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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué son los “solosexuales”?

La noticia no es nueva pero, con las noticias, pasa un poco como con el fondo de armario: conviene no tirar nada porque nunca sabemos cuándo lo vamos a necesitar. Y no es porque aquella camisetita bastante ordinaria que conservábamos, vaya Vd. a saber por qué, se haya convertido de la noche a la mañana en la prenda de moda gracias al mal gusto de una “it girl”, no, es sólo porque como hay que soltar cada día una avalancha de imágenes propias, ya no sabíamos qué coño ponernos hoy y hemos tenido que recurrir a la susodicha camisetita de marras.

Con las noticias pasa igual: no es que, de repente, una noticia de hace años cobre una actualidad acuciante para el interés público, es que como hay que inundar cada día los medios masivos de comunicación de falsas novedades y presuntos descubrimientos, pues hay que tirar de lo que antes eran las hemerotecas a fin de mantener el ruido. Eso sucede ahora con el renovado interés por una presunta nueva “especie” de animales eróticos que se califican a sí mismos solosexuales. Según contaban las noticias (antiguas) de tan “sorprendente” descubrimiento, los solosexuales son aquellas personas que centran en exclusividad sus interacciones sexuales en ellas mismas, es decir, aquellas que, sin renegar de la puesta en práctica de su condición sexuada, optan por limitar exclusivamente su condición erótica a la masturbación realizada de forma autónoma.

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Bueno. Lo curioso del caso empieza cuando reclaman su colectivización para defender sus particulares derechos (el derecho a masturbarse por su propia mano, supongo), definen un decálogo estatutario (como por ejemplo, la no exclusión en tan “oprimido” colectivo de mujeres, transexuales, intersexuales ni tampoco de orientación sexual alguna; son bienvenidos heteros, homosexuales y bisexuales) y hasta parece ser que ya han confeccionado su propia bandera y el logotipo identificativo (la “imagen de marca corporativa”) que mejor los representan (me ahorro el describirlos). El hecho de que la masturbación “auto infringida” sea su única erótica no impide que se reúnan de vez en cuando en grupo y jueguen a aquello de la “pajilla” más larga… nada tampoco muy novedoso; no debe existir varón que, en sus iniciales y pueriles tanteos, no se haya juntado con algún coleguita a compartir tan solitario tocamiento… De ahí la hilaridad que a muchos les producía aquello del hortera personaje de Torrente cuando proponía lo de “amiguete, ¿nos hacemos unas pajillas?”.

Y ya que mencionamos al susodicho personaje cinematográfico y el hecho de que a servidora no le gustaría dejar de servir a la causa y que, por lo que una sabe, al “colectivo” todavía le falta santo patrón que lo auspicie, el bueno de Torrente podría servir a tal efecto. Pero que vamos, si éste les parece poco apropiado por zafio o ruin o no lo suficientemente afín a la causa, pues podríamos proponer a algún otro con carácter más exquisito o ilustrado: por ejemplo a Diógenes de Sínope, el sabio cínico que tenía a bien masturbarse en las vías públicas de la Atenas del siglo V a.C.  para demostrar que no le hacía falta nada más que él para satisfacer sus propias necesidades carnales. O el decimonónico escritor y moralista austriaco Karl Kraus que, entre sus múltiples e ingeniosos aforismos, dejó dicho aquello de que “en ocasiones una mujer puede ser un buen sustituto de la masturbación… pero requiere de mucha imaginación” (frase ésta que también podría servirles de lema  reivindicativo… y, además, se puede poner, en la sentencia, el género que se quiera sin que se altere el chiste). O muchos más, pues de pajilleros obstinados siempre ha estado el mundo lleno.

 

Hoy en día, aprendemos antes a buscar la causa que nos oprime que a relacionarnos con los demás

Sexológicamente, la noticia no tiene mucho recorrido. La masturbación es una erótica perfectamente conveniente y recomendable, pero si se contempla como la única y exclusiva erótica posible pasada la fase de aprendizaje, me parece un debilitamiento en las posibilidades de despliegue del propio ser erótico y, por lo tanto, en el desarrollo del propio individuo. Sociológicamente, quizá tenga más aristas; por ejemplo, el hecho del miedo creciente que tenemos al otro y el afianzamiento del solipsismo como fórmula de relación entre los sexos o el hecho de que, sea cual sea la particularidad que nos caracteriza, (y cada uno de todos nosotros somos una infinidad de particularidades), inmediatamente buscamos un mini colectivo de protesta que nos ampare… Vamos, que hoy en día parece que aprendemos antes a buscar la causa que nos oprime y los colegas de opresión que a relacionarnos con los demás.


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