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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Eyes Wide Shut

El swinging: ¿por qué algunas parejas van a locales liberales?

Uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta una pareja que se sostiene en el tiempo es cómo gestionar la promiscuidad de las partes que la componen. Y no porque hay ninguna deslealtad o inclinaciones perversas entre los miembros que no hemos sabido “detectar” a tiempo, sino por una razón mucho más sencilla y humana; porque los humanos somos animales promiscuos. Nos gusta (y casi diría que tenemos la obligación en cuanto humanos) de mezclarnos (eso significa “promiscuidad”), de compartir experiencias con el otro y con la exterioridad al marco de convivencia que hemos establecido como estable. El encuentro con otros cuerpos y el consiguiente deseo por ellos se va a producir de manera irremediable, y si no se produce nos deberíamos inquietar muchísimo más que si lo hace.

Los humanos somos animales promiscuos por naturaleza

Eso es, ni más ni menos, que “existir” en cuanto ser humano; proyectar posibilidades a través del empuje psíquico del deseo, abrirse a lo que está afuera de nuestro centro… “ex sistere” (“posicionarse hacia el afuera”) pero hacerlo desde una posición “in trínsica”, desde un lugar de dentro, desde un punto de referencia, desde un sitio estable donde el individuo se reconozca (en este caso desde, por ejemplo, la estabilidad de una pareja). El problema es que, moralmente y con vistas a controlar los deseos individuales, se ha intentado hacer incompatible una cosa con la otra, prohibiendo la “excentricidad” vía, por ejemplo, sacralización de los genitales y uso privatizado de los mismos; establecer una pareja parece ser que significa dar una patente de usufructo de por vida, una concesión (como las autopistas) de paso exclusivo. Y es que es cierto que, como decíamos, algo hay de esa voluntad de privatización y de exclusividad en el amor, pero también hay, con la misma fuerza, la contraria, la de abrirse hacia afuera… Las fuerzas centrífugas y centrípetas afectan a los cuerpos en movimiento pero también a nuestras pasiones y deseos. Cada época y cada cultura han intentado, de alguna forma, abordar ese desencuentro y prácticamente siempre sin éxito. En nuestra cultura, la “solución” a “salirse” pero mantener la asociación pareja, ha pasado (y sigue pasando) porque uno se haga el tonto y trague y el otro oculte y niegue. Parche de compromiso que siempre suele meter agua en el casco y muchas veces acaba hundiendo el barco.

El “swinging” es una solución al dilema de la irrenunciable gestión de la promiscuidad

El “swinging” es una solución a ese dilema, al dilema de la irrenunciable gestión de la promiscuidad. Una solución brillante, no siempre fácil de adoptar (las exigencias morales a no “salirse del tiesto” son muy poderosas y difíciles de racionalizar) y de riesgo (siempre puede aparecer un “otro” lo suficientemente atractivo como para plantearnos nuestro “centro”) pero que suele dar excelentes resultados en las parejas que tienen la capacidad de adoptarla. Y es que la infidelidad es básicamente la rotura del acuerdo, pero cuando el acuerdo es que no hay rotura del acuerdo, la infidelidad y su posibilidad se diluyen en el aire, se pulverizan. El hecho de que los componentes de la pareja puedan compartir deseos y goces con otros cuerpos y que, además, cada uno de ellos haga de esos deseos y goces los propios, no es en absoluto una llamada a que cada uno haga lo que le apetezca… sino todo lo contrario. Los pactos de una pareja liberal son sólidos, bien estipulados y basados en el amor compartido y en el más absoluto respeto por el otro (ese es el verdadero campo de batalla cuando se inicia esa nueva andadura en común; el que uno crea que es una patente de corso para que haga lo que le venga en gana sin pensar en el otro). Por eso, la divisa de los locales liberales o de los lugares (como el ‘Cap D’agde’, en Francia) donde pueden reunirse los que practican esa “filosofía del amor” es un contundente “no es no”… y aquí sí se lleva a rajatabla; nadie externo puede imponer o ni tan siquiera inducir con obstinación a nadie de la pareja a hacer lo que a ella no le apetezca (nadie debe incitar a no respetar los acuerdos establecidos con su propia pareja).

En lo que se refiere a la erótica (la puesta en práctica de esa actitud liberal), se solía emplear, y se sigue empleando, una definición absolutamente errónea; “intercambio de parejas”. Expresión sumamente desacertada no sólo porque la pareja no se “intercambia” ni se puede intercambiar, sino porque ocurre justamente lo contrario; la pareja se reafirma, se consolida y se refuerza cada vez que algunas de las múltiples variantes eróticas que se contemplen en el “swinging” se hagan efectivas.

El “otro” es más un aliado que una competencia

Y es que, aunque a algunos no les quepa en la cabeza, para la pareja, el “otro” puede ser más un aliado que una competencia, un pegamento que une y tapa fisuras y no la dinamita que hace estallar el edificio.

 

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Valérie Tasso


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