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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

Y eso fue lo que pasó

Y eso fue lo que pasó

Yo le dije: —Dime la verdad.
Y él me contestó: —¿Qué verdad?
Dibujó algo a toda prisa en su cuaderno y me lo enseñó:
un tren largo, muy largo con una gran nube de humo negro y él asomándose por la ventanilla y saludando con un pañuelo.
Le pegué un tiro entre los ojos.

 

Natalia Ginzburg escribe como siente, como mira, como piensa; con la piel, con los ojos, con el estómago. Y lo hace con tanta intensidad que logra penetrar en lo más hondo. Con este párrafo que acaban de leer, arranca su segunda novela, publicada en 1.947, Y eso fue lo que pasó*. La escribió en Turín, su ciudad natal, la guerra había terminado y se había llevado por delante gran parte de su vida. Su marido, Leone, a quien dedica el libro, había fallecido torturado por los nazis un par de años antes. En este contexto, la escritora, analiza su novela, “Escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz. Me equivoqué. No debemos buscar nunca un consuelo en la escritura” Sería fácil decir que es la historia de una mujer a quien su marido engaña, una mujer infeliz, en un matrimonio infeliz. Una historia como tantas, pero es eso y mucho más. Es, sobre todo, un texto deslumbrante, al más puro estilo Ginzburg. Duro y tierno al mismo tiempo. Realismo psicológico de la vida cotidiana.
*Edit. Acantilado

Que la poesía es un arma cargada de presente se demuestra en el artefacto símbolo de estos tiempos, Youtube. Escriban ahí el nombre de Loreto Sesma y entre los incontables vídeos que aparecerán opten, por ejemplo, por ‘Una despedida no siempre es un adiós’ (654.000 visitas), ‘Sonríe (me)’ o ‘Nana para niñas tristes’, ambas por encima de las 200.000. Loreto es una joven estudiante de Zaragoza que escribe en clave intimista y recita sus poemas con voz cálida y penetrante. Auténtica. Gracias a su éxito en las redes sociales ha logrado publicar en papel, ‘Naufragio en la 338’, que lleva un subtítulo aclaratorio con mensaje de autoayuda: ‘Todas las tablas a las que me agarré en mi último naufragio’.

Julio Cortázar tenía una relación mágica con el idioma, por eso era un apasionado de los palíndromos, de esos textos o palabras que se leen igual hacia delante que hacia atrás: Oso, seres, reconocer. A él le fascinaba y repetía a menudo, un palíndromo clásico que dice,
‘Dábale arroz a la zorra el abad’.
Este año el Premio Internacional de Literatura Palindrómica convocó un palíndromo dedicado a Cervantes y otro a Shakespeare.
El premio se lo llevó un abogado de Terrasa, Joan Tomàs Sementé con este palíndromo dedicado a la memoria del escritor español. ‘Ni Toboso dad, noble D. Alonso. ¡Amaos! ¡No la del bondadoso botín!’

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