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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La fascinante atracción del látex

En un celebérrimo ensayo de finales de los años sesenta del siglo XX, un conocido etólogo y zoólogo británico, Desmond Morris, se preguntó qué era lo que caracterizaba a nuestra especie y la diferenciaba del resto. De entre todas las respuestas, hubo una que debió llamarle especialmente la atención, una que podía servir de punto de partida a las demás caracterizaciones; nuestra desnudez. Quizá por eso tituló su obra “El mono desnudo”. Y no porque la desnudez fuera una característica especial nuestra (todas las especies vivas están desnudas), sino porque nosotros somos los únicos capaces de trascenderla.

Eso es lo significativo de nosotros; el sobreponernos a una condición de particular vulnerabilidad (nuestra piel, poco poblada de pelo y de otros recursos frente a la intemperie, nos hace especialmente frágiles en el mundo). Lo que es exclusivamente nuestro es la endiablada habilidad para superar ese inconveniente de partida adoptando, cosa que no hace ningún animal, el recurso de vestirnos (utilizar, pero también idear y confeccionar, vestimenta), pero también, al encontrar esa solución racional a un problema concreto, hacer de esa necesidad una sofisticadísima seña de identidad social. En definitiva, conformar cultura.

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¿Por qué se usa el látex en las eróticas del BDSM?

He dicho ya varias veces que las eróticas del BDSM se fundamentan en la sofisticación, en llevar al extremo (a la “perversión”, se decía…) las caracterizaciones de lo humano, no para situarse fuera de esa humanidad, sino todo lo contrario: para señalar con nitidez esa caracterizaciones. Por eso, el vestido, el vestirse, los códigos que ello entraña y el hacer de “el mono desnudo” el más sugerente de los primates, no es algo que a esas eróticas tampoco les sea ajeno (como tampoco lo es el llevarlos al límite). Así, el látex, el cuero y el PVC, suelen ser los materiales preferidos en esas elaboradas representaciones que acompañan sus manifestaciones. Pero, ¿qué pueden tener en común estos tres materiales? Me arriesgo a emitir una hipótesis: el que hacen de la vestimenta la desnudez. Simulan y simbolizan la propia piel desnuda; el cuero es piel en sí misma y el látex y el PVC no impiden que el tacto sea sobre la propia piel. Pero, el látex como elemento de vestimenta, tiene unos reclamos fetichistas particularmente destacables para los “rubberistas” (los amantes del “rubber”, de la “goma”).

El primero es el que señalábamos antes: facilita, por encima incluso del más grueso PVC, una extraordinaria sensibilidad que no sólo permite que cada roce, cada caricia, se transmitan directamente a la piel sino que, incluso, acrecienta esa sensación al expandirse por las zonas cercanas. Una segunda es que a su aparente “inexistencia” (no parece que se lleve nada encima), se le une una evidente “presencia” (el traje de látex está ahí y se hace evidente). Y es que el látex es un material que permite una extraordinaria diversidad en su confección y, si bien casi todo el mundo piensa, cuando se habla de una ropa de látex, en el “catsuit” (una prenda muy ajustada que cubre las piernas y el torso así como en muchas ocasiones los brazos) o en el “zentai” (que cubre el cuerpo entero pies, manos y rostro incluidos), lo cierto es que las posibilidades de confección y color son equiparables a las de cualquier otro tejido, lo que posibilita el adecuarse a los “códigos” (a las reglas e imposiciones del “dress code” tan requeridas en el BDSM). Un tercer punto es el efecto óptico que produce; a la textura que simula una piel perfecta, sin erosiones, máculas o imperfección alguna, se le suele unir un particular brillo (potenciado por sprais que se distribuyen sobre el material a tal efecto) que resalta la prenda y simboliza una ligera sudoración atribuible a un esfuerzo corporal erótico. Un cuarto aspecto nada desdeñable en su atractivo erótico es la enorme dificultad de colocarse una prenda ceñida de este material. Lo adherido que va a la piel (se “pega”, literalmente), junto a una dificultad inherente del látex por deslizarse sobre ella (por eso, los condones vienen de forma que se desplieguen sobre el pene porque si vinieran ya desplegados y hubiera que deslizarlos, sería imposible colocárselos) hacen que la preparación previa de la piel sea prácticamente imprescindible. Así, buenas cantidades de talco, que faciliten el deslizamiento y absorban el exceso de sudoración que el material va a producir en el cuerpo (el látex no transpira), además de una dosis ingente de paciencia y cuidado en la colocación (ya hemos dicho que se puede rasgar con facilidad), son imprescindibles.

Pero todo esto, en lugar de un inconveniente, es en sí mismo parte de la erótica, construye su ritual y conforma esa carga simbólica de sagrado que exige y requiere el erotismo. Y es que, en definitiva, y volviendo a Morris, el látex contradice ese dicho popular de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, no sólo porque sí es ella la que “se viste” (si ya tiene la intención conceptual de colocarse una vestimenta) ya es una humana, sino porque en cuanto se viste de látex, puede quedar monísima pero en ningún caso, ni por asomo, será nunca una mona.


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