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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Sabes lo que era (y sigue siendo) una orgía?

Orgía es un término griego que hace referencia a esos estados de agitación, frenesí y, más específicamente, de “entusiasmo” religioso. Decimos “entusiasmo” pues este término se refiere específicamente a la exaltación de ánimo que conlleva el tener, nada menos, que el “en” – “theos”; el “Dios dentro” (lo que, por ejemplo, hacen simbólicamente los cristianos con la comunión).

Así, vaya por delante la primera aclaración; la orgía tiene su origen en una particular forma de rendir culto a los dioses. La orgía es, antes que cualquier otra cosa, una ceremonia religiosa. No es específica de una religión o culto concreto (su práctica se pierde en el origen de los tiempos), pero, cuando hablamos de orgía con propiedad, ésta suele venir indefectiblemente asociada a los cultos que, en Grecia, se realizaban en honor a Dionisos; las fiestas dionisiacas. Al ser un culto mistérico (semejante, por ejemplo, a los misterios eleusinos en honor a Deméter y Perséfone, o a los órficos en honor a Orfeo), no sabemos con certeza gran cosa de cómo se realizaban, pero de lo que no nos cabe duda es que, con ellos, se pretendían varias cosas. Por ejemplo, el hecho de que los participantes pudieran ser arrebatos, “raptados”  en ese trance, en esa locura mística, por el dios, a través del éxtasis orgásmico que procura su presencia divina, con el objetivo de alcanzar una trascendente unidad sagrada.

Algo que también conocemos es que, en los primeros momentos, e inspirada por las primeras legendarias ménades que rindieron culto a Dionisos, era una ceremonia reservada a mujeres en la que la introducción de los hombres se realizó de manera paulatina. Y también sabemos que su propósito, además del religioso, era social. En una orgía, los roles, jerarquías y normas quedaban suspendidos en pos de la colectividad y la comunidad orgiástica, y el éxito radicaba en que todos los integrantes consiguieran ese extático estado; el goce individual quedaba supeditado y dirigido al goce comunitario, el “yo” se abría, se salía, se “delimitaba”, rompía su dominio con el propósito de una integración en el “todos” de una unidad común de gozo.

Y toda esa poderosísima subversión del orden racional y social que implicaba la orgía, sin más mediación que la maquinaria de goce del cuerpo, era algo que sacudía el orden establecido con una particular eficacia. Con la llegada del dominio ideológico de la practicidad y funcionalidad de Roma, las orgías se mantuvieron durante un tiempo, redirigiéndose a la divinidad que, en su panteón religioso, ocupó el lugar de Dionisos (Baco). Pero, las bacanales empezaron a ser restringidas, controladas y limitadas ante el carácter subversivo que representaban para un nuevo orden que exigía sumisión.

Sabemos, también, que en el año 186 a. C. el Senado Romano prohibió formalmente la celebración de las bacanales. Antes, había intentado regularlas (es imposible regularizar lo que es, en esencia, desregulación), limitando el número a cinco participantes y permitiendo su celebración sólo ocasionalmente y con un permiso especial del senado.

La abolición definitiva se fundamentó mucho más en cuestiones políticas (subversión de la república) que en cuestiones morales que llegarían con posterioridad. Infinidad de practicantes fueron ajusticiados y los lugares de culto fueron irremisibles y paulatinamente destruidos. El posterior advenimiento de la imposición ideológica de la cristiandad en nada favoreció la orgía. Sus dogmas de la mortificación, la abstinencia y la carne como manifestación del diablo no concibieron, siquiera, que desde allí, desde la orgía, se pudiera alcanzar a Dios; la “hipoactividad” sexual, con las contenciones, cilicios y penitencias, se impondría como medio (también sexual, tengámoslo en cuenta) para llegar a Dios.

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Hoy en día, cuando sale bien, una orgía exige olvidarse un rato del sofocante individualismo

Desgajada ya ideológicamente la orgía de su primordial y eficaz función religiosa, le queda su finalidad exclusivamente hedónica que es la única que, hoy en día, consideramos cuando se nos menciona el término.

Hablar de participar en una orgía es, hoy en día, considerar la participación en una relación de sexo grupal, sin más objetivo que pasar un buen rato. Sin embargo, las que, en alguna ocasión, hemos asistido activamente a alguna de ellas, sabemos que, cuando funcionan bien (que no es en todas las ocasiones, pues una orgía exige olvidarse un rato del sofocante individualismo), siempre subyacen los mismos principios y las mismas finalidades trascendentes y misteriosas que inspiraron a los antiguos griegos. O, para alguien más aficionado a las historias de espadachines que a las religiosas; cuando una orgía consigue su objetivo, logra cumplir aquel principio de los tres mosqueteros de “todos para uno y uno para todos”. Y todos (posiblemente Dios también), tan contentos…


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