemos que ser amantes muy corridas para poder simularlo, vamos, que una mujer no tiene que pasar por clases de interpretación o empaparse del método Stanislavski para saber perfectamente hacer creer a un amante masculino (y hasta a una amante femenina) que lo que allí sucedió, nunca sucedió de veras. Parece que es una virtud y un talento que traemos de serie. Lo malo es que los talentos siempre suelen brotar de una carga, y si tenemos ese talento innato es porque la carga que lo provoca también nos acompaña. Y eso es inquietante porque significa que todavía algunas mujeres se sienten en la obligación de recurrir a esas estrategias para evitar esos males.

Lo de fingir un orgasmo ha sido siempre, para nosotras, una forma de resistencia

Simular un orgasmo ha sido, durante mucho más tiempo del que somos capaces de recordar, la única forma de resolver una delicadísima cuestión sin generar un conflicto… y eso, para bien y para mal, dice mucho de nosotras.

En tiempos, ni tan lejanos ni tan olvidados, en los que el mayor honor de un hombre era su “vir” (término que da origen al de “virtud” y que significaba “vigor sexual”) y los consecuentes efectos que, con él, era capaz de producir (véase, el placer de sus amantes), el detener una interacción sexual para decir “Manolo, no te enteras, que no va por ahí la cosa”, era poco más o menos que pegarle un trabucazo en la línea de flotación al tal Manolo, es decir, generar un conflicto. Y generar un conflicto en el que siempre y en todos los aspectos, llevábamos las de perder (lo de las “frígidas”, por ejemplo, se inventó mucho antes que lo de “inútiles del nabo”).

La simulación del orgasmo era una forma pasiva y sumisa de resistencia, eso es cierto, pero que conseguía su propósito; ser nosotras las que dijéramos “déjalo ya”, sin arriesgarnos a las consecuencias de ese propósito.

Fingir; una estrategia que, hoy en día, va cayendo en desuso, porque estamos legitimadas para negociar

Pero, hoy en día, y salvo desagradables anacronismos que siguen conviviendo entre nosotros (yo no sé, muchas veces, por qué se empeñan en reconstruir el aspecto que tuvo que tener el Neandertal, si basta con salir a la calle para toparse con alguno…), esa estrategia va cayendo progresivamente en desuso. Básicamente, porque empezamos a estar legitimadas para negociar, conducir y aleccionar (sin esa “particularidad”, sería imposible hablar de “democracia”), sin tener, con ello, que iniciar un problema con nuestro amante (salvo con ese que decíamos que te puedes topar por la calle), que consideramos como mayor conflicto hoy en día (“O tempora, O mores”) el negarse el gozo y no respetar nuestro derecho a él y a que casi todos (ellos y nosotras) hemos aprendido, o estamos en vías de ello, algo importante; la habilidad del amante es un complemento apetecible pero no imprescindible para el goce.

Así que mi consejo, aun respetando las “tradiciones”, es que no se finja, ni por compasión. Si el orgasmo se resiste con una misma, con alguna persona o con todas, conviene hacerlo explícito sin tampoco culpar al mundo por ello. Existen infinidad de recursos a la mano (va sin segundas lo de “a la mano”) para afrontar esa situación sin tener que quedarse en la resignación. Y ya de paso, dejamos el teatro y el cuento para los que viven de él…


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La tiranía del “orgasmo simultáneo”
La diferencia entre el orgasmo femenino y el masculino
¿Puede un hombre fingir un orgasmo?

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