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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Los problemas de las parejas multiculturales

La vida ama la diversidad. Ese es un principio biológico tan incuestionable como pueda serlo el físico de la ley gravitacional. A la vida le espanta y, por tanto, sanciona con severidad la endogamia, la consanguinidad. La diversidad es garantía de nuevos recursos, de posibilidades creativas para afrontar los viejos y los nuevos problemas que puedan surgir en la especie. Pero, además, en el ámbito cultural propio de nuestra especie, el buscar lo diferente en el otro es lo que marca el principio de nuestra civilización. Así, para por ejemplo el más célebre antropólogo de todos los tiempos, el francés Claude Levi Strauss, el tabú del incesto o la ley de la exogamia son el pistoletazo de salida de cualquier forma humana de vida que pueda llamarse civilizada. En la práctica, eso suponía el que las mujeres fuéramos entregadas al extranjero, al que venía de lejos, al que no era como nosotras y, con nuestra dispersión, el que dispersáramos también nuestra conformación genética y nuestra cultura de origen; nuestras particulares “soluciones” (técnicas, artísticas, religiosas, idiomáticas, alimenticias…) a los problemas que, vivir en cuanto humano que conforma comunidad, habíamos adquirido.  En lo biológico, ese es el principio de la diversidad genética que, pese a todas nuestras estupideces, nos ha mantenido con un sorprendente éxito sobre este planeta como homínidos, durante cerca de siete millones de años y, en nuestra actual configuración de “sapiens” ya vamos para doscientos mil años.

 

Establecer una convivencia con una pareja de otra cultura no está exento de dificultades

Así, y ya meramente en lo cultural, la multiculturalidad que se establece cuando conformamos pareja con alguien de una tradición (cultura) ajena a la nuestra es una buena noticia que le damos a nuestra humanidad, pues permitimos confrontar, analizar y sintetizar, a través del análisis comparativo, las diferentes “soluciones” que mencionábamos… Aprender, en definitiva, no sólo por nuestro bien individual sino por el bien de nuestro colectivo global. Pero este asunto, como cualquier aprendizaje, no está exento de dificultades, enfrentamientos y traumatismos (también de disfrutes) que se añaden a los propios de establecer una convivencia en común.

Cuando una pareja formada por personas de distintas culturas aparece en la consulta de una sexóloga o de un sexólogo ya sabe una que el asunto va a tener unas particularidades muy específicas. Especialmente en cuanto a cómo la cultura de origen entiende y da sentido al hecho sexual humano; una cosa es que uno de los miembros valore la cocina muy especiada y el otro no, y otra muy distinta es que uno vea el sexo o ciertas prácticas como un tabú y la otra como algo “natural”, satisfactorio y que la engrandecen. Aquí, el asunto es mucho más delicado pues hay una premisa de partida; una persona puede adaptarse y evolucionar en base a otras tradiciones pero nunca puede (ni debe) renunciar del todo a las suyas. Como se puede suponer, toda síntesis, todo acuerdo, pasa por el consenso y por, como ahora se llama, la “negociación”, pero esta práctica comunicacional ineludible también se ve dificultada en este tipo de parejas en las que encontrar significados comunes se hace todavía más exigente. Y se hace más exigente porque muchas de las experiencias que permiten la necesaria base empática, no son compartidas; una cultura distinta significa una forma distinta de entender el mundo (desde la dignidad a la felicidad, pasando por la honestidad, la fidelidad o el éxito, entre muchas otras),  con lo que a los que no han compartido de antemano ese marco de comprensión, les va a costar mucho empatizar entre ellos. Y es que una cosa muy distinta es el que, con mucho esfuerzo uno puede aprender alemán para poder comunicarse con solvencia con un alemán, y otra muy distinta, “ser” alemán para poder “ponerse en el lugar” de un alemán.

 

Empatía más que tolerancia

El éxito de cualquier terapia con una pareja multicultural se basa en potenciar precisamente esa empatía (muchísimo más que la “tolerancia”) sin que por ello ninguno de los miembros tenga que renunciar a sus creencias y tradiciones de origen, es decir, sin que sea “asimilado” por el otro sino que entre ambos se establezca una sólida entente. Y la estrategia en temas sexuales, mediante diversas técnicas, es el disipar, por la comprensión, la extrañeza que uno pueda sentir por las convicciones del otro, así como facilitar el análisis de los prejuicios y cerrazones propias. El entender por qué el otro cree lo que cree sin por eso tener necesariamente que hacerlo como propio, pero sin dejar de cuestionarse eso propio, evitando así las temidas luchas ideológicas de poder, es una herramienta que suele dar magníficos resultados en esa gran aventura social que es conformar una pareja multicultural.


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