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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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No me gusta hacer felaciones

Por más que el llamado sexo oral (que no es decir guarradas como si te hubiera poseído el diablo) sea una erótica asumida dentro de las eróticas que podríamos llamar “normalizadas”, eso no implica (ni debe implicar) que a todo el mundo le guste practicarla. Vamos, de hecho, no solo hay mujeres y hombres que no ven con buenos ojos eso de llevarse unos genitales a la boca, sino que hay lugares en los que realizarlo es considerado como un delito severamente penado.

Y, ¿qué extraños lugares pueden ser estos tan intransigentes con el “sexo oral”? Pues, por ejemplo, ni más ni menos que los inmaculados EE.UU. donde, en doce estados, el ser sorprendida, recreándose oralmente con un pirulí de carne, es considerado un delito penado con hasta quince años de reclusión…

A cambio, parece que el meterse entre pecho y espalda una mazorca de maíz con manteca de cacahuetes no implica tantos reproches. Pero, las cohibiciones no siempre provienen de las actitudes represivas de marcos legales puritanos y no es extraño el encontrar mujeres que, frente a una felación, preferirían la mazorca (y hasta la manteca de cacahuetes…). Las causas que normalmente se aducen, independientemente de las morales, suelen ser de orden higiénico (un pene -y todo lo que sale de él- es visto como algo “sucio”) o funcionales (me produce arcadas o me impide respirar).

Frente a cuestiones éticas, servidora mantiene la debida prudencia, pero frente a las otras cuestiones, y sin querer hacer una apología o un panegírico de las bondades de felar a diestro y siniestro, sí diré, en primer lugar, que los genitales no tienen por qué ni ser ni ser vistos como algo sucio. Una higiene conveniente, en esas áreas, es más que suficiente como para disipar temores… Recordemos que la cavidad más “sucia” de nuestro cuerpo, en cuanto a fauna bacteriana se refiere, es la boca, con lo que más aprensión podría tener el dueño del genital que el de la boca.

Las reticencias que hemos venido en llamar de orden funcional, normalmente son más por causa de desconocimiento de lo que es una felación que por la propia práctica en sí. Y es que el objetivo a contener en la cavidad bucal no es el pene, sino el glande del pene (donde se encuentra la inmensa mayoría de las terminaciones nerviosas que inducen al orgasmo). Y un glande no suele ser algo que, por su tamaño, produzca dificultades excesivas o atragantamientos por exceso de profundidad. Pero las dificultades empiezan cuando se considera que es todo el miembro el que tiene que ser introducido… Y es que en esto del felar, el porno tampoco ha ayudado mucho. Desde aquella delirante fantasía erótica que fue la película de 1972, “Deep Throat” (traducida como “Garganta Profunda”), en la que una señorita se veía obligada a alcanzar, con los miembros viriles, la campanilla, pues, por una anomalía genética, era allí donde tenía el clítoris (imaginación y “cachondeito”, no les faltaba a esos pioneros del porno más reciente), el realizar ingestiones de miembros enteros parece ser la pauta que establece lo que es una felación. Pero en la vida real, que busca más la eficacia que la inutilidad y el traumatismo del espectáculo, esto de “zamparse” hasta las hojas del rábano no es algo que venga escrito en ningún lado. Y no porque no se pueda hacer, sino porque requiere un adiestramiento y una preparación que, francamente, no merece en absoluto la pena para el “plus” que pudiera proporcionar. Así que dejémosle la campanilla a Peter Pan y nosotras, a lo nuestro…

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Los antiguos distinguían la “fellatio” de la “irrumatio

Los latinos utilizaban, Marcial o Catulo se extienden en ello, el término “fellatio” (de donde proviene “felación”, y que tiene más que ver con el acto de dar de mamar… con la “mamada”) para designar el sexo oral realizado sobre los genitales masculinos con maestría y entrega. Pero para ellos, había que distinguir cuando el pene se introducía en la boca de alguien (hombre o mujer) a modo de vejación o castigo (algo así como para “taparle la boca”). En este caso, hablaban de “irrumatio”. Hoy en día, todavía se emplea en determinados ambientes, el término “irrumación” para expresar cierto sometimiento del o la feladora (que deviene un elemento pasivo mientras el activo es el felado), pero lo corriente es emplear el término anglosajón, mucho más feo y grueso, de “face fucking” (en la literalidad; “follarse la cara”) o “blow job” (literalmente, “el trabajo de soplar”). Y es que quizá, en eso de entender la felación como un castigo de sometimiento y confundir el quién “lleva el cetro” en esta erótica, también radique una cierta animadversión que podamos sentir algunas mujeres… Craso error éste de creer que, quien realiza una felación muestra sumisión, pues el que más se somete no es quien tiene la boca y sus defensas, sino quien arriesga sus posesiones introduciéndolas en ella. Así, que quede clara la diferencia. Y es que una siente cierto oscuro aprecio por la felación… Será por lo del “francés”…


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