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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Por qué hay personas que practican eróticas “sadomasoquistas”?

La respuesta a la pregunta de inicio es bastante sencilla; hay personas que practican BDSM (acrónimo para “Bondage-Disciplina-Dominación-Sumisión-Sadomasoquismo”, erróneamente llamado “sadomasoquismo”) por el mismo motivo por el que hay personas que no lo practican, es decir; porque, afortunadamente, los registros y las diversidades de nuestras eróticas son tan amplios, y nuestras biografía y sexualidades, tan únicas e inigualables, que el porqué de participar de una u otra erótica es un misterio más insondable que lo de la cuadratura del círculo. Lo importante es que exista esa diversidad, que se respete (que no siempre quiere decir que se “normalice”) y que se entienda como lo que es; ni perversiones morales ni síntomas de trastornos psicológicos, ni manifestaciones de violencia alguna sino sólo particularidades eróticas. Así que, aquí, no vamos a establecer nada parecido a un perfil psicológico del practicante de esta particularidad, ni un juicio de ningún tipo, ni categorización alguna de las personas que, entre sus preferencias, optan por esta erótica o la priorizan sobre otras de manera más o menos recurrente… Sólo vamos a hablar un poco de algunas curiosidades poco conocidas de esta erótica.

El BDSM: un acuerdo consensuado de límites

Los/las que me conocen o siguen un poco mi trayectoria saben que el BDSM siempre me ha resultado fascinante. No es una erótica que practique asiduamente, pero también debo decir que no me quedan, en ese terreno, demasiadas esquinas por barrer. Desde que de muy jovencita pude acceder, en una revista, a las imágenes de una sesión en un castillo checo, con sus pelucas, sus vestidos de látex y su teatralización fantástica, hasta cuando, de adulta, asistí, como participante a ese mismo castillo, mi interés intelectual por esta erótica fue in crescendo.

Aspectos tan asociados a nuestra condición y a nuestra condición sexuada como los que ofrece y pone en juego el BDSM, son demasiado poderosos y demasiado atractivos como para que alguien, que de verdad sienta interés por lo que nos rodea, pueda dejar escapar. Entre estos aspectos, yo destacaría algunos. Para empezar, su teatralización. El BDSM es, como sucede con el teatro, el mejor escenario para llevar a la acción lo complejo y, en ocasiones, lo sórdido de nuestras fantasías eróticas. Dentro de nuestro imaginario erótico, las fantasías están construidas, al contrario de los deseos, para no ser llevadas a la práctica, nos excitan pero no querríamos que, “de verdad”, eso fantaseado nos suceda en la realidad. Por ejemplo, una vejación del tipo que fuera nos puede encender mucho pero sólo en nuestra fantasía, en la realidad no queríamos padecerla en ningún caso. Pues bien, el BDSM permite que esa fantasía aflore pero se queda constreñida en la representación, sucede pero “de verdad” no sucede (Macbeth mata al rey pero no lo mata de verdad, es decir, no lo mata en la realidad sino sólo en la representación).

Esa teatralización, que se queda por tanto siempre restringida en el terreno de la ficción, puede darse porque el BDSM es la erótica que más respeta y más a raja tabla lleva lo del acuerdo. Y esa es otra particularidad fascinante; sin consenso, sin el establecimiento previo del pacto, no existe el BDSM. Y no es que todo esté ya de antemano escrito, como en un guion cinematográfico, lo cual restaría natural al encuentro, sino que hay un acuerdo consensuado de límites. Ese consenso inquebrantable, entre adultos, se construye en muchos aspectos que hacen referencia a preferencias y prohibiciones de los participantes y se cristaliza, por ejemplo, en la “palabra de seguridad” (en un taxativo “aquí acaba la función”).

Si ese acuerdo no se establece o no se respeta, ya no hay BDSM, hay maltrato, delito o hijos de perra haciendo de las suyas, pero no BDSM. El pacto acordado es sagrado y definitorio de esta erótica. Tanto es así que el filósofo Gilles Deleuze, con buen criterio, indicó que es absurdo hablar de sadismo en esta erótica (en todo caso, habría que hablar de “lo sadiano”), porque lo que de verdad estimula a un sádico es vulnerar el acuerdo, y eso no está de ninguna manera contemplado en el BDSM.

Un tercer aspecto es su capacidad de transgredir. Georges Bataille decía que el deseo erótico surgía siempre de la transgresión, de vulnerar la prohibición pero sin anularla y mucho de razón hay en esto (aunque se podría matizar). El BDSM transgrede lo establecido pero no lo anula; cuando acaba el encuentro, el orden se vuelve a restablecer sin más secuela que el gozo de la ficticia transgresión. Otro aspecto sorprendente es la gestión del dolor y su conversión en placer (algo enormemente hermanado con los sentimientos religiosos de mortificación como requerimiento del goce y la virtud). En la última sesión en la que participé, hace un tiempo ya, pude hablar largo y tendido con un joven alemán que había sido sometido, por su propia voluntad y la de su ama, a un castigo físico realmente severo. Cuando le pregunté por el placer que obtenía con ello, me indicó que alcanzaba una especie de trance meditativo. Si uno conoce lo que es la meditación, sabe que siempre parte del sometimiento físico (por ejemplo, permanecer un tiempo en determinada postura) y de la negación del placer inmediato (por ejemplo, bloquear el pensamiento de las apetencias), con lo que lo que me comentó este chico no debería resultar del todo extraño.

 

Las eróticas no son cremas solares que usa todo el mundo…

Y hay más aspectos interesantísimos de esta erótica y de los de la propia condición humana y sus recursos que, en ella, afloran. Si bien no se tiene por qué hacer de esta erótica algo especialmente “recomendable” (las eróticas no son cremas solares; ni se recomiendan ni entran en competencia), sí conviene el recomendar limpiarse bien los ojos y sanear la sesera en el caso de que uno/a quiera asomarse a ella o preguntarse el por qué hay personas que la practican.


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