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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Es cierto que a las mujeres nos ponen más los hombres casados?

La navaja de Ockham es un principio de teoría del conocimiento que viene a resaltar que, de todas las soluciones posibles que se presentan ante un hecho, la más sencilla es la que suele resultar correcta. Pero sucede que, en el campo de las relaciones humanas, ese principio tiene que toparse con un poderosísimo adversario: el tópico. Y es que él suele ser siempre la respuesta más sencilla a un problema complejo (por eso lo convertimos en un tópico) y, sin embargo, muchas veces es una solución incorrecta… sólo tópica.

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Uno de esos tópicos (o de explicaciones más sencillas) que sirven para explicar variados hechos y comportamientos de la condición sexuada humana es el de que las mujeres somos las esforzadas seleccionadoras de la pareja (pues somos eminentemente “receptivas”), mientras que ellos, los hombres, se entregan a destajo esparciendo su “semillita” con cuantas más, mejor, mientras mariposean de flor en flor en espera de que los atrape alguna selectiva y femenina planta carnívora.

Este principio “biológico/evolucionista”, fundamentado en un paradigma exclusivamente reproductivo, ha servido para explicar cuestiones tan dispares como la preeminencia de la infidelidad masculina sobre la femenina (algo que, en nuestras sociedades, no habría que cuestionar sino derribar a pedradas) o la falta de deseo femenino con relación al masculino (algo que debería seguir el camino de lo anterior). La cosa esa de la “naturaleza” suele ser el argumento y la demostración de validación preferente (ya hemos dicho que es un principio que se presenta mayoritariamente como biológico); que si el león copula con todas y la piadosa hembra sólo con ese león (olvidando, quizá, que si la hembra copula en exclusiva con ese león y no con otro es porque los otros o bien están muertos o están acojonados), que si lo de la abejita que esparce polen a granel y el virginal pistilo que lo atrapa, que si nosotras sólo generamos dos óvulos al mes y ellos cientos de millones de espermatozoides al día (que digo yo, que ¿qué carajo tendrá que ver una cosa con la otra…?), etcétera, etcétera.

 

La teoría del “mate choice copying

Pues bien, ese principio es el mismo que rige, de partida, la mayoría de explicaciones que intentan resolver algo que parece curioso en nuestro “biológico” comportamiento sexuado (y que nos equipara, por cierto, a ratas y pececillos); el que a las mujeres nos pongan los hombres casados y a ellos no les pongan tanto las casadas. Lo primero de un problema o de una cuestión es que esté bien planteado, y este asunto atufa un tanto de partida; ¿seguro que esto es así?, ¿seguro que si esto pasa, sólo nos pasa a las mujeres…? Bueno, pues parece que seguramente no, que se han hecho con relación a este hecho “estudios” sobre mujeres pero no sobre hombres (no vaya a ser que nos contradigan ya de partida).

Pero supongamos que esto es así, que a nosotras nos enciende más un anillo de bodas en un tío que a un bombero una sirena. La explicación que se da es lo que viene en llamarse el “mate choice copying” (que suena de la leche pero que se traduciría literalmente por “copiando en la elección de pareja”). Según esta tesis, y basándose en el citado principio de que el hombre propone y la mujer dispone, en la elección de pareja, a las mujeres nos gusta lo ya “probado”, lo que minimiza riesgos de selección, lo que amortigua los errores en los mismos… Los hombres casados, en definitiva. La tesis suena ingeniosa. Pero, nuevamente, ¿por qué sólo las mujeres seguimos ese proceso? El principio sería el mismo, por ejemplo, que cuando vamos a comprar on-line. Para la elección entre diferentes productos que cumplen una misma función (por ejemplo, lavadoras), no recurrimos a comprar todas sino que nos apoyamos, para la elección, en otra cosa; en la valoración de los usuarios, en la experiencia de quién ya ha comprado ese artículo… es decir, nos hace decidir la experiencia colectiva, la opinión pública. Hasta ahí perfecto. Pero, ¿los hombres no?, ¿compran ellos a ciegas y “a tontas y a locas”?, ¿no se inclinan ellos por lo que “se recomienda”? Ah, se me dirá, la “perpetuación de la especie” no es lo mismo que lavar la ropa… Y nuevamente, estaremos en lo de la masculina abejita y la femenina flor y con él, en el citado biológico paradigma reproductivo. Y nos olvidaremos, probablemente, de lo que nos gusta, en tiempo de rebajas, levantarle las prendas (aunque no nos interese el puñetero jersey) a la que tenemos al lado (es decir, que somos bestias competitivas y culturalmente, cada vez lo somos más) o de que si una mujer se fija en un hombre casado, no es siempre porque haya visto en él el “probado” padre de su futura descendencia, sino simplemente porque puede que sea  alguien con quien, por estar ya comprometido, podemos mantener una relación sin compromiso (fruto de nuestros emancipadores procesos culturales). Explicaciones, todas ellas, que no casan muy bien con eso inmaculado de devenir las garantes de la calidad genética de nuestra especie (si es que a las mujeres, entre esto de preservar la humanidad y distinguir una alianza de un anillo vibrador, nos meten en cada lío…).


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