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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El contrato de consentimiento mutuo para mantener relaciones sexuales

En los autobuses públicos de París, hay (o al menos había) un asiento reservado. Junto a él, hay un rótulo escrito en letra pequeña que especifica que está destinado a personas mayores, mujeres embarazadas o individuos con diversidad funcional. También especifica un orden de preferencias en caso de que todas estas circunstancias (el hecho de que haya una persona mayor sin plaza, una con diversidad funcional o una mujer embaraza) se den de forma simultánea, para acabar concluyendo que, si ninguna de esas circunstancias se producen, el asiento es de libre disposición hasta que una persona en la situación que venimos refiriendo quiera ocupar plaza en el autobús y no le quede ninguna vacía.

En caso de que se incumpla esta normativa, el infractor se verá obligado a someterse a la sanción pertinente. Si el trayecto que haces en el autobús es muy corto, casi no te da tiempo a leer todo el rótulo. También en París, en los jardines de Luxemburgo, hay (o había) tres zonas diferenciadas de césped. En una de ellas, un cartel visible indica que pueden pisarlo personas y pequeños animales así como tumbarse en él unos u otros, en la otra, que sólo lo pueden cruzar personas pero sin detenerse en él, y en el tercero cartel, que está prohibido entrar. El incumplimiento de estas normas implica la consiguiente sanción. Y en París no se andan con chiquitas a la hora de sancionar lo considerado como comportamiento incívico.

 

Un contrato de consentimiento mutuo para mantener relaciones sexuales inquieta ya que demuestra nuestro fracaso como seres eróticos, o que nunca hemos llegado a ser humanos

Frente a esta pulcritud regulativa, una tiene sentimientos contradictorios. Por un lado, le enorgullece una sociedad con una muy amplia reglamentación de los asuntos más mundanos pero, por otro, le inquieta el que el exceso regulativo se genera por la desconfianza en la educación, la cortesía y la cultura de los ciudadanos (porque se da por hecho que si entra un anciano en el autobús, ningún jovenzuelo le va a ceder su plaza) y toma, como premisa, el que todos somos, de partida, potenciales culpables de algo “culpabilizador” (por ejemplo, retozar en un trozo de hierba).

Ese mismo sentimiento contradictorio me produce la iniciativa de reforma del gobierno sueco de establecer la obligatoriedad de un contrato de consentimiento mutuo antes de establecer una relación sexual, con vistas a “aclarar” las cosas frente a una posible violación. Según la citada reforma, de no existir dicho “consentimiento activo”, la interacción sexual puede ser considerada “ilegal” y la prueba de carga pasa de la víctima al verdugo, o lo que es lo mismo, la víctima no tiene que demostrar su vejación sino que el acusado de la víctima tendrá que demostrar su falta de culpabilidad, enseñando el citado “acuerdo de consentimiento activo”.

Y, nuevamente, me embarga esa insistente inquietud, pues, comprendiendo perfectamente que el consentimiento no sólo tiene (faltaría más) que ser otorgado sino que, además, es necesario el poder demostrar dicha aceptación, sin embargo me decepciona, me entristece y me revuelve el que ya nos consideremos a nosotros mismos, sin excepción, como salvajes que no han aprendido educación ni cultura por lo que no saben consecuentemente relacionarse con el otro. El concebirnos a nosotros mismos como alimañas que, en lugar de amarse, lo que van a hacer es descuartizarse, y que tenemos que ser regulados por la fuerza de un contrato antes de que sus instintos asesinos pasen al acto. Y me repatea porque eso es admitir y asumir no sólo nuestra incapacidad por educarnos socialmente, instalando el perpetuo recelo y el temor entre nosotros, sino algo muchísimo peor: nuestro más rotundo fracaso como seres eróticos (y sin nuestra capacidad erótica de “estar en relación con el otro” no es que en algún momento dejemos de comportarnos como humanos sino que nunca hemos llegado a ser humanos). Si a eso se le añade el tufo cada vez más persistente de puritanismo (y Suecia es uno más de los múltiples casos emblemáticos de eso) que empieza a regir todas nuestras relaciones humanas, la sospecha de que, detrás de contratos de más que dudosa eficacia legal como éste, lo que se esconde no es tanto el solucionar un problema de criminalidad sino el regular, controlar y problematizar más nuestra sexualidad, pues la cosa todavía pinta peor.

Hoy en día, este mundo es cada vez menos habitable…

En Roma, existía un concepto que regulaba cualquier relación entre humanos y en la que se creía firmemente; era la “fides”, la “fiabilidad” del individuo que otorgaba garantía al apretón de manos y plena credibilidad al “ésta es mi palabra”. Si en nombre de la desconfianza y el puritanismo, mandamos esa confianza en el prójimo allá donde sea que estén ahora los laureles del César, este mundo será, todavía más, un lugar cada vez menos habitable.


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