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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El beso: lo que no sabías…

Abres la nevera y no tienes claro cuándo abriste esa botella de leche. Dudas de su estado… Te la acercas entre los labios y la nariz y olfateas un poco. Si lo que detectas no te echa para atrás, viertes desde la propia botella una mínima cantidad de leche en tus labios y en la punta de la lengua. Atiendes entonces a lo que pasa. Después, o tiras la botella o te haces un cafetito con leche. Esa es una de las funciones principales y originarias del beso… Pero no es la única.

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Pequeña historia del beso y sus diversas manifestaciones

Decía un conocido libertino del XVIII que el besamanos era un gran principio, pues te permitía olisquear la carne. En el XVIII, el beso no era una actividad pública, salvo el besamanos, ni algo familiar, pero se consentía en las alcobas. También se permitía como muestra de sumisión a una autoridad o una reliquia, herencia de la Edad Media y del “beso cristiano” que era una actualización de aquel beso que, en la antigua Roma, denominaban “osculum” (“ósculo”) como beso exclusivamente ceremonial y de respeto.

Antes, la Edad Media de nuestra civilización había proscrito las otras dos modalidades de beso latino; el “basium”, beso de afecto y saludo que se practicaba públicamente en Roma y el “suavium”, beso apasionado que inducía a los placeres carnales en la intimidad del lecho. Éste último es el que más posibilita esa función que algunos establecen como primordial y originaria en el beso; el elaborar un amplio diagnóstico bioquímico de lo que “nos vamos a comer”.

Escribió Guy de Maupassant: “El beso es la manera más verdadera de callarse diciéndolo todo” y no le faltaba razón, no sólo porque con él podamos realizar una extensa declaración de amor sin pronunciar palabra, sino porque con él, damos y recibimos más información que en treinta y seis analíticas médicas. Probar algo en uno mismo y no en un laboratorio conlleva satisfacciones (dicen los que dicen saber de esto que activa las endorfinas y la oxitocina, reduciendo el estresante cortisol), pero también riesgos; vuelven a decir los mismos de antes que, en un beso apasionado, nos trasvasamos unos 40.000 parásitos y 250 tipos de bacterias.

El Renacimiento volvió a otorgarle cierta tolerancia pública al beso (en Francia, era consentido pero en Italia, besar públicamente a una doncella era obligarse a contraer matrimonio con ella). Sin embargo, la tolerancia fue decayendo hasta que, en el XIX victoriano, volvieron a imponerse, en Occidente, los rigores de la completa abstinencia pública. No fue hasta la década de los sesenta del siglo XX cuando recuperaríamos lo del beso en la plaza como reivindicación de lo subversivo de los afectos públicos… Y pudimos, entonces, volver a olisquear la carne.

 

El beso en algunas culturas

Los que hablan de esas cuestiones evolutivas no sólo atribuyen el origen del beso a una voluntad de análisis sino que también hablan de cuestiones como el trasvase de alimento “ya masticado” del progenitor a su prole o de un vestigio de algo más siniestro; la antropofagia… el comernos, literalmente, unos a otros. Pero sea como fuere, el beso como interacción entre dos personas está presente en una inmensa mayoría de las culturas (aunque existen algunas que ni siquiera tienen nombre para designarlo), lo que no impide que cada cultura realice sus propias formulaciones de ese acto; los franceses besamos en la mejilla entre dos y cuatro veces, los españoles dos (pero, mientras en España, se empieza por la izquierda, en Italia se hace por la derecha, lo que suele dar lugar a algún que otro “piquito” inoportuno entre españoles e italianos). En EE.UU., el beso como forma de saludo queda prácticamente reducido a la familia, los rusos, entre colegas, se besan tres veces muy cerca de la boca o una directamente en ella, y en Japón, no suele haber contacto físico en el saludo y apenas se besan en el ámbito doméstico.

 

El beso nos convierte en “desarmados”…

Una alternativa más reciente al beso, como fórmula de aproximación afectiva, es el estrecharse la mano (gesto que demuestra que no ocultamos un arma), pero yo siempre procuro, salvo excepciones, optar por lo primero, no porque implique más riesgos y más satisfacciones, sino porque me parece que, mientras dar la mano demuestra que no estamos armados, besar nos convierte en  desarmados. Eso, y que a servidora le vuelve loca el café con leche.


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