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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué es el “rol del espectador”?

El moralista francés del XVIII, Nicolas Chamfort, dejó escrito que la máxima consagración de la sabiduría era alcanzar el “vivir sin verse”. Para el taoísmo, la máxima expresión de la sabiduría residiría en la “naturalidad” de la acción derivada del principio del “wuwei” (la “no-acción”), entendiendo por esto no el no hacer nada sino el no forzar (el “no actuar contra”) condicionando con acciones y pensamientos lo que ya de por sí está ordenado en su desarrollo. El ejemplo de la actitud de la planta creciendo, sin contradecir ni intentar modificar su crecimiento (actuando “espontáneamente” en su acción de crecer), suele ser el ejemplo recurrente para explicar este concepto…

Algo difícil de entender desde nuestra concepción existencial, tan dada ella a la perpetua dependencia racional e inculpatoria propia en la construcción de uno mismo (el paradigma del individuo “self-made” sería un ejemplo), pero que, en realidad, y a poco que se profundice, no la contradice un ápice. Y es que lo que proponen Chamfort y el taoísmo  no es el actuar como un descerebrado sin capacidad analítica ni responsabilidad alguna y procediendo por un simple automatismo, sino exaltar ese momento que se alcanza en la vida de algunos, en lo que, lo que uno hace o dice, está tan ajustado a lo que uno es y a lo que las circunstancias exigen, que puede suspender el auto juicio y la culpabilización porque no hay la más mínima duda de que está haciendo o diciendo lo correcto.

Este estado de sabiduría en el “no mirarse” (o no escucharse), lo hemos experimentado todos en algún momento; los que nos movemos en el ámbito de lo público, lo notamos en contadas excepciones cuando, por ejemplo, frente a un auditorio, conseguimos no ser presa de los nervios y de la tensión y el discurso fluye y crece a través de nosotros sin tener que estar continuamente auto evaluando lo que estamos diciendo… cuando no somos nosotros los que expresamos un discurso sino que es el discurso el que se expresa a través de nosotros. Cuando esto sucede y al regresar, tras la exposición, aparece la capacidad de auto análisis, uno suele pensar “ha sido cojonudo, tendrá más o menos éxito, pero he hecho y dicho lo que tenía que hacer y decir sin darme ni cuenta”.

El rol del espectador: cuando uno/a se distancia de lo que está sucediendo

En nuestras interacciones sexuales, esa sabia espontaneidad se cortocircuita en ocasiones. Por “rol del espectador”, se entiende esa situación en la que una se distancia de lo que está sucediendo para preocuparse racionalmente por lo que “debe” suceder, se observa, se juzga, deviene un/a observador(a) crítico/a de un espectáculo que le es ajeno. Una empieza a preocuparse por el siguiente paso porque este no sale solo, una empieza a atender  si tiene “michelines” o no, porque eso deviene relevante para lo que está sucediendo, una asiste a un espectáculo público en lugar de ser ella misma ese espectáculo. En cuestiones de nuestros afectos carnales, el “rol del espectador” significa el perderse lo que está sucediendo para evaluar lo que estamos viendo, y este rol se convierte en una dificultad porque interrumpe el desarrollo de nuestra interacción (el “crecimiento de la planta”) y nos predispone al fracaso. El “rol del espectador” es lo contrario al “dejarse llevar” y siempre viene acompañado de miedos anticipos que, de manera performativa, generan justo eso que tememos (que no se me levante, que no me corra, que perciba mi inexperiencia…).

 

No le preguntes a un ciempiés cómo camina o se tropezará

Existe un dicho que reza más o menos así; “no le preguntes a un ciempiés cómo camina o se tropezará”. Si le haces pensar en lo que hace, inevitablemente se tropezará. Y es que el ciempiés camina así no porque sea procedimental o rutinario en su andar sino porque ha adquirido la sabiduría de asumirse como lo que es, un ciempiés. Con los amantes, sucede lo mismo; no te preguntes por qué haces lo que haces ni cómo hacerlo o te tropezarás. Cuando uno o una, después de los múltiples y variados juicios y valoraciones que le llevan a convertirse en amante, decide actuar como tal, su máximo logro amatorio será no cuestionar su despliegue cuando quiere desplegarse. Y si alguien cree que esto es una apelación a la inconsciencia o la incondicional aceptación de lo que sucede, es que, quizá, nunca ha tenido consciencia de ser quién es donde él se pide ser.


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