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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La aprensión (o no) de los hombres al cunnilingus

En esto de los hombres y la práctica oral del cunnilingus, cuesta encontrar esa virtud aristotélica de la “justa medida”. Así, frente a los reticentes, que son batallón, una se suele encontrar con los insistentes, que también son legión. Los primeros esquivan la erótica del cunnilingus todo lo que pueden; los ves a algunos que sienten una especie de obligación y empiezan a dar vueltas por la zona y, para cuando se deciden a cumplir de manera rutinaria con ese mal menor, a una ya le ha entrada el sueño, mientras que ves a otros, de la misma afiliación, que ya han asumido que aquello no va con ellos y realizan una elipsis que ya la quisiera para sí un paréntesis. Los segundos, los de la insistencia, parece que nacieron con vocación frustrada de ginecólogos, de catadores de chirlas o de espeleólogos submarinos y, cuando se ponen en faena, no sabes si te están practicando un cunnilingus o si te están procurando una ducha vaginal y pase por el tren de lavado (con cera, doble pase de rodillos y secado a mano incluidos). Ambos grupos, y como se entenderá, suelen hacer válido el chiste aquel del diálogo entre dos clítoris: “Dicen por ahí que no gozas…”,  “Bah, malas lenguas…”.

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Los motivos de la reticencia por practicar el cunnilingus

Entre los motivos que llevan a los reticentes a afiliarse a tan triste causa pueden intuirse algunos. El primero y más frecuente son las aprensiones y las hipocondrías…, el temor a comerse una ostra en mal estado.  Más o menos el mismo motivo, las más de las veces injustificado, que nos lleva a nosotras (y a otros hombres), a no acabar de ver claro lo de realizar una felación. Cuestiones de carácter higiénico sanitario que nos llevan a percibir los genitales como algo sucio y/o contaminante de lo que es mejor no probar bocado. Un error, como ya hemos reseñado en múltiples ocasiones, ese de emplear la aprensión como una convicción de partida inamovible y no como elemento de análisis crítico que consolide el sentido común; y es que los genitales, por sí mismos, y en condiciones adecuadas de salud e higiene, no son sucios ni pozas de infección, al menos no lo son más de partida que una boca.

El segundo motivo recurrente es la habitual precipitación varonil por eso que viene en llamarse “consumar”, es decir, por practicar el coito. El coito, a ver si nos va entrando más por la mollera y menos por la vagina, es simplemente una erótica más (no es ninguna finalidad ni ninguna “completitud” del encuentro erótico), y normalmente con resultados de satisfacción bastante asimétricos; gratifican en la mayoría de los casos mucho más al hombre que a la mujer. Un tercer motivo que puede reseñarse es el desprestigio cultural y la condena moral que, tradicionalmente, la práctica del cunnilingus ha recibido en nuestra cultura. El cunnilingus ha sido visto como una “sumisión” por parte del varón a la mujer que lo convertía en un elemento “pasivo”, lo cual no encajaba muy bien con los estándares de virilidad que han marcado distintas etapas de nuestra cultura y, del mismo modo, ha sido entendido, especialmente por aquellas doctrinas que hacían de nuestra condición sexuada una mera herramienta reproductiva (doctrinas con mucho “predicamento” y sostenimiento en el tiempo), como una práctica “improductiva” que sólo podía tener como finalidad eso tan cuestionable de intentar procurar gozo a una mujer. Por el contrario, la felación practicada por una mujer a un hombre, sí era vista como algo razonable pues, si bien mantenía también su carácter improductivo, se entendía que encajaba con una “natural” sumisión femenina y predisponía favorablemente al varón al verdadero cometido de su condición: la cópula.

Un cuarto motivo, todavía mucho más anclado de lo que creemos en el subconsciente colectivo varonil, es el terror a la vagina y, en general, a los genitales femeninos. En lo simbólico, esa “puerta del infierno” de la que sólo se sabe cómo se entra pero no cómo se sale, ha sido, durante largo tiempo, percibida como la bestia que se alimentaba de la virilidad masculina y que, además, podía empoderar y poner en valor a lo femenino; una especie de “chupacabras” o de “saca mantecas” que se nutre y crece en base a dejar seco lo más preciado de la virilidad: el pene. En realidad, eso es una metonimia, porque a lo que tradicionalmente han temido los hombres, más incluso que al diablo, no es a los genitales femeninos sino a la propia mujer, a su deseo y a su capacidad de acción.

Así, estas cuestiones pueden explicar el por qué todavía muchos hombres entienden que realizar sexo oral a una mujer no va con ellos (aunque, raramente, se nieguen ellos a recibir la misma atención en sus genitales), aprensiones mucho menos frecuentes cuando de lo que se trata es de estimular oralmente los senos y los pezones… Y es que, en el fondo del asunto, siempre queda la constatación de que todavía, en el mundo, siguen existiendo muchos mamones.


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